Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 8: La Lluvia de Fuego
Capítulo 12: La Lluvia de Fuego
A las nueve en punto de la noche, el cielo sobre el distrito industrial se tiñó del rojo chillón de las detonaciones. El convoy de asalto de Alexey Volkov, compuesto por seis vehículos blindados de transporte de personal y dos camiones modificados con lanzagranadas pesados, embestía las vallas perimetrales de la fortaleza del Sindicato del Norte.
El estruendo de los disparos de calibres pesados retumbaba contra las paredes de hormigón de los almacenes colindantes. Los mercenarios de Don Ernesto, tomados por sorpresa por la ferocidad del ataque frontal, volcaron sus reservas hacia el sector este del complejo, respondiendo al fuego con ametralladoras pesadas y lanzacohetes.
En medio del caos de humo, fuego y ráfagas trazadoras, Alexey avanzaba en la vanguardia de sus hombres. Portaba un fusil de asalto pesado en la mano derecha y una escopeta de combate en la izquierda, disparando con una precisión mortífera mientras guiaba a sus tropas a través del patio envuelto en llamas. Su figura gigantesca, manchada de hollín y sangre enemiga, parecía una fuerza imparable de la naturaleza.
—¡Mantengan la presión en la puerta tres! —rugió Alexey por el canal táctico de radio mientras volaba las bisagras de una posición defensiva enemiga con un cartucho de escopeta—. ¡No dejen que replieguen sus unidades pesadas!
Mientras la batalla campal destruía el nivel exterior, en el subsuelo del sector oeste la atmósfera era de un silencio sepulcral.
Victoria se encontraba en el túnel de mantenimiento que conducía al conducto de ventilación principal del búnker. A su alrededor, la oscuridad era casi absoluta, interrumpida únicamente por los destellos de luz dorada que surgían de sus propias manos. La rejilla de acero reforzado que bloqueaba el paso, diseñada para resistir impactos de carga hueca, temblaba bajo la presión de la magia antigua.
La Reina apretó los dientes, canalizando la energía de sus canales vasculares recién abiertos. La sangre que goteaba de un pequeño corte en su muñeca izquierda flotaba en el aire, condensándose en una sierra circular de materia roja hiperdensa que giraba a miles de revoluciones por minuto. Con un chasquido agudo que cortó la penumbra, la sierra de sangre atravesó el acero de diez centímetros de grosor como si fuera mantequilla tibia.
La rejilla cayó al suelo de cemento sin hacer ruido. Victoria se deslizó por la abertura con la agilidad de una sombra.
El interior del nivel ejecutivo del búnker estaba alfombrado en tonos granate y decorado con obras de arte robadas. Los pocos guardias personales de Ernesto que custodiaban los pasillos no escucharon sus pasos. Victoria se movía con una rapidez sobrenatural: un tajo certero en la yugular con su daga, una ráfaga de presión mental que quebraba la espina dorsal del siguiente, y un disparo a quemarropa a través del silenciador de la pistola que le arrebató a un oficial.
En menos de seis minutos, el pasillo de acceso a la oficina del capo del Sindicato estaba despejado. Victoria se detuvo ante la puerta de caoba blindada, limpiando el filo de su daga en el uniforme de un caído.
—Tu turno de cumplir, bárbaro —murmuró para sí misma, mirando el cronómetro de su muñeca.
Justo en ese segundo, la pared lateral de la estancia saltó por los aires en una nube de escombros y polvo de yeso. De entre las ruinas de la mampostería emergió Alexey, cubierto de polvo, con la ropa rasgada y el rostro ensangrentado por metralla menor, pero con una sonrisa salvaje que dejaba ver sus dientes blancos.
—Llegas dos segundos tarde, preciosa —dijo Alexey, escupiendo un hilo de sangre y sacudiéndose el polvo del hombro—. El patio exterior es historia.
—Calculé el tiempo para que tu entrada fuera lo suficientemente dramática para tu ego —replicó Victoria, acomodándose el cabello sin mostrar la menor sorpresa por su repentina aparición—. La presa está al otro lado de esta puerta.
Alexey se acercó a ella, apoyando el cañón de su fusil caliente sobre la madera noble. Se miraron en medio de la penumbra del pasillo destruido, sintiendo la adrenalina de la matanza compartida latiéndoles en las sienes. El choque de sus miradas ya no era solo un desafío de poder; era la complicidad de dos monstruos que habían encontrado en el otro a su único igual.