El perdió todo un día, excepto a mi
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 15
Pasaron dos semanas desde el incidente de la barra. Dos semanas en las que Ricardo intentó con distintos grados de éxito controlar sus celos. Pero Federico no ayudaba.
Cada sesión era una nueva provocación. Un comentario sobre lo bonito que le quedaba el cabello a Mariana. Una invitación a tomar café para hablar de la evolución del paciente. Un roce casual de manos al pasarle una hoja. Pequeñas cosas que, sumadas, se volvían insoportables.
Mariana seguía sin notarlo. O al menos eso parecía. Para Ricardo, era evidente que el terapeuta estaba jugando un juego. Y él estaba harto de ser el perdedor.
Era viernes. La última sesión de la semana. Ricardo ya venía de mal humor porque la terapia había sido particularmente dolorosa. Federico lo había empujado más allá de sus límites, y ahora sus piernas ardían como si estuvieran envueltas en llamas.
—Buen trabajo hoy
dijo Federico, mientras Mariana ayudaba a Ricardo a transferirse a la silla de ruedas.
— La próxima semana vamos a aumentar la intensidad.
—Genial
murmuró Ricardo, con sarcasmo.
Federico no le prestó atención. En lugar de eso, se acercó a Mariana, que estaba agachada ajustando los reposapiés de la silla.
—Oye, Mariana
dijo, con esa voz que Ricardo ya aprendió a odiar
— El sábado hay una exposición de ciencias médicas en el centro de convenciones. Tengo boletos de cortesía. ¿Te gustaría ir?
Mariana levantó la vista. Iba a responder, pero Ricardo se adelantó.
—No va a ir
dijo, con una frialdad que cortaba el aire.
Federico lo miró, fingiendo sorpresa.
—Oh, ¿y por qué, Tienes algún plan especial?
—No es de tu incumbencia.
—Ricardo
intervino Mariana, con un tono de advertencia.
—No, déjame
insistió él, clavando los ojos en Federico.
— Llevas semanas coqueteándole delante de mí. ¿Crees que no me doy cuenta? Las miraditas. Los cumplidos. Las invitaciones. Eres un profesional, ¿no? Pues actúa como uno.
El rostro de Federico cambió. La sonrisa amable se transformó en algo más frío.
—No sé de qué hablas
dijo, cruzando los brazos.
—Solo soy amable con la pareja de mi paciente. Es parte del trabajo.
—¿Parte del trabajo invitar a tomar café a la novia de tu paciente, Decirle que le queda bonita la camiseta, Darle tu número personal?
—Ricardo, ya basta
dijo Mariana, poniéndose de pie.
—No, no basta
respondió él, sin mirarla.
—Esto se acaba hoy. Federico, no vuelves a hacer mi ayudador. No vuelves a tocar a Mariana. No vuelves a mirarla siquiera. Estás despedido.
El silencio fue espeso como cemento.
Federico soltó una risa corta, incrédula.
—¿Despedido? Tú no puedes despedirme. Tu terapia está cubierta por el seguro. Si no vienes, pierdes el tratamiento.
—No me importa.
—¡Pues a mí sí!
estalló Mariana.
Todos se giraron hacia ella. Su rostro estaba encendido, sus ojos verdes lanzaban chispas.
—¡A mí sí me importa!
repitió, dando un paso al frente.
—Ricardo, ¿en qué cabeza cabe que vas a abandonar la terapia justo cuando estás teniendo avances, Por unos celos ridículos?
—No son ridículos
respondió él, con la mandíbula tensa.
— ¿No ves cómo te mira?
—¡No me importa cómo me mire!
gritó ella.
—¡Lo que me importa es que tú camines! ¿O ya se te olvidó para qué estamos aquí?
Federico observaba la escena con una mezcla de incomodidad y algo que se parecía a la satisfacción. No decía nada. No hacía falta.
—Mariana
intentó Ricardo, con un tono más calmado.
—No
lo cortó ella, levantando una mano.
— Tú no hablas. Tú escuchas. Llevo meses dejando mi vida por ti. Mis estudios, mi tiempo, mi energía. No me quejo. Lo hago porque te amo. Pero no voy a permitir que por tus inseguridades tires todo a la basura.
—No estoy tirando nada…
—¡Sí lo estás!
Su voz se quebró, pero siguió.
— Federico es un buen terapeuta. Sí, es guapo. Sí, es atento. Y sí, probablemente coquetea conmigo. Pero ¿sabes qué? ¡No me importa! Porque yo estoy contigo. Porque te elijo a ti. Porque te he elegido desde los diecisiete años, idiota. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
Ricardo abrió la boca. La cerró. Nunca la había visto así. Tan furiosa. Tan hermosa.
—Pero…
intentó.
—No hay pero.
Ella se acercó a él, se arrodilló frente a su silla y lo miró directamente a los ojos.
— Tú necesitas terapia, Ricardo. No la física. Esa ya la tienes. Necesitas terapia para la cabeza. Porque si no arreglas esos celos, esa inseguridad, esa manía de querer alejarme porque crees que no eres suficiente… vas a terminar perdiéndome. Y no por Federico. No por nadie más. Por ti mismo.
Las palabras cayeron como piedras.
Ricardo sintió que el suelo se abría bajo su silla de ruedas.
—¿Me vas a dejar?
preguntó, con una voz que no era la suya. Una voz pequeña, asustada, de niño.
—No
respondió ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas
— No voy a dejarte. Pero necesito que confíes en mí. Que confíes en nosotros. Porque no puedo luchar sola contra tus demonios, Ricardo. Tienes que enfrentarlos tú también.
Él bajó la cabeza. Sus manos temblaban sobre el regazo.
—Perdón
susurró.
—No quería… no quiero…
—Lo sé
dijo ella, tomándole las manos.
—Pero eso no es suficiente. Necesito que cambies. Que dejes de ver una amenaza en cada hombre que se me acerca. Porque al final, el único que me va a alejar eres tú.
Federico carraspeó.
—Bueno
dijo, con una incomodidad evidente.
— Creo que esto es un asunto que deben resolver en casa. Yo… voy a dar por terminada la sesión de hoy.
—No
dijo Mariana, levantándose y secándose las lágrimas.
— No va a terminar. Ricardo va a disculparse con usted. Y usted va a dejar de coquetear conmigo. Porque si no lo hace, yo misma pediré otro terapeuta. ¿Queda claro?
Federico la miró. Por primera vez, su sonrisa ensayada desapareció por completo.
—Queda claro
respondió, con un tono profesional que no había usado en semanas.
—Bien.
Mariana se giró hacia Ricardo.
—Ahora tú.
Ricardo respiró hondo. Levantó la cabeza y miró a Federico. Le costó. Cada palabra le costó.
—Disculpa
dijo, con los dientes apretados.
— He sido… irrespetuoso.
—Acepto la disculpa
respondió Federico, aunque su mirada seguía siendo fría.
— Pero Mariana tiene razón. He sido poco profesional. Lo siento. No volverá a ocurrir.
Hubo un tenso silencio. Luego, Federico extendió la mano. Ricardo la estrechó. No fue un apretón cálido, pero fue un pacto.
El regreso a casa en el auto, Mariana no habló. Ricardo tampoco. El silencio era denso, pero no hostil. Era el silencio de dos personas que habían dicho demasiado y necesitaban digerirlo.
Llegaron a casa. Mariana lo ayudó a entrar, lo acomodó en la cama, y luego se sentó en el borde, a su lado.
—¿Estás enojada conmigo?
preguntó él, mirando al techo.
—Estoy cansada
respondió ella.
— No de ti. De pelear.
—No quiero pelear contigo.
—Entonces deja de darme motivos.
Él giró la cabeza. La miró. Tenía los ojos rojos, las mejillas aún húmedas.
—¿De verdad crees que necesito terapia?
preguntó.
—Todos necesitamos terapia
respondió ella, con una sonrisa triste.
— Pero tú… tú has pasado por mucho. El accidente, la silla, tus padres ausentes. Es normal que tengas miedo. Que te sientas inseguro. Pero no puedes dejar que eso te controle.
—¿Y si no puedo cambiarlo?
—Entonces lo intentamos juntos. Como todo lo demás.
Ricardo le tomó la mano. La apretó.
—¿Vas a seguir conmigo, a pesar de todo?
—Ya te lo dije
respondió ella, inclinándose para besarlo en la frente.
— No voy a dejarte. Pero necesito que luches. Por ti. Por nosotros.
—Lo haré
dijo él, y esta vez su voz sonó firme.
—Lo prometo.
Esa noche, hicieron el amor. Se quedaron abrazados, escuchando la respiración del otro. Y en la oscuridad, Ricardo tomó una decisión.
Iba a cambiar.
No por ella. Por él.
Porque si no aprendía a quererse a sí mismo, nunca podría quererla bien.
Y eso, pensó mientras sentía el calor de Mariana contra su pecho, era más importante que cualquier terapia física.