Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 16
Capítulo 16 — De vuelta a la vida
El doctor firmó el alta un martes por la mañana, y esa misma tarde, en lugar de meterme en la cama como todo el mundo esperaba, me bajé del auto frente a la Agencia Manantial.
*Descansa, me habían dicho. Descansa, Renata. Como si el descanso pagara las cuentas. Como si una mujer que vive de prestado pudiera darse el lujo de faltar.*
Empujé la puerta de vidrio y el aire acondicionado me golpeó la cara. Todavía tenía la marca de la aguja del suero en la mano.
—¡Señora del presidente Valcárcel! —Don Braulio salió disparado de su oficina, casi tropezando con una silla—. ¡Bienvenida, bienvenida! ¡Qué honor tenerla de vuelta!
Se inclinó. Se inclinó de verdad, con la espalda doblada, como si yo fuera una emperatriz de visita.
Media agencia levantó la cabeza. Sentí las miradas caer sobre mí igual que goteras.
—Don Braulio —dije en voz baja, acercándome para que solo él me oyera—. Le pido un favor. Delante de los compañeros, no me llame así. Soy Renata. Renata a secas.
—Pero, señora, su esposo es...
—Soy diseñadora de esta agencia. Eso es lo único que necesita saber cualquiera que trabaje conmigo.
Él parpadeó, confundido, como si le hubiera pedido que caminara sobre las manos. Pero asintió.
*Una cosa aprendí en la Villa Valcárcel: el apellido de otro no te viste. Te disfraza.*
Mimi apareció con dos cafés y me plantó uno delante sin preguntar.
—Rena, no deberías estar aquí. Casi te mueres.
—Casi. Casi no cuenta. —Le sonreí—. ¿Qué es todo este circo del tablero?
Señaló la pared del fondo. Estaba tapizada de bocetos, y todos tenían encima un post-it rojo. Rechazado. Rechazado. Rechazado.
—Es para una filial del Grupo Boreal —murmuró—. Nos dieron la campaña hace tres semanas y no les gusta nada. Don Braulio ya no sabe qué inventar. El que aprueba o tira es un tal Horacio Duarte, el vicepresidente. Dicen que tiene el gusto más difícil de San Martín.
*Grupo Boreal. Por supuesto. Hasta cuando huyo del apellido, el apellido me alcanza.*
Me quité el saco, colgué el bolso en el respaldo y me senté.
—A ver qué tiene de imposible ese señor.
Trabajé hasta que se apagaron las luces del piso de arriba. Trabajé cuando Mimi se fue, cuando el guardia hizo su ronda, cuando la ciudad afuera se volvió un río de faros rojos. Dibujé, taché, volví a dibujar. La filial vendía productos para el hogar, cosas sin poesía: sartenes, edredones, vajilla. Pero yo sabía algo que los otros bocetos ignoraban.
*Un hogar no se vende con el objeto. Se vende con lo que pasa alrededor del objeto. La cena que humea. La mano que arropa. La silla vacía que un día vuelve a ocuparse.*
Dibujé una mesa puesta para tres. Sin rostros. Solo la mesa, la luz cálida, un plato de fideos en el centro.
A las dos de la mañana lo tuve terminado.
Dos días después me planté en las oficinas de la filial con la carpeta bajo el brazo. Horacio Duarte era un hombre canoso, de traje impecable y ojos que no regalaban nada. Pasó las páginas sin decir palabra. Una. Dos. Tres.
*Si tira esta también, me tiro yo por la ventana.*
Se detuvo en la mesa puesta para tres. La miró un rato largo.
—Por fin —dijo—. Por fin algo decente. —Cerró la carpeta—. Que empiece producción esta semana. Y felicite a quien lo hizo.
—Lo hice yo, señor.
Levantó una ceja. No dijo más, pero por primera vez me miró como se mira a alguien, no como se mira a una empleada.
Salí de ahí con las piernas temblando y una sonrisa que no me cabía en la cara.
Los gestos de Damián empezaron sin aviso, como empieza a llover cuando uno no trajo paraguas.
Primero fue Bruno, que apareció en la agencia con una bolsa de farmacia.
—El presidente dice que usted andaba resfriada. —Me dejó jarabe, pastillas, un frasco de vitamina C—. Que se lo tome, no que lo guarde.
Mimi casi se desmaya.
—Rena. Rena. Tu marido te manda medicina a la oficina. ¿Tú sabes la cantidad de mujeres que matarían por eso?
—Es una transacción —le dije—. Le conviene que yo no me enferme. Nada más.
Pero esa tarde, al salir, el auto negro estaba ahí. Con él adentro. Yo no le había pedido que me recogiera.
—Sube —fue todo lo que dijo.
Subí. Manejó en silencio. En el semáforo, sin mirarme, subió un poco la calefacción porque me vio frotarme las manos.
*No dijo nada. Solo movió la perilla. Y yo me pasé el resto del camino tratando de que no se me notara que lo había notado.*
Una noche subió él mismo la sopa a mi cuarto. Doña Petra la había dejado hecha, eso lo supe después, pero fue él quien la calentó y quien cargó la bandeja por las escaleras y quien la puso en mi mesita sin una palabra, como si dejarla y salir corriendo fuera parte del mismo acto.
Al día siguiente Mimi me interrogó y cometí el error de contárselo.
—¡Ay, Rena! —Se abanicó con una carpeta—. Tu marido es un amor. Un amor te digo. El mío no me sube ni el control remoto.
*Un amor. Si ella supiera. Si ella hubiera visto cómo firmó ese contrato de matrimonio, sin mirarme, como quien firma la compra de un electrodoméstico.*
Y sin embargo. Sin embargo, esa noche me tomé la sopa hasta el fondo.
Toñito también andaba raro. Manso. Tan manso que me daba miedo.
—Tía. —Se paró en la puerta de mi cuarto abrazando su libro de dinosaurios—. ¿Me lees uno?
Me quedé tiesa. En cuatro meses ese niño me había puesto una serpiente de juguete en la cama, me había disparado con la resortera y me había llamado de todo. Y ahora estaba ahí, en pijama, pidiéndome un cuento con la voz chiquita.
—Claro que sí. Ven.
Se subió a la cama, se acurrucó contra mi brazo y no protestó cuando le subí la cobija hasta la barbilla. Le leí sobre un tiranosaurio que en realidad era muy tímido. A la tercera página ya dormía, con la boca abierta y un hilo de baba en la almohada.
*Este es el mismo demonio que me juró la guerra el primer día. Míralo. Cómo pesa un niño dormido. Cómo se te mete en el pecho sin permiso.*
El jueves Damián me avisó, entre bocado y bocado del desayuno, como quien menciona el clima.
—Viajo mañana. Una semana, quizá más. Es la zona de la represa, no hay señal en buena parte del recorrido. Si el teléfono me da "fuera de servicio", no te alarmes.
—Entendido.
—Cualquier cosa con Toñito, llamas a mi madre. Leonor resuelve. No decidas sola.
*No decidas sola. Como si yo alguna vez hubiera podido decidir algo en esta casa.*
—Como usted diga —respondí, y me arrepentí del "usted" en cuanto lo dije. Ya lo tuteaba. Se me escapó el muro viejo—. Como digas.
Él me miró un segundo de más. Después se levantó, se abrochó el saco y se fue.
El viernes por la tarde el cielo se rajó sin aviso.
Fui a buscar a Toñito al jardín y para cuando salimos ya caía a cántaros, un aguacero blanco que borraba las calles. El paraguas se dio vuelta a la media cuadra. Corrimos. Corrimos los dos de la mano por la vereda inundada, saltando charcos, riéndonos como dos tontos, con los zapatos hechos una esponja y el pelo pegado a la cara.
—¡Tía, más rápido! —chillaba él, feliz.
Llegamos empapados hasta los huesos. Los sequé, le puse pijama seca, le di leche caliente. Se rió toda la cena de lo despeinada que yo había quedado.
Pero esa noche, ya tarde, me despertó un ruido raro. Un quejido.
Fui a su cuarto descalza. Toñito estaba destapado, respirando fuerte, con las mejillas encendidas. Le puse la mano en la frente y la retiré como si me hubiera quemado.
Ardía. Ardía como una brasa.
—Toñito. Toñito, mírame. —Le busqué el termómetro con las manos temblando—. Vas a estar bien, mi amor, la tía está aquí.
Treinta y nueve. El número parpadeó en rojo.
Agarré el teléfono. Marqué a Damián con los dedos torpes, una vez, dos, tres.
Y del otro lado, en vez de su voz, esa mujer metálica y lejana, indiferente como el infierno:
—El número que usted marcó se encuentra fuera del área de servicio. El número que usted marcó...
Afuera seguía cayendo el agua. Y yo estaba sola.