Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
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La Mente de una Bestia Acorralada (Perspectiva de Jack)
Mis aposentos nunca habían parecido tan sofocantes como esta noche.
Caminaba de un extremo a otro sobre la alfombra persa, despojándome con torpeza de las insignias militares y desabrochando los botones superiores de mi camisa de lino. Sentía que el aire apenas llegaba a mis pulmones. En mi cabeza resonaba, como un eco tormentoso y constante, el suave choque de la espalda de Jessica contra la estantería de roble y el sonido de sus suspiros a escasos milímetros de mi boca.
—Entonces da ese paso...
Aquellas palabras formuladas por sus labios carnosos continuaban taladrando mi juicio.
Maldita sea. ¿En qué demonios me estaba convirtiendo? He comandado batallones en medio de ventiscas mortales en el frente norte. He resistido emboscadas, heridas de espada que amenazaron con desangrarme y las presiones diplomáticas más encarnizadas sin perder jamás la templanza. Mi mente siempre había sido una fortaleza inexpugnable, moldeada a fuerza de disciplina, dolor y renuncia personal. Y, sin embargo, una sola mujer, usando nada más que un vestido borgoña, el aroma dulce de los lirios y una mirada desafiante, había estado a punto de derribar en cinco minutos la armadura que tardé diez años en construir.
Me detuve frente al gran espejo de cuerpo entero que adornaba mi vestidor. La figura que me devolvió el reflejo me llenó de una mezcla de desconcierto y repulsión. Mi rostro, habitualmente sereno e inexpresivo, mostraba una rigidez feroz; mis ojos grises, oscurecidos por un deseo negro y voraz, no pertenecían a un príncipe ni a un caballero, sino a un depredador hambriento. Tenía las manos temblorosas, apretadas con tanta fuerza que mis nudillos permanecían blancos.
Aún podía sentir en la palma de mi mano la textura suave y tibia de su muñeca cuando la atrapé en el aire. Aún sentía el calor que emanaba de su cuerpo, la curva perfecta de su cintura bajo mi brazo y la tentación casi demoníaca de devorarle la boca hasta que olvidara su propio nombre.
Jessica ya no era la joven vacilante de los primeros meses. Había cambiado. Había algo profundamente calculado, casi quirúrgico, en la forma en que se inclinó sobre la mesa de la biblioteca, en cómo dejó que su aliento me quemara la piel de la mandíbula y en cómo deslizó sus dedos sobre mi clavícula. Sabía exactamente lo que me estaba haciendo. Parecía conocer cada uno de mis puntos débiles, como si hubiera leído los rincones más oscuros de mi alma.
Aquello me aterraba más que cualquier ejército enemigo.
Si ella descubría la escala real de la obsesión que me consumía, si se daba cuenta de que cada rechazo y cada palabra hiriente que le lanzaba no eran más que un intento desesperado por no arrastrarla a mis demonios... estaría completamente a su merced. Jessica no era una simple dama de la corte buscando un matrimonio ventajoso; se había convertido en mi perdición, en una tentación viva que amenazaba con destruir mi honor, mi posición y la promesa que le hice a mi padre de mantener la cabeza fría sobre los hombros.
No podía permitirme ceder. Ella era una duquesa pura, noble y digna de un futuro brillante con un hombre que pudiera ofrecerle paz y devoción abierta. Yo solo tenía para ofrecerle una vida de guerra, responsabilidades asfixiantes y una pasión destructiva que terminaría por consumirla.
—Tengo que mantener la distancia —me dije en voz alta hacia el espejo, tratando de infundir autorida a mis palabras.
Pero cuando cerré los ojos para buscar serenidad, lo único que apareció en la penumbra de mi mente fue el recuerdo de sus labios rozando los míos, ofreciéndose sin reservas. Un juramento de paciencia que sentí quebrarse en mil pedazos.