Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 6: Una advertencia
Fernando
Alexander Blackwood estaba de pie frente a los ventanales de su despacho cuando entré.
No se giró inmediatamente.
—Cierra la puerta.
Lo hice.
—¿Quería verme?
—Sí.
Se volvió lentamente.
—¿Qué ocurrió esta noche?
—Alguien entró en la habitación de Victoria.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Alexander entrecerró los ojos.
—Quiero saber qué estás haciendo.
—Mi trabajo.
—Tu trabajo es proteger a mi esposa.
—Exactamente.
—No investigar a mi personal.
—Si uno de sus empleados puede entrar en la habitación de Victoria sin ser detectado, entonces sí. Es parte de mi trabajo.
Alexander caminó hasta el escritorio.
—Estás sobrepasando tus funciones.
—No lo creo.
—Yo sí.
Lo observé en silencio.
—¿Quién tiene acceso a las cámaras?
—Mi equipo de seguridad.
—¿Quién puede entrar a la habitación de Victoria?
—El personal de la casa.
—¿Quién tiene las llaves maestras?
Alexander tardó demasiado en responder.
—Marcus.
Ahí estaba.
—¿Y alguien más?
—No.
—Entonces tenemos un problema.
Alexander se acercó.
—¿Estás acusando a Marcus?
—Todavía no.
—Pero lo estás investigando.
—Sí.
Su expresión se endureció.
—Te contraté para proteger a Victoria, Ferrara. No para convertirte en detective.
—Si quiere que deje de investigar, entonces necesito que me garantice que ella estará segura.
—Yo puedo garantizarlo.
—No.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no puede.
Me acerqué al escritorio.
—Porque anoche alguien entró en su habitación y dejó una fotografía de ella durmiendo.
—Ya te dije que investigaré el asunto.
—No necesito que investigue.
—¿Entonces qué necesitas?
—Acceso completo a las cámaras, registros de entrada y salida y libertad para interrogar a quien considere necesario.
Alexander soltó una risa seca.
—Estás olvidando quién soy.
—No.
Lo miré directamente.
—Precisamente por eso estoy teniendo cuidado.
Su sonrisa desapareció.
—Ten cuidado tú.
—Siempre.
Alexander se acercó hasta quedar frente a mí.
—Victoria es mi esposa.
—Lo sé.
—Y tú eres mi empleado.
—También lo sé.
—Entonces recuerda tu lugar.
Lo observé unos segundos.
—Mi lugar está entre ella y cualquier persona que quiera hacerle daño.
Alexander no respondió.
Salí del despacho.
Pero antes de cerrar la puerta escuché su voz.
—Esto no va a terminar bien para ti.
No me detuve.
—Eso lo decidiré yo.
***
Victoria.
Había escuchado voces desde mi habitación.
No podía distinguir las palabras.
Pero reconocía el tono de Alexander.
Cuando Fernando salió del despacho, lo encontré en el pasillo.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—No me mientas.
Me miró.
—Discutimos.
—¿Por mí?
—En parte.
Sentí un nudo en el estómago.
—Fernando, no quiero que tengas problemas con Alexander.
—Ya los tengo.
—No entiendes.
Me acerqué.
—Él puede destruirte.
Fernando sostuvo mi mirada.
—Entonces tendrá que intentarlo.
—No sabes de lo que es capaz.
—Cuéntamelo.
Bajé la mirada.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si hablo…
Mi voz se quebró.
—¿Qué?
—Podría perderlo todo.
Fernando dio un paso hacia mí.
—Victoria, ya estás perdiendo cosas.
Lo miré.
—¿Qué?
—Tu libertad.
Sus palabras me dolieron porque eran verdad.
—No sé cómo salir.
Fernando guardó silencio.
Después dijo:
—Entonces empezaremos por encontrar una salida.
Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—¿Por qué haces esto?
—Porque es mi trabajo.
Negué.
—No.
Fernando frunció el ceño.
—¿No?
—No haces esto por trabajo.
Se quedó inmóvil.
—¿Entonces por qué?
Lo miré.
Por primera vez me atreví a decirlo.
—Porque te importo.
Su mandíbula se tensó.
No respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
***
Fernando
Victoria tenía razón.
Me importaba.
Mucho más de lo que debería.
Y eso era un problema.
Porque una de las primeras cosas que aprendí durante mi entrenamiento fue que las emociones podían convertirse en una debilidad.
Y Victoria ya se estaba convirtiendo en la mía.
Regresé a la sala de seguridad.
Marcus estaba allí.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Revisando registros.
—El señor Blackwood no quiere que interfieras con mi equipo.
—Entonces dile que hable conmigo.
Marcus sonrió.
—No sabes dónde te estás metiendo.
—Explícame.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Su sonrisa desapareció.
—Déjalo, Ferrara.
—No.
Marcus dio un paso hacia mí.
—Te estoy dando un consejo.
—¿Una amenaza?
—Una advertencia.
Lo observé.
—¿Quién está detrás de las amenazas?
Marcus guardó silencio.
—¿Alexander?
Nada.
—¿Tú?
Su mandíbula se tensó.
—Ten cuidado.
—Ya me lo dijeron.
Me acerqué.
—Y estoy empezando a cansarme de las advertencias.
Marcus salió de la habitación.
Esperé unos segundos.
Después revisé nuevamente los registros.
Había algo extraño.
Una tarjeta de acceso había sido utilizada la noche anterior.
A las 2:13 de la madrugada.
Tarjeta número 07.
La misma tarjeta asignada a Marcus Reed.
Pero había un detalle.
Marcus estaba registrado como presente en la propiedad durante toda la noche.
Eso significaba que él había tenido acceso.
O alguien estaba utilizando su tarjeta.
Guardé la información.
Entonces escuché pasos.
Victoria apareció en la puerta.
—¿Puedo entrar?
—Claro.
Se acercó.
—Alexander salió.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Te dijo adónde iba?
—No.
La observé.
Parecía nerviosa.
—¿Qué ocurre?
—Encontré esto.
Sacó algo de su bolsillo.
Una pequeña llave.
—Estaba debajo de mi almohada.
La tomé.
La examiné.
No tenía ninguna marca.
—¿Estaba ahí cuando te acostaste?
—No.
Miré hacia ella.
—¿Quién más tiene acceso a tu habitación?
Victoria palideció.
—Alexander.
—¿Alguien más?
Ella dudó.
—Marcus.
Miré nuevamente la llave.
—¿Reconoces esto?
Victoria negó.
—No.
Guardé la llave.
—No vuelvas a entrar sola a tu habitación.
—¿Por qué?
La miré.
—Porque alguien quiere que encuentres esa llave.
—¿Qué significa?
—Que quizá no están intentando entrar.
Hice una pausa.
—Quizá están intentando que pensemos que alguien entró.
Victoria me observó confundida.
—Entonces… ¿qué quieren?
Miré hacia las cámaras.
—Que desconfiemos de la persona equivocada.
Y en ese momento comprendí que el verdadero peligro no era solamente descubrir quién estaba detrás de las amenazas.
Era descubrir quién estaba manipulando la verdad.
Y cuánto tiempo llevaba haciéndolo.