Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 23
Capítulo 23: Gatita
Camila despertó en la mansión Salazar, en una cama enorme, con la luz de la mañana entrando por ventanales que daban a la ciudad entera. Dante ya se vestía.
—Me tengo que ir temprano —dijo, abotonándose—. El Puerto tuvo un problema anoche. Ya está resuelto. Duérmete otro rato.
—¿Qué clase de problema? —murmuró ella, adormilada.
—Uno que ya está resuelto —repitió él, con esa media sonrisa. Se acercó, le apartó el pelo de la cara, y le dio un beso lento en la frente—. Descansa, gatita.
Camila abrió los ojos. Era la primera vez que la llamaba así. "Gatita." Se le subió el color.
—¿Gatita?
—Te duermes hecha bolita. Muerdes cuando sueñas. Buscas el rincón caliente. Desconfías de todos y aun así te dejas acariciar si te tratan bien. —Se encogió de hombros—. Gatita. Callejera, flaca, arisca. Y mía.
—Pues tú… —Camila buscó con qué devolvérsela, y solo se le ocurrió lo más íntimo que tenía—. Tú, Dante. Nada más Dante.
Y era, sin que ella lo supiera del todo, un atrevimiento enorme. En dos plazas, nadie se atrevía a llamarlo por su nombre; era "el Tigre", "el patrón", "el señor". Solo ella, en la cama, medio dormida, le decía "Dante" como si fuera un hombre común. A él le gustó. Volvió a la cama un rato más, y el mundo, y el Puerto, y sus problemas, esperaron.
Más tarde, Camila recorrió la mansión y conoció otra cara de ese mundo. Los pasillos eran largos, callados, con retratos y espejos, y de las paredes colgaban cosas que ella solo había visto en revistas. Vitrinas de vidrio con colecciones de oro —monedas antiguas, figuras, relojes—, piezas que valían fortunas y estaban ahí, guardadas, sin que nadie las mirara. En el estudio del segundo piso encontró la vitrina que le heló la sangre: detrás del cristal, alineados como si fueran esculturas de museo, subfusiles relucientes, pistolas, un rifle largo con mira. Armas exhibidas con el mismo orgullo con que otro exhibe trofeos.
Camila se quedó viéndolos un buen rato, con un escalofrío subiéndole por la espalda. Ese era el mundo real del hombre que le decía "gatita". No la sopa de fideo, no el termo rosa: esto. El oro y el fierro.
Y por una puerta entreabierta, al fondo, alcanzó a ver a Dante de espaldas. Solo que era otro Dante: la voz baja y filosa, la espalda recta, la autoridad absoluta. Regañaba a dos hombres altos, corpulentos, encargados de sus plazas, que lo escuchaban con la cabeza gacha, sudando, sin atreverse a levantar la vista, como niños regañados por un padre que puede matarlos. "La próxima que me llegue carga sin puntear, no me traen la carga: me traen la cabeza del que la dejó pasar. ¿Entendido?" Los hombres asintieron, temblando.
En cuanto la sintió, Dante cerró la puerta y, al girarse hacia ella, ya era otra vez el de siempre, suave, con la media sonrisa. Pero Camila ya no podía des-ver al primero. Los dos Dantes vivían en el mismo cuerpo, y ella empezaba a entender que amar a uno era cargar con el otro.
Su teléfono sonó. Bruno.
—Camila —la voz de su hermano venía agitada—. Mamá está en urgencias. Se puso mala del corazón, la acabo de meter al hospital, me piden un adelanto para que la atiendan. Necesito que me mandes ya, es urgencia, si no la atienden…
—¿Del corazón? —Camila se levantó, alarmada—. ¿Está grave? ¿Qué hospital?
—Grave, grave, mándame ya y te paso el comprobante, apúrate.
Camila, con el corazón en la mano, le transfirió todo lo que tenía en la cuenta. Le pidió el comprobante del hospital, el nombre del lugar, el número de cama, algo. Bruno dijo que ahorita, que estaba corriendo, que luego. El comprobante no llegó ese día. Ni al siguiente.
Camila se quedó con una punzada de duda clavada en el pecho, esa vieja alarma que había aprendido a no ignorar y que, a la vez, con su madre, siempre terminaba ignorando. Porque, ¿y si de verdad era el corazón? ¿Y si por dudar dejaba morir a su madre? Ese era el chantaje perfecto de su familia: la amenaza siempre lo bastante grave para que Camila no se atreviera a no pagar, no fuera a resultar cierta. Se odió un poco por transferir, y se habría odiado más por no hacerlo. Así la tenían atrapada, desde niña.
Porque esa era su familia, entera: un padre, Rubén Cordero, que se había ido con otra mujer a otra ciudad y no había vuelto a llamar; una madre, Yolanda, que solo aparecía para pedir; un hermano que apostaba; y, allá en el pueblo del sur, sola, la única que de verdad la había querido: su abuela, doña Refugio, a la que el padre había abandonado a su suerte al irse, y a la que Camila visitaba cuando podía juntar para el pasaje. Doña Refugio la llamaba "mi niña" y le guardaba dulces en una lata; era lo más parecido a un hogar que Camila había tenido en la vida. Esa anciana sola en el sur, y ahora, quizá, un hombre que mataba sin temblar. Vaya suerte la suya para escoger a quién querer. Se preguntó qué diría su abuela si supiera en qué mundo andaba metida su niña; y se prometió, como cada vez, ir a verla en cuanto pudiera, antes de que fuera tarde, como había sido tarde para tantas cosas en su familia.
El sábado por la noche era el banquete. Dante fue en persona a recogerla, al volante de un Mercedes negro con placas especiales y vidrios polarizados. Ciudad Bravo estaba con calles cerradas; un operativo. Un policía de tránsito les cerró el paso con la mano en alto.
—¡Desvíese! ¡Vía cerrada, hay que dejar pasar el auto del secretario!
Dante bajó el vidrio apenas, sin apagar el motor.
—Vayan a preguntarle a su jefe quién soy yo —dijo, tranquilo—. Y luego me abren.
El policía, molesto, se acercó a discutir, vio la placa especial, vio la cara del hombre, y algo en su radio o en su instinto le dijo que se estaba metiendo con quien no debía. Habló por el aparato. Un segundo después, pálido, se cuadró e hizo señas para que abrieran el paso.
El Mercedes cruzó Ciudad Bravo entera sin detenerse una sola vez, pasando por encima de operativos y secretarios, hasta las luces del Puerto. Ahí, en el Muelle 3, esperaba un crucero de lujo iluminado como una ciudad flotante, con la pasarela ya bajada.
—¿Cómo haces eso? —preguntó Camila, todavía sin creerlo, mirando por el retrovisor el operativo que se cerraba a sus espaldas—. Le cerraron el paso hasta al secretario, y a ti te abren.
—Porque al secretario lo mandan otros —dijo Dante, sin darle importancia—. Y a mí, nadie. —La miró de reojo—. En esta ciudad hay dos clases de poder, gata: el que se hereda o se nombra, y el que se toma. El primero se lo pueden quitar mañana con una firma. El segundo no. El mío es del segundo.
A Camila le dio un escalofrío. Cada vez que creía haber medido el tamaño de lo que Dante era, él le mostraba que era más grande, y más oscuro.
Dante apagó el motor, rodeó el auto, le abrió la puerta a Camila y le tendió la mano.
—¿Lista, gatita?