Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 22. UN DOCUMENTO EN LA CARA
El papeleo en el registro civil de Westminster se resolvió en un suspiro de formalidades frías. Gracias a la influencia legal de nuestra firma y a los documentos de urgencia que María había preparado, salimos de allí antes de las doce del mediodía con un folio timbrado que lucía el escudo del Reino Unido. Un trozo de papel oficial que certificaba que el ciudadano suizo Óscar Alexander y yo éramos, ante la ley británica, marido y mujer.
Mientras bajábamos las escaleras del registro bajo un diluvio que azotaba con fuerza las calles de Londres, miré de reojo al hombre que caminaba a mi lado. Alexander —el nombre al que tenía que acostumbrarme— sostenía un enorme paraguas negro sobre mi cabeza con total naturalidad, inclinándolo hacia mi lado para evitar que las gotas arruinaran mi traje de sastre, sin importarle que su propio hombro se empapara en el proceso. Su presencia física seguía resultándome abrumadora. Cada uno de sus movimientos destilaba una caballerosidad y una firmeza que me desconcertaban por completo. No hablaba demasiado, pero la seguridad que transmitía me impedía desmoronarme.
—El coche está esperando, Natalia —dijo con esa voz grave y profunda, abriéndome la puerta de un vehículo negro con cristales tintados que Thomas había alquilado para él—. Es hora de ir a Heathrow. El ultimátum de tu padre expira a la una, y sus abogados ya deben de estar revisando la documentación de vuelo.
—¿Estás seguro de querer hacer esto, Alexander? —le pregunté antes de subir, mirándolo fijamente a esos ojos oscuros que me resultaban extrañamente magnéticos—. En cuanto Arthur vea este papel, te pondrás en su punto de mira. Mi padre es un tiburón. No dudará en investigarte, en buscar tu pasado y en intentar destruirte si descubre que te has interpuesto en sus negocios.
Óscar esbozó una sonrisa sutil, casi invisible, una mueca de absoluta determinación que le iluminó las facciones. Por dentro, el corazón le latía a mil por hora de pura emoción; estar cumpliendo su promesa, aunque fuera bajo el nombre de Alexander, le daba una fuerza mitológica.
—Que lo intente, Natalia —respondió él, cerrando el paraguas y subiéndose al coche a mi lado—. Tu hermano Thomas y yo llevamos años preparándonos para lidiar con hombres como tu padre. No le tengo miedo a Arthur. Hoy vas a ser libre, te lo aseguro.
El trayecto hacia el aeropuerto de Heathrow se me hizo eterno. El limpiaparabrisas rascaba el cristal con fuerza mientras el tráfico de Londres avanzaba con lentitud. María iba en el asiento del copiloto, revisando los últimos resquicios legales en su tableta, asegurándose de que el acta matrimonial fuera completamente impermeable a cualquier impugnación suiza. Yo mantenía los dedos entrelazados en el regazo, tocando inconscientemente la alianza de oro liso que nos habíamos visto obligados a ponernos en el registro para dar credibilidad a la farsa.
A las doce y cuarenta y cinco, el coche se detuvo frente a la terminal de aviación privada de Heathrow. El ambiente allí era el colmo del lujo y la exclusividad: sofás de cuero, suelos de moqueta gruesa y un silencio sepulcral roto solo por el murmullo de los hombres de negocios.
Al fondo de la sala vip, sentado en un sillón individual con las piernas cruzadas y tomando un café expreso, estaba mi padre. Arthur lucía su habitual abrigo de lana negro y mantenía la vista fija en su reloj de oro. A su lado, su jefe de seguridad y dos abogados de Zúrich repasaban unas capitulaciones matrimoniales escritas con tinta de opresión.
Al vernos entrar, Arthur levantó la vista. Una sonrisa de triunfo y superioridad dibujó sus labios delgados. Creyó que mi presencia allí, a quince minutos de vencer el plazo, era la prueba de mi absoluta rendición.
—Puntual como siempre, Natalia —dijo mi padre, poniéndose de pie con parsimonia y ajustándose los puños de la camisa—. Me alegra ver que la madurez te ha devuelto el sentido común. Tus maletas ya pueden ser trasladadas al hangar. Firma estos documentos que han preparado mis asesores y subamos al avión. Tu prometido nos espera en Zúrich para la cena de compromiso. Ya has jugado bastante a ser la CEO de Londres.
María dio un paso al frente con una expresión de absoluta frialdad, pero fui yo quien se plantó justo delante de su escritorio improvisado. Sentí el calor de Alexander a mi espalda, una barrera física e inquebrantable que me dio el valor necesario para mirar al monstruo de mi infancia a los ojos sin parpadear.
—No voy a firmar nada, Arthur. Y no me voy a subir a ese avión —anuncié, y mi voz resonó con una fuerza nítida que congeló la sonrisa de mi padre.
—¿Estás desafiándome otra vez, mocosa? —escupió Arthur, y sus ojos grises se afilaron como cuchillos, desatando esa furia contenida que tantas veces me había hecho temblar—. Te di veinticuatro horas. Si no subes a ese avión, mañana por la mañana vuestro bufete estará en la quiebra absoluta. Hundiré vuestra reputación en la City antes de que termine la semana. No juegues conmigo.
En ese momento, tomé el documento oficial del registro civil de Westminster que llevaba en mi carpeta de cuero. Con un movimiento nítido, firme y cargado de un orgullo salvaje, se lo estampé directamente sobre la mesa, justo encima de sus capitulaciones matrimoniales de Zúrich.
—El único que está perdiendo el tiempo aquí eres tú, padre —le dije, arrastrando una frialdad matemática—. Ese papel que tienes delante es un acta de matrimonio civil legal y vigente bajo la legislación británica. Me he casado esta mañana.
Arthur parpadeó, descolocado por primera vez en su vida. Tomó el folio con manos firmes pero nerviosas, devorando las líneas con la mirada mientras sus abogados se abalanzaban sobre el documento para revisarlo. El rostro del magnate se mudó de color en un segundo, pasando de la arrogancia a una palidez lívida que delataba su absoluto shock.
—¿Qué es esto? —rugió Arthur, golpeando la mesa con el bastón—. ¡Esto es una farsa! ¡Una maldita puesta en escena para burlar mi autoridad! ¡Tú estás prometida desde que naciste!
—Ante los tribunales internacionales, tu contrato de conveniencia de hace diecisiete años se ha convertido en papel mojado —intervino María con una sonrisa triunfal—. Natalia es una mujer casada bajo el derecho civil británico. No existe ningún juez en Europa que pueda obligar a contraer matrimonio a alguien que ya está legalmente unida a otro ciudadano. Si activas tu boicot económico contra nuestra firma, presentaremos una demanda por acoso, extorsión y sabotaje comercial internacional, usando este matrimonio como la prueba de tu persecución personal. El juego se ha terminado, Arthur.
Mi padre levantó la vista del papel, con las venas del cuello hinchadas por una furia colosal que amenazaba con destruir la sala. Clavó sus ojos en el hombre imponente que permanecía a mi lado, inmóvil como una estatua de mármol.
—¿Y tú quién demonios eres? —exigió Arthur, señalando a Óscar con el dedo tembloroso—. ¿Un cazafortunas? ¿Un muerto de hambre al que mi hija ha pagado para hacer el ridículo?
Óscar dio un paso al frente, colocándose sutilmente delante de mí, cubriéndome con su impresionante anatomia. Miró al magnate con unos ojos oscuros que destilaban un desprecio gélido y una autoridad que impactó al propio Arthur.
—Me llamo Alexander, señor —respondió Óscar, y su voz profunda vibró con una firmeza que heló el ambiente—. Soy el socio de su hijo Thomas y el ingeniero jefe de nuestra propia firma naval. Y a partir de hoy, soy el esposo de Natalia. Le sugiero que guarde sus amenazas y sus contratos arcaicos en su maleta de piel y regrese a sus astilleros de Zúrich. Si intenta tocar este bufete o acercarse de nuevo a mi esposa, se enfrentará a mí. Y le aseguro que no soy un enemigo dócil. Vámonos, Natalia.
Óscar me tomó suavemente del brazo, un gesto firme pero lleno de una delicadeza extrema, y nos dimos la vuelta. Caminamos hacia la salida de la terminal de primera clase, dejando tras nosotros a mi padre destrozando los papeles de la mesa en un ataque de rabia ciega, chillando órdenes a sus abogados que ya no tenían ningún valor legal. Habíamos ganado la primera gran batalla en el mismo aeropuerto. El escudo de alianzas había funcionado a la perfección. Pero mientras subíamos al coche de vuelta a la ciudad, con el corazón todavía acelerado por la adrenalina, Alexander me miró de reojo. Sabía que Arthur no aceptaría la derrota tan fácilmente y que activaría a sus espías en Londres de inmediato para vigilarnos. La farsa legal había terminado con éxito, pero la verdadera prueba, la convivencia forzada dentro de mi ático de lujo, estaba a punto de comenzar.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️