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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 4

Capítulo 4 — Salir del pozo de fuego

La mansión Guerrero.

Era una finca de aire antiguo y elegante, con un jardín sembrado de flores y plantas, montículos de piedra y agua que corría entre ellos. Un lugar sereno, apartado del ruido de la ciudad.

De pronto, una voz potente resonó en la sala.

—Mocoso desgraciado, así que todavía sabes volver a casa.

En el enorme salón, doña Leonor estaba sentada en el sofá. De espíritu firme, mejillas sonrosadas, sin el menor rastro de enfermedad.

Adrián se acomodó sin prisa antes de hablar.

—Como usted se hizo la enferma, ¿cómo no iba a venir?

Aquella llamada frente al Registro Civil había sido de Simón, el mayordomo de la casa. Le había dicho que doña Leonor se había desmayado de la rabia.

Adrián, que conocía a su abuela de sobra, supo al instante que solo era una de sus tretas para hacerlo regresar.

Doña Leonor soltó un bufido.

—Con lo que costó que te dieran de baja, y vas y desapareces en el aeropuerto. ¿Tanto te pesa volver a hacerte cargo del grupo?

Ese día había mandado guardaespaldas a recibirlo, y no habían visto ni su sombra. No le había quedado más remedio que fingir un desmayo para atraerlo a casa.

Adrián tecleaba algo en el teléfono con la cabeza gacha.

—No es eso. Prometí que al retirarme tomaría las riendas de la empresa, y no falto a mi palabra.

Desde niño había cargado con esa responsabilidad. Sus padres pasaban la mayor parte del tiempo dirigiendo los negocios en el extranjero; el Grupo Guerrero, en la capital, solo podía quedar en sus manos.

Esa había sido, además, la condición que doña Leonor puso años atrás para dejarlo entrar en el ejército.

—Así me gusta. Uno de estos días te presentas y asumes el cargo, que estos viejos huesos ya quieren descansar. —La voz de la anciana se llenó de alegría y su cara se distendió.

Adrián asintió.

—De acuerdo.

Resuelto ese asunto, doña Leonor tomó su taza de té, bebió un sorbo, recobró el aliento y añadió con tono grave y afectuoso:

—Ya no eres ningún niño. Ahora que te retiraste, deberías pensar en serio en casarte.

Suspiró y puso cara de pena.

—Si no te apuras, no sé si estos huesos viejos alcanzarán a verte casado y con hijos.

A Adrián le tembló apenas la comisura del ojo.

—Abuela, usted vivirá otros cuarenta años sin despeinarse.

Doña Leonor lo fulminó con la mirada.

—Si tú no mueves un dedo, lo muevo yo. La muchacha de los Sandoval no está nada mal. Yo…

Adrián guardó el teléfono, se puso de pie y cortó el sermón de raíz.

—Abuela, de eso no tiene que preocuparse. Ya tengo mis planes. Quedé con Hugo y los demás, me voy.

—¿Qué planes vas a tener tú? En todos estos años ni una novia. Si en un mes no haces algo, te mando a citas arregladas.

—Está bien. Para entonces le traigo a alguien a casa.

Aceptó tan rápido que la abuela dudó de si no la estaría engañando otra vez.

...

Club nocturno Penumbra, privado VIP 806.

Amelia se sostenía la cabeza con una mano y con la otra hacía girar la copa de vino tinto. Tenía el semblante apagado, los ojos hinchados y rojos, y todo su cuerpo despedía tristeza.

Dante no la veía así desde hacía mucho. Desde que había llegado, ella no hacía más que beber sin decir palabra. Se estaba impacientando.

—Reina mía, ¿me vas a contar de una vez qué pasó?

Amelia se llevó otro sorbo a los labios y sonrió con amargura.

—Corté con Bruno.

Dante se quedó unos segundos pasmado. Luego se sirvió una copa y la agitó con aire despreocupado.

—¿Por qué?

Su tono no sonaba a lástima. Más bien, dejaba escapar un dejo de satisfacción.

Amelia bajó la vista, los ojos cargados de autoironía.

—Hoy me lo topé en el aeropuerto con Cintia. Me dijo que la que le gusta es ella. Si no los hubiera visto, seguiría engañada hasta hoy. En ese momento entendí lo tonta que fui. Tres años haciéndolo todo por él, y me pagan con un «no me gustas». ¿No es ridículo? Dante, tenías razón: la mujer que gasta su dinero en un hombre es la más tonta del mundo.

A Dante se le escapó media sonrisa. Chocó su copa contra la de ella.

—Amelia, felicidades.

—¿Felicitarme por qué? —No entendió.

Dante bebió un sorbo.

—Felicidades por ver por fin quién es Bruno. Felicidades por salir por fin de ese pozo de fuego.

Como hombre, entendía a los hombres. La primera vez que vio a Bruno, pensó que ese tipo no merecía a Amelia. Pero ella, siempre tan sensata, se había obcecado con él como si le hubieran nublado el juicio.

En esos tres años había visto cómo Amelia se desvivía. Cuando la familia Lara no tenía con qué financiar las investigaciones de Bruno, ella, ingenua, le había puesto su propio dinero. Se lo había advertido muchas veces, pero sumergida en el amor, no escuchaba.

Al final había dejado de insistir. Sabía que tarde o temprano Amelia se estrellaría contra la pared. Y ese día llegó antes de lo que esperaba. Se alegraba por ella.

Al oírlo, los dedos de Amelia apretaron la copa hasta palidecer. Giró la cabeza y lo miró.

—¿Por qué no te sorprende para nada que Bruno me engañara?

Recordó todas las veces que Dante le había dicho que Bruno no era buen hombre, y cómo ella había ignorado esas voces.

Pensándolo ahora, quizá fuera cierto: el que mira de afuera ve claro; el que está dentro, ciego.

Dante le dio un golpecito en la frente, con esa impaciencia de quien quiere hacer entrar en razón a alguien.

—Piénsalo. Tres años juntos, ¿qué hizo él por ti? Si de verdad te quisiera, ¿se le olvidaría hasta tu cumpleaños? ¿Dejaría que te mataras trabajando solo para financiar sus investigaciones? ¿Alguna vez te incluyó en su futuro? Amelia, tú que eres tan lista, con Bruno te volvías tonta sin remedio. Los hombres como él solo ven el interés. Ahora que dejaste a los Cruz, ya no hay nada que sacarte, así que se queda con Cintia, la niña de la casa.

Cada palabra dio en el blanco. Pero justamente las verdades que duelen son las que entran hondo. Amelia despertó del todo, y lo poco que quedaba de sentimiento por Bruno se desvaneció.

Bebió un trago largo, con la voz vaciada de emoción.

—Después de esta noche, Bruno y yo no volveremos a tener nada que ver.

Dante suspiró aliviado por dentro y le palmeó el hombro con una sonrisa.

—Así se habla. Lo viejo se va para que llegue lo nuevo. Con que tú quieras, te consigo al galán que se te antoje.

Amelia, ya achispada, se apoyó la mejilla en la mano y soltó una risita.

—Ya no hay caso. Me casé.

—¿Qué… qué?

Dante abrió los ojos de par en par.

—Reina, estás borracha, ¿no?

¿No había cortado con Bruno ese mismo día? ¿Cómo iba a estar casada? Seguro deliraba por el alcohol.

Amelia se levantó y le meneó un dedo.

—Espera y verás.

Tomó el bolso, revolvió dentro y sacó el acta de matrimonio. La estampó sobre la mesa con un golpe seco.

—Mira. Acta de matrimonio.

Dante era su mejor amigo; no pensaba ocultárselo.

Él levantó el documento y lo examinó con cuidado. Tenía el sello en relieve; no era falsa.

Iba a preguntarle cómo se había casado tan de repente cuando su vista se posó en el nombre del cónyuge: Adrián Guerrero.

A Dante se le contrajeron las pupilas de golpe. Alzó los párpados y miró a Amelia.

—Ame… ¿tu flamante esposo se llama Adrián Guerrero?

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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