Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 15: Nuevas Raíces
El sol de media tarde inundaba el amplio balcón de la residencia en la colina, tiñendo de oro el horizonte y el cabello suelto de Renata. Estaba recostada contra el pecho de Gabriel, sentada entre sus piernas, envuelta en una manta suave y en el calor de sus brazos. Ya no había prisa ni miedo acechando en cada sombra. Marcelo Varela había desaparecido del círculo de negocios, acusado y procesado; su influencia, desmantelada en cuestión de días por la maquinaria eficaz de Gabriel. Las noticias, antes hostiles y sensacionalistas, ahora hablaban de lealtad y redención. El escándalo se había transformado en leyenda.
—¿Sabes? —murmuró Renata, trazando círculos lentos sobre su mano entrelazada a la suya—. A veces cierro los ojos y espero despertar en aquella cama fría, sola, sin ti. Como si todo esto fuera demasiado perfecto para ser mío.
Gabriel le dio un apretón suave en la cintura y apoyó la barbilla en su hombro, besando la piel descubierta de su cuello.
—No es un sueño, cielo. Y nunca más volverás a estar sola. Lo prometí y lo cumplo. Pero entiendo lo que dices. Yo también esperaba que todo se desmoronara a cada paso durante años. Hasta que llegaste tú. Me enseñaste a confiar en que la felicidad no se roba… se merece. Y tú te mereces cada respiración bonita que te dé la vida.
Renata giró el rostro y lo miró a los ojos, esos ojos que antes veían hielo y ahora solo encontraba hogar.
—Me merezco esto. Nos lo merecemos.
Gabriel sonrió, esa media sonrisa que le derretía las rodillas, y sacó de su bolsillo una caja pequeña de terciopelo azul oscuro. Al abrirla, no era un anillo de diamantes deslumbrante como los que lucían las esposas de su antiguo círculo: era una sencilla banda de oro macizo con una pequeña llama grabada en el centro, igual que su dije.
—No te pido que me cases hoy ni mañana —dijo con voz grave y firme, tomándole la mano izquierda—. Pero quiero que lleves esto. Para que sepas que mi corazón ya te pertenece, con o sin papeles. Que mi vida se construye ahora a tu lado, ladrillo a ladrillo, día a día. ¿Quieres ser mi esposa algún día, Renata? Cuando tú estés lista. Cuando lo desees tú.
Las lágrimas brotaron sin previo aviso, pero eran cálidas, alegres, limpias.
—Sí —susurró con voz quebrada por la emoción—. Mil veces sí. Gabriel, sí, cuando yo esté lista… y cuando tú también lo estés del todo. Para siempre.
Él deslizó la banda en su dedo, encajándola perfecta, como si hubiera estado esperando ese lugar desde que se fundió. Luego la besó, despacio, profundo, mientras el sol se hundía lentamente tras las montañas bañándolos de luz naranja y violeta.
Pasaron los meses lentos y felices. Renata no se quedó encerrada tras muros de oro. Gabriel la animó a estudiar, a escribir, a reconstruirse con libertad plena. Abrió una pequeña consulta de orientación emocional, ayudando a mujeres que vivían lo que ella vivió, en un espacio discreto y cálido que él le regaló sin interferir. Gabriel iba a veces, solo a observarla desde el umbral, y sentía un orgullo tan grande que dolía en el pecho al verla brillar con luz propia. Una luz que nadie jamás apagaría.
Una noche, al volver a casa, la encontró en la biblioteca sentada junto a la ventana, con un libro en el regazo y la mirada perdida en las estrellas que asomaban. Se acercó en silencio, la abrazó por la espalda y ella recostó la nuca en su hombro con un suspiro de alivio automático.
—¿En qué piensas? —le susurró al oído.
Renata le acarició el brazo que la rodeaba y sonrió.
—En todo lo que cambió. En la chica rota que entró a tu consultorio buscando arreglar algo que ni sabía qué era. Y en la mujer que ahora está aquí, completa, amada, feliz. Gracias por no soltarme nunca. Ni cuando yo misma me soltaba.
Gabriel la giró entre sus brazos y la miró a los ojos con toda la eternidad contenida en una sola mirada.
—Gracias por quedarte. Por elegirme a mí, con todas mis sombras. Eres mi salvación, Renata. Mi principio y mi fin. Mi única verdad.
Se besaron bajo la luz de la luna que entraba por el cristal, promesa y certeza a la vez. Y afuera el mundo seguía girando, pero a ellos ya no les importaba. Tenían su mundo. Su tiempo. Su amor que sobrevivió a secretos, tormentas y a sí mismos.