La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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El inicio del deseo.
Y entonces Alexander dejó de pensar.
Porque si seguía haciéndolo… iba a detenerse.
Pero ya no quería detenerse.
Su mano subió lentamente hasta el cabello de Estefanía, deslizándose detrás de su nuca.
Y antes de que ella pudiera siquiera respirar, la acercó hacia él.
Sus labios capturaron los de Estefanía con intensidad.
Con hambre.
Con una necesidad que ni él mismo entendía.
Estefanía abrió apenas los ojos del impacto.
El corazón le golpeó el pecho con tanta fuerza que sintió que iba a desmayarse.
Alexander la besaba como si hubiera querido hacerlo desde hacía rato.
Como si llevara demasiado tiempo conteniéndose.
Su otra mano sostuvo firme su cintura, acercándola más a él.
La respiración de Estefanía se volvió errática.
Nunca la habían besado así.
De hecho nunca había besado.
Nunca alguien la había tocado con tanta seguridad.
Con tanta posesión.
Alexander inclinó apenas el rostro profundizando el beso mientras su lengua rozaba la boca de ella buscando respuesta.
Pero Estefanía no sabía qué hacer.
Entró en pánico.
Y en medio de los nervios… terminó mordiéndolo.
Alexander se alejó inmediatamente.
—Mierda…
Se llevó una mano a la boca mientras sentía el pequeño ardor en su lengua.
Estefanía abrió los ojos horrorizada.
—¡Lo siento!
Su cara se puso completamente roja.
—No fue a propósito…
Alexander la observó unos segundos.
Y entonces soltó una risa baja.
Una real.
La primera que Estefanía le escuchaba.
—Eso noté.
Ella quería desaparecer debajo de la cama.
Bajó rápidamente la mirada mientras cerraba su computadora con torpeza.
—Perdón…
Alexander negó todavía divertido mientras cerraba también la suya.
El ambiente seguía cargado.
Pesado.
Pero ahora había algo más.
Algo peligroso.
Porque ambos acababan de cruzar una línea.
Alexander apagó la lámpara del lado de la cama.
La habitación quedó apenas iluminada por la luz tenue que entraba desde las ventanas.
Estefanía se acostó lentamente intentando controlar los nervios.
Pero apenas cerró los ojos volvió a sentir el brazo de Alexander rodeándole la cintura desde atrás.
Su cuerpo se tensó apenas un segundo.
Luego… se relajó.
Porque extrañamente le gustaba.
Le daba tranquilidad.
Y después de toda una vida sintiéndose sola… aquello era demasiado nuevo.
Demasiado cálido.
Estefanía sonrió apenas en la oscuridad mientras cerraba los ojos.
No quería pelear con Alexander.
No quería arruinar aquello.
Y Alexander, detrás de ella, permanecía despierto mirando la nada
Porque podía sentir perfectamente el cuerpo de Estefanía pegado al suyo.
Su cabello rozándole el cuello.
El perfume suave sobre su piel.
Todo en ella comenzaba a distraerlo.
Y eso era un problema.
Horas después, Estefanía comenzó a moverse inquieta entre sueños.
Alexander abrió apenas los ojos cuando sintió cómo intentaba soltarse de su brazo.
—Oiga… quiero ir al baño…
La voz adormilada de ella hizo que Alexander la soltara lentamente.
Estefanía caminó rápido hacia el baño.
Y cuando se vio frente al espejo… quiso morirse de vergüenza.
Tenía el cabello completamente despeinado.
Los labios los sentía pesados por el beso en la noche.
Y las mejillas todavía rojas.
Se llevó ambas manos al rostro.
—Qué vergüenza…
Se peinó como pudo antes de regresar.
Cuando salió, Alexander seguía despierto.
Recargado contra el cabecero.
Mirándola.
Estefanía aclaró la garganta nerviosa.
Caminó hasta la cama y se sentó despacio a su lado.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Pero ya no era incómodo.
Era distinto.
Más íntimo.
Más peligroso.
Estefanía jugueteó nerviosa con la sábana antes de hablar.
—¿Por qué no se casa con mi hermana?
Alexander levantó apenas una ceja.
—¿Otra vez con eso?
—Solo quiero entender.
Él soltó un suspiro.
—No soy un niño al que le dicen qué hacer.
Estefanía bajó la mirada entendiendo inmediatamente.
No era por ella.
Era por orgullo.
Por rebeldía hacia su abuelo.
Y aun así… eso no evitó que sintiera algo extraño en el pecho.
Levantó lentamente la vista.
Alexander despeinado y con la pijama arrugada se veía demasiado diferente al hombre frío y perfecto del día.
Más relajado.
Más atractivo.
Demasiado atractivo.
—No sabía que alguien se esforzó tanto por casarse conmigo.
La voz grave de Alexander la sacó de sus pensamientos.
Estefanía recordó inmediatamente la mentira que habían inventado Victoria y su madrastra.
Y terminó soltando una pequeña sonrisa.
—Solo se los dije de broma… jamás haría algo así.
Alexander la observó en silencio.
Como si intentara descubrir cuándo mentía y cuándo no.
Luego se acercó nuevamente.
Y esta vez la besó más despacio.
Más corto.
Pero mucho más íntimo.
Los labios de Estefanía temblaron apenas contra los suyos.
—Duerme.
La voz de Alexander salió ronca cuando se separó.
Se levantó de la cama tomando el bastón.
Estefanía lo siguió con la mirada.
—¿A dónde vas?
Pero se arrepintió de preguntar apenas él giró el rostro hacia ella.
Porque Alexander solo la miró unos segundos antes de salir sin responder.
La puerta se cerró detrás de él.
Y Estefanía cayó de espaldas sobre la almohada.
—Qué tonta…
Se cubrió la cara con ambas manos.
¿Qué esperaba?
¿Que le dijera “ven conmigo”?
Su corazón seguía latiendo demasiado rápido.
Y lo peor era que comenzaba a aceptar algo que no debía.
Le gustaba Alexander.
Mucho más de lo que debería.
A la mañana siguiente, Estefanía despertó temprano.
Se arregló rápido porque ese día empezaban sus clases.
Y también su trabajo.
El simple pensamiento la emocionaba.
Cuando bajó al comedor, Alexander ya estaba listo para salir.
Traje oscuro.
Cabello perfectamente acomodado.
Imponente como siempre.
Pero en cuanto la vio entrar… sus ojos bajaron inmediatamente hacia sus labios.
El brillo labial.
Los mismos labios que había besado horas antes.
Y de pronto tuvo ganas de volver a hacerlo.
Ahí mismo.
Pero la presencia de Dana lo hizo contenerse.
Y peor aún cuando escuchó la voz de José entrando a la casa.
—¡Buenos días familia infeliz!
Estefanía soltó una pequeña risa.
Y Alexander sintió otra vez esa irritante sensación en el pecho cuando ella sonreía frente a alguien más.
José saludó feliz.
Ese día irían a varias universidades buscando jóvenes talentos para la empresa.
Aunque en realidad José disfrutaba más coquetear con estudiantes que trabajar.
Alexander apenas probó el desayuno antes de levantarse.
Necesitaba salir antes de hacer algo impulsivo.
José se despidió de Dana y luego de Estefanía.
Alexander caminó hacia la salida.
Pero antes de que pudiera irse, Estefanía lo alcanzó.
José siguió caminando distraído hacia el auto.
Ella se acercó nerviosa.
—Hoy llegaré tarde…
Alexander la miró.
O al menos intentó escucharla.
Porque en realidad estaba demasiado concentrado viendo cómo se movían sus labios mientras hablaba.
Maldición.
Miró rápidamente hacia los lados.
Y al comprobar que nadie los observaba… la sujetó suavemente del rostro y la besó otra vez.
Estefanía abrió apenas los ojos sorprendida.
Pero esta vez intentó seguirle el beso.
Intentó responderle.
Y eso hizo que Alexander profundizara apenas unos segundos más.
Hasta que unos pasos acercándose los obligaron a separarse.
Alexander se apartó primero.
Se limpió discretamente con sus dedos el brillo labial que quedó en sus labios.
Y Estefanía sintió que el corazón iba a explotarle.
—Nos vemos al rato.
La voz grave de Alexander la dejó completamente inmóvil.
Ella solo pudo asentir.
Sin poder creer todavía una sola cosa.
El le gustaba y mucho y por lo que veía el sentimiento era mutuo.