En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.
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— Sombras que acechan y cadenas que se
La noche cayó sobre la mansión Voryn como un manto de terciopelo pesado, salpicado de estrellas que brillaban con una luz fría y distante. Las antorchas mágicas de los pasillos parpadeaban con un resplandor cobrizo, proyectando sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. Leonardo caminaba despacio hacia el ala este, donde se encontraba la biblioteca privada, buscando refugio entre los libros antiguos que hablaban de tiempos en que ángeles y demonios no eran enemigos irreconciliables. Necesitaba entender quién era, de dónde venía, y por qué se sentía tan extraño en un mundo que debía ser su hogar.
No había caminado mucho cuando escuchó pasos detrás de él —pasos lentos, deliberados, que no intentaban esconderse pero tampoco se apresuraban. Se giró con el corazón dándole un vuelco en el pecho.
—¿Quién anda ahí? —susurró, apretando contra sí el libro que llevaba en las manos.
De entre las sombras de una columna de obsidiana emergió Malak, con los ojos brillando con un resplandor rojo tenue en la penumbra. Se veía más alto de lo que Leonardo recordaba, sus rasgos afilados pareciendo tallados en la misma piedra oscura de la mansión.
—Buscándote, pequeño ángel —dijo con voz profunda, que resonó en todo el pasillo como un trueno lejano—. Sabía que te encontraría aquí, donde nadie te ve. Donde eres débil.
—No soy débil —respondió Leonardo, aunque su voz tembló más de lo que hubiera querido—. Y mi padre siempre me protege. Si me haces algo, se enterará.
—¿Y si no se entera? —Malak dio un paso hacia él, y el aire se volvió pesado, cargado de un olor a azufre y flores marchitas—. Tu padre no puede estar en todas partes. Y tú… tú brillas demasiado para pasar desapercibido. Me pregunto si también brillas cuando estás solo conmigo.
—Aléjate —Leonardo retrocedió hasta sentir la pared fría contra su espalda—. No me toques.
—¿Tus alas también son tan suaves como parecen? —Malak se acercó más, levantando una mano como si quisiera acariciar el aire junto al hombro del chico—. Me han dicho que las plumas de ángel son cálidas, que atrapan la luz. Me gustaría comprobarlo.
—¡No! —Leonardo alzó la voz, y su poder se manifestó sin querer: una luz suave y dorada brotó de su piel, iluminando el rostro de Malak, que entrecerró los ojos pero no se apartó—. ¡Dije que te vayas!
—Muy bien —Malak sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos—. Por ahora me voy. Pero recuerda esto, pequeño ángel: la luz atrae a los que viven en la oscuridad. Y yo llevo mucho tiempo esperando ver algo brillar. No te confíes. Las puertas de esta mansión no siempre te protegerán.
Se desvaneció entre las sombras tan rápido como había aparecido, dejando a Leonardo temblando, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole con tanta fuerza que temió que se le saliera del pecho. Se quedó unos instantes pegado a la pared, esperando que nada más ocurriera, y luego salió corriendo hacia la habitación de su padre. Necesitaba verlo, necesitaba sentir que estaba a salvo.