Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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Pesadillas
Después de aquella pesadilla, Gideon no volvió a pegar el ojo en lo que restaba de la madrugada. Se quedó despierto en la penumbra, asimilando el impacto del sueño, hasta que a las seis de la mañana decidió levantarse. Ya completamente refrescado tras una ducha fría que no logró despejar su mente, se vistió y se encaminó hacia su despacho privado, buscando refugio en la rutina para aplacar la profunda inquietud que le recorría el cuerpo.
A las siete y media en punto, Gideon entró al comedor principal, adelantándose al horario habitual a pesar de que la servidumbre —la cual no era muy numerosa por expresa petición suya— apenas se disponía a poner la mesa para el desayuno.
Para su sorpresa, Beltrán también apareció temprano esa mañana. Su mano derecha lucía un semblante cansado pero resuelto; se había visto obligado a reestructurar su agenda para adelantar una importante reunión de negocios a primera hora. Su objetivo era quedar completamente libre el lunes para poder acompañar a Charlotte a la prueba de su traje de novio. Sabía perfectamente que, si volvía a dejarla plantada por motivos laborales, ella se enfadaría seriamente con él, y no estaba dispuesto a arruinar los preparativos de la boda.
—Buenos días...
—Al parecer no soy el único desvelado —murmuró Gideon, sirviéndose un poco de café negro sin apartar la mirada de Beltrán.
Beltrán soltó un suspiro cansado y dejó su maletín sobre una de las sillas del comedor. Se frotó brevemente el puente de la nariz antes de aceptar la taza que la sirvienta le ofrecía con discreción.
—Si no adelanto la junta del lunes, Charlotte me matará —admitió Beltrán con una sonrisa forzada—. Me dejó muy claro que si vuelvo a retrasarme para la prueba con la modista, tendré que dormir en el sofá de la oficina.
—Entonces no la hagas esperar —contestó Gideon, sentándose en la cabecera.
—¿A ti qué te ha pasado? Parece como si una década hubiera pasado por ti de golpe... —intentó bromear Beltrán, buscando relajar el ambiente. Sin embargo, al ver a Gideon soltar un suspiro denso y ensombrecer la mirada, cambió de actitud de inmediato—. ¿Pesadillas otra vez?
Gideon se limitó a asentir en silencio. Ambos quedaron en silencio por unos momentos.
Cuando Beltrán era apenas un jovencito de dieciséis años, conoció de primera mano el tormento que ese hombre vivía noche tras noche. Su padre —siguiendo la estricta tradición que antes habían cumplido su abuelo y su antepasado— le había revelado la verdad sobre la maldición que rodeaba a Gideon. La confesión ocurrió después de que el muchacho lo escuchara romper objetos con desesperación ciega en el interior de su oficina tras una noche de delirios. De cara al mundo exterior, Gideon jamás mostraba un ápice de su sufrimiento; su temperamento severo, reservado e impecable lo hacía ver simplemente como un hombre misterioso y de una elegancia inalcanzable. Solo la línea de sangre de Beltrán conocía al hombre que sangraba por dentro.
Antes de que Beltrán pudiera añadir algo más, Charlotte apareció en el umbral del comedor, frotándose los ojos con fastidio.
—Se puede saber... ¿qué hacen despiertos un domingo tan temprano? —preguntó, clavando la mirada especialmente en su pareja.
Beltrán se tensó un poco; iba a explicarle que había tenido que adelantar para hoy la junta originalmente programada para el lunes. Debido a que era domingo, los inversionistas habían preferido organizar el encuentro en el reservado de un exclusivo restaurante en lugar de asistir a las oficinas corporativas.
—Hoy... —empezó Beltrán, pero ella lo interrumpió de inmediato.
—¿Me vas a dejar sola una vez más? —reclamó Charlotte, cruzándose de brazos con una mueca de profunda decepción.
Gideon observó la escena en silencio y se levantó de la mesa, dejando escapar un suspiro.
—¿Con quién es esa reunión, Beltrán? —preguntó con voz profunda.
Aunque el pilar y origen de su imperio siempre había sido la alta joyería y relojería, Gideon poseía masivas inversiones inmobiliarias y comerciales por todo el país, negocios de los que siempre se encargaba Beltrán para no exponerse al ojo público. Por primera vez en décadas, estaba dispuesto a dar la cara en persona.
Beltrán abrió los ojos de par en par y negó con la cabeza, alarmado por el riesgo que eso implicaba, pero Gideon lo detuvo con una mirada fulminante que no admitía discusiones.
—Charlotte es tu prioridad hoy —sentenció Gideon en un tono imperioso—. Yo me encargaré de la junta. Dime el lugar.
Beltrán, asimilando la inquebrantable decisión de su jefe, asintió en silencio y procedió a darle la dirección exacta del restaurante. En pocos minutos, le resumió los detalles más críticos de la negociación y los puntos clave de los que trataría la junta con los inversionistas inmobiliarios. Acto seguido, le entregó el maletín que contenía los contratos confidenciales. Gideon lo tomó con firmeza, acomodándose los puños de la camisa, completamente preparado para salir a enfrentar a los empresarios bajo su identidad pública de "hermano mayor" y líder en la sombra del imperio Huxley.
Charlotte, que había presenciado toda la secuencia en silencio, sintió un nudo en la garganta. Al ver que su abuelo estaba dispuesto a romper su estricto anonimato y hacer semejante sacrificio únicamente por verla feliz y asegurar su compromiso, no pudo evitar emocionarse. Sus ojos se humedecieron ligeramente mientras observaba la imponente y protectora silueta del inmortal encaminarse hacia la salida.
—Gracias, Gideon... —susurró al pasillo, llamándolo por su nombre, pero con el corazón lleno de gratitud hacia el abuelo que la vida le había permitido conservar.
...
Minutos después, el chófer de Gideon se detuvo frente al restaurante. Al entrar al reservado y presentarse con su habitual voz profunda, los inversionistas quedaron mudos de sorpresa ante la imponente y misteriosa presencia de Gideon Huxley. En el mundo de las finanzas se rumoreaba que el dueño mayoritario jamás se daba a conocer en persona; existían miles de especulaciones descabelladas sobre su identidad, su salud o su paradero, pero nadie sabía con exactitud quién manejaba los hilos del imperio. Hasta esa mañana. Con su sola presencia, Gideon tomó el control absoluto de la mesa.
Mientras tanto, en la mansión, Charlotte y Beltrán aprovechaban al máximo ese domingo juntos que tanto habían anhelado. Tras un desayuno tranquilo y sin las prisas del trabajo, se encontraban acurrucados en uno de los sofás de la sala de estar, disfrutando del silencio de la casa. Fue en ese momento de calma cuando Beltrán, acariciándole el cabello a su prometida, suavizó la mirada y decidió compartir lo que le preocupaba. Le comentó en voz baja que Gideon no se había estado sintiendo muy bien últimamente, y que las pesadillas del pasado habían vuelto a atormentarlo esa misma madrugada.
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