Han transcurrido tres años desde aquella noche en que Antonia recuperó su libertad y Aarón comprendió que el amor no se encadena, sino que se respeta. Tres años en los que cada uno ha reconstruido su vida sobre las cenizas del pasado: Antonia brilla como actriz consagrada, dueña de su escenario y de su destino; Aarón ha redimido sus errores, saneado su imperio y se ha convertido en un hombre íntegro, serio y reservado, guiado por la lealtad y la palabra dada; Vicent ha construido junto a él una nueva etapa, firme y honesto; e Irina dirige con dedicación su fundación, transformando su experiencia en refugio para quienes lo necesitan.
La paz parece definitiva… hasta que las sombras regresan con un rostro aún más cruel.
El nuevo titiritero, Julian Van Thal, un hombre influyente, frío y sin escrúpulos, heredero de un imperio aún más vasto que el que alguna vez tuvo.
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Capitulo 7
El teléfono sonó una tarde tranquila, y Aarón lo tomó sin prisa. Pero apenas escuchó las primeras palabras del administrador del teatro, el aire se le quedó detenido en los pulmones. Se puso de pie de un golpe, sintiendo cómo algo antiguo y agudo se despertaba en su pecho, no como antes —no fuego que exige, sino hielo que alerta—.
—¿Me lo confirmas? —preguntó con voz grave y contenida—. ¿Ha preguntado por ella varias veces? ¿En el teatro y también en su casa?
—Así es, señor De Santis —respondió el hombre al otro lado—. Siempre educado, impecable… pero insiste. Pregunta por su horario, su familia, si alguien la acompaña. No da su nombre verdadero, y cuando se lo pedimos, sonríe y cambia de tema. Da la impresión de que ya sabe todo lo que quiere saber, y que solo confirma.
—¿Puedes describírmelo? —pidió Aarón, acercándose a la ventana y apretando el teléfono con fuerza—. Altura, ropa, ojos… cualquier detalle.
—Alto, traje siempre oscuro, cabello oscuro peinado hacia atrás… ojos claros pero fríos, señor. Cuando mira, parece que lo está midiendo a uno. Y tiene una presencia pesada, como si el aire se volviera más denso a su alrededor. Dijo llamarse Julian. Nada más.
Aarón cerró los ojos un instante. El nombre le sonó vagamente, y el retrato coincidía con algo que había oído mencionar en círculos de negocios: alguien nuevo, poderoso, que compraba empresas y silencios con la misma facilidad. Y la sola idea de que ese hombre estuviera rondando a Antonia le revolvió el alma.
—Gracias por avisarme —dijo finalmente—. No le digas a nadie que hablamos. Y por favor: si vuelve, anota todo. Hora, qué pregunta, con quién viene. Todo.
—Lo haré. Cuente con ello.
Colgó y se quedó un momento inmóvil. Vicent entró en ese instante, y al ver la expresión de su amigo, se detuvo en el umbral.
—¿Pasa algo malo? —preguntó de inmediato—. Tienes el rostro serio como hace años. Como cuando…
—Como cuando yo la tenía en mi poder y no sabía cuidarla —lo completó Aarón con amargura y preocupación—. Alguien la está buscando, Vicent. Un hombre llamado Julian. Pregunta por ella en el teatro, en su casa. Insiste. Y no es un admirador cualquiera. Lo conozco de oídas: Julian Van Thal. Su fortuna supera incluso la de mi padre. Y dicen que cuando quiere algo… lo toma. Sin preguntar.
Vicent frunció el ceño y se acercó.
—¿Crees que ella corre peligro?
—Sé que corre peligro —respondió Aarón con firmeza—. Porque conozco esa clase de hombres. Y lo que es peor… reconozco lo que siente. La mirada que no ve a una persona, sino una posesión. Yo la miré así una vez. Y ahora ese hombre hace lo mismo. El miedo no es celos, Vicent. No es que la quiera para mí. Es terror puro. Terror de que alguien la lastime como yo la lastimé. De que vuelva a vivir lo que ya vivió. Y esta vez… yo no voy a permitirlo.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó su amigo con calma—. Si vas a ir a buscarla, debes tener cuidado. Ella te pidió distancia.
—Lo sé —asintió Aarón, bajando la mirada y apretando los puños a los costados—. Y respeto esa distancia. No voy a irrumpir en su vida. No voy a presentarme como dueño ni como guardián que decide por ella. Pero tampoco me quedaré de brazos cruzados mientras alguien teje una red a su alrededor. Vigilaré. Desde lejos. Sin que sepa que estoy ahí. Sin interferir en su vida. Solo… asegurarme de que nada le ocurra.
—Es una línea delgada —advirtió Vicent—. Vigilar sin ser visto. Proteger sin invadir.
—Lo sé —repitió Aarón levantando la vista, con los ojos llenos de determinación—. Pero aprendí de mis errores. Sé dónde están los límites. Me mantendré detrás de ellos. Solo quiero que esté a salvo. Eso es todo. No pido nada más. Ni un agradecimiento, ni que sepa mi nombre. Solo que viva tranquila.
—Entonces yo te ayudo —dijo Vicent con decisión—. Dividimos las tareas. Tú vigila desde lejos. Yo averiguo más sobre ese Julian, qué negocios tiene, con quién se mueve. Así no la invadimos, pero tampoco lo dejamos avanzar solo.
Aarón le puso una mano en el hombro, con gratitud profunda.
—Gracias. No quiero que ella sienta que vuelve a estar rodeada. Que otra vez hay alguien decidiendo su vida. Solo quiero que… si ese hombre se acerca demasiado, si intenta algo… ella tenga a alguien que responda por ella. Aunque no sepa que estoy yo.
—Lo hacemos bien —prometió Vicent—. Respetando su espacio. Pero sin bajar la guardia.
Aarón asintió y miró hacia la ventana, en dirección al barrio donde ella vivía.
—Brilla con tanta fuerza —susurró—. Y hay quienes no soportan que algo brille sin que sea suyo. No dejaré que la apaguen. No esta vez.
Aarón apoyó la frente contra el cristal, con voz baja y cargada de remordimiento.
—Yo fui quien le enseñó lo que duele ser poseída —dijo con amargura—. No puedo permitir que otro repita lo que yo hice. Sería imperdonable.
—No es lo mismo —le recordó Vicent con suavidad—. Tú has cambiado. Y esta vez no vas a atarla. Solo vas a cuidar que nadie la lastime.
—Espero hacerlo bien —confesó Aarón, mirando a lo lejos—. Porque si le ocurre algo… será como si yo se lo hubiera causado de nuevo. Esta vez, no fallaré.