Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 15: Entre el vacío y el deseo
El restaurante elegido por Julián estaba ubicado en una calle apacible, lejos del bullicioso centro corporativo, era un espacio exclusivo e íntimo, con luces cálidas y un ambiente diseñado para garantizar la discreción absoluta de sus comensales.
Cuando el maître la guio hasta el reservado privado del fondo, Renata cruzó el umbral y se detuvo un instante, Julián ya estaba allí, vestía una camisa oscura bien cortada que remarcaba la amplitud de sus hombros y leía la carta de vinos con concentración, ajeno a su llegada.
La luz tenue perfilaba su mandíbula marcada y los cristales de sus gafas reflejaban la calidez de las velas sobre la mesa. Sin previo aviso, a su memoria le vino de golpe el recuerdo de la noche anterior en la suite 408; la firmeza de sus hombros bajo sus manos, el calor de su piel y la devoción con la que él la había sostenido en la penumbra mientras le hacía el amor.
Un rubor intenso le subió de inmediato al rostro, quemándole las mejillas, apretó el bolso contra su costado para disimular el temblor involuntario de sus manos tratando de recuperar a toda prisa la compostura de la mujer fría que pretendía mostrar.
Al escuchar el leve sonido de sus pasos, Julián levantó la vista, al descubrirla allí, su mirada se suavizó al instante y una sonrisa tenue, iluminó sus facciones mientras se ponía de pie para recibirla.
—Toma asiento, Renata—dijo Julián.
Julián se acercó a la silla con caballerosidad antes de tomar asiento frente a ella, el aire entre los dos estaba cargado de una tensión electrizante, pero parecieron acordar una tregua silenciosa: fingirían profesionalismo y dejarían sepultada la intimidad de la noche previa tras una máscara de sobriedad.
Renata aclaró su garganta y abrió la carpeta sobre la mesa, buscando refugiarse en un lenguaje profesional para disimular el rubor que aún le ardía en las mejillas.
—Traje los documentos del fideicomiso —empezó Renata, deslizando las hojas sobre el mantel blanco— Los revisé a detalle esta mañana. Las cláusulas de protección para Emma y los términos de reestructuración de la firma Lozano son extraordinarios. Corporación “A” no dejó ningún cabo suelto.
Julián acomodó sus gafas y echó un rápido vistazo a los papeles, manteniendo esa postura serena y madura que a ella tanto la desarmaba.
—Francesco hizo un trabajo impecable —respondió él con voz pausada—Se aseguró de que Rodrigo no tiene ningún margen legal para impugnar el traspaso ni para presionar a tu familia. La casa y los activos están completamente ciegos.
Renata miró la taza de agua frente a ella y apretó los labios, de pronto el peso del remordimiento fue más fuerte que cualquier contrato, levantó los ojos y sostuvo la mirada de Julián con mucha sinceridad.
—Julián... antes de ver las cláusulas, debo decirte algo —expresó con firmeza—Te pido una disculpa sincera. Ayer actué de forma distante y juzgué mal intenciones tus. Creí lo peor de ti cuando solo buscabas protegernos a Emma ya mí de tu hermano. Me equivoqué y lo lamento de verdad.
Julián la escuchó en absoluto silencio, en el pasado solo había sido un joven retraído y enfocado en la tecnología; sin embargo, años de indiferencia por ser el segundo hijo lo fue llenando de amargura, por eso se había vuelto frío e implacable delante de sus parientes, aunque al ver la vulnerabilidad de Renata mucha de esa actitud se disolvió por completo, y una sonrisa cálida y genuina se dibujó en sus labios iluminándole el rostro.
—Tu disculpa está más que aceptada, Renata —respondió él, extendiendo la mano sobre la mesa para rozar apenas los dedos de ella con calidez—Tenías todos los motivos del mundo para estar a la defensiva después de lo que Rodrigo te hizo pasar. No tienes nada de qué culparte. Lo importante es que ahora estás a salvo.
El contacto de sus dedos hizo que el corazón de Renata diera un vuelco, pero la sonrisa franca de Julián le devolvió una tranquilidad que no se sentía en meses.
Renata se quedó mirando fijamente la firma al pie del contrato, sintiendo cómo la realidad de su nueva vida comenzaba a asentarse, con la casa libre de embargos y la empresa protegida por la Corporación “A”, la tormenta había finalmente había terminado… o eso suponía.
—Ahora que todo está claro... ¿Qué va a pasar? —preguntó Renata, levantando la mirada con una ligera vacilación en la voz—Con el fideicomiso, con la deuda que tengo... contigo.
Julián dio un sorbo a su copa de vino y la observó con una serenidad absoluta. Sus sentimientos hacia ella eran profundos, pero jamás contempló la idea.
—Nada, Renata —respondió con tono pausado y reconfortante— A partir de hoy, puedes vivir sin esa carga sobre los hombros. No tienes que rendirle cuentas a nadie; Rodrigo no volverá a acosarte y la estabilidad de Emma está garantizada. Eres completamente libre.
Cualquier persona en su posición sentido habría alivio, pero en el interior de Renata ocurrió todo lo contrario, porque sus palabras, lejos de calmarla, le hicieron sentir un vacío en su estómago: una sensación extraña y punzante que no lograba comprender. ¿Acaso eso significaba que él se apartaría?, ¿Qué el vínculo entre ellos se reduciría a un mero trámite administrativo que acababa de terminar?
Antes de que pudiera procesar los pensamientos turbulentos de su mente, el teléfono de Julián, colocado sobre la mesa en modo de vibración, comenzó a zumbar contra la madera.
Bzz... bzz... bzz...
Una constante ráfaga de notificaciones en la pantalla de forma intermitente, mensajes y llamadas perdidas de Alberto se acumulaban, exigiendo explicaciones por la humillación sufrida por Rodrigo en su apartamento en la mañana.
Julián ni siquiera se molestó en girar el dispositivo para ver quien le escribía, sino que, con mucha calma, extendió la mano, y volteó el teléfono para silenciar la luz mientras continuaba cortando su comida como si nada estuviera pasando.
Renata observó el gesto en silencio, sintiendo que detrás de ese hombre atento y caballeroso que la miraba con dulzura contenida, había una fuerza implacable que apenas comenzaba a descubrir.
Julián notó la sombra de duda que cruzó la mirada de Renata, al ver su expresión confusa y el ligero temblor en sus labios, una chispa de picardía iluminó sus ojos oscuros. Reclinándose ligeramente sobre la mesa, rompió el silencio con una voz grave y pausada.
—Acaso deseabas que pasara algo más, Renata?
La pregunta, cargada de un doble sentido sutil pero inconfundible, hizo que el color se le subiera de golpe al rostro, un rubor intenso le quemó las mejillas y el aire del reservado de repente se volvió muy espeso, cargado de una tensión que amenazaba con consumirlos a ambos.
Renata nerviosamente negó con la cabeza, intentando aferrarse a la postura de mujer fría que no podía engañarlo, y Julián obviamente no le permitiría escapar tan fácilmente.
—Renata sé sincera conmigo —le pidió en un murmullo bajo, fijando su mirada en ella con una intensidad que le robó el aliento.
Desarmada frente a él, Renata se sentía transparente, incapaz de articular, una sola excusa mientras el corazón le martillaba el pecho. Al verla tan vulnerable y en silencio, la frialdad con la que Julián ignoraba las llamadas de su padre desaparecieron, se levantó despacio de su asiento y se acercó a ella.
Extendió la mano y, con un toque suave que la hizo estremecer, pasó la yema del pulgar por la piel tibia de su mejilla, acariciándola con mucha ternura.
Renata cerró los ojos un segundo por instinto, disfrutando del contacto, cuando los volvió a abrir, Julián ya se había inclinado hacia ella, sin darle espacio a las dudas ni a las explicaciones, recortó la distancia que los separaba, buscó sus labios en un beso cálido y profundo, borrando de su mente todo el vacío que segundos antes la había atormentado.
El beso se volvió tan profundo e intenso que el tiempo pareció detenerse dentro del reservado, Julián la sostuvo con firmeza, y Renata se entregó por completo a la agradable sensación que se acumulaba en su pecho, se aferró a sus hombros mientras el aire comenzaba a faltarle en los pulmones, la calidez de sus labios borró cualquier rastro de la frialdad que los había distanciado, convirtiendo aquel simple almuerzo en el inicio de algo insospechado para ambos.