Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 3: Un trabajo imposible
Clarisa llegó a la universidad mucho antes de que comenzaran las clases.
Había pasado buena parte de la noche revisando ofertas de empleo.
Una tras otra.
Asistente administrativa. Recepcionista. Auxiliar contable. Secretaria.
Había enviado su hoja de vida a más de quince empresas durante las últimas semanas.
Y todas habían terminado de la misma manera.
Rechazada.
Lo más extraño era que algunas empresas ni siquiera habían llegado a entrevistarla.
—Algo no está bien —murmuró mientras caminaba por el pasillo.
—¿Hablando sola?
Clarisa se giró.
Era Valentina.
—Estoy tratando de entender por qué nadie quiere contratarme.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Valentina tomó el teléfono de Clarisa y revisó algunos de los correos.
—Tienes buenas notas, experiencia en prácticas universitarias y referencias.
—Pero ninguna experiencia laboral formal.
—Eso no explica tantos rechazos.
Clarisa guardó silencio.
Era exactamente lo que pensaba.
—Ayer un chico me ofreció trabajo.
—¿Quién?
—Mauricio Valdés.
Valentina hizo una mueca.
—¿Y qué quería?
—Una cena.
—Entonces no era un trabajo.
Clarisa soltó una pequeña risa.
—Exactamente.
Caminaron juntas hacia el salón.
—No te preocupes —dijo Valentina—. Encontraremos algo.
Clarisa sonrió.
—Gracias.
Pero ambas ignoraban que, en ese momento, alguien ya estaba tomando una decisión sobre el futuro de Clarisa.
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En las oficinas centrales de Flores Group, Samuel observaba una pantalla llena de información.
—Repítelo —ordenó.
Su asistente, Andrés, dejó una carpeta sobre el escritorio.
—La instrucción para no contratar a Clarisa Hernández salió de una empresa de selección externa.
—¿Quién autorizó la solicitud?
Andrés dudó.
—Ahí está el problema.
Samuel levantó la mirada.
—Habla.
—La solicitud fue realizada utilizando información interna de Flores Group.
Samuel se puso de pie.
—¿Alguien de mi empresa está interviniendo en su búsqueda de empleo?
—Eso parece.
Samuel caminó hasta la ventana.
Desde aquel lugar podía observar parte de la ciudad.
—Quiero saber quién.
—Ya estamos investigándolo.
Samuel permaneció pensativo.
No entendía por qué alguien se tomaría tantas molestias para perjudicar a una estudiante.
Y, aunque no quería admitirlo, había otra pregunta que comenzaba a molestarlo.
¿Por qué le importaba tanto?
Había conocido a Clarisa apenas una noche.
No tenía ninguna obligación con ella.
Sin embargo, no podía olvidar la expresión de frustración que había visto en sus ojos.
—Andrés.
—¿Sí?
—Consigue su hoja de vida.
—¿La de Clarisa?
Samuel lo miró seriamente.
—Sí.
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Mientras tanto, Clarisa entró a su clase.
El profesor comenzó a explicar el proyecto final del semestre.
Los estudiantes debían desarrollar una propuesta empresarial.
Clarisa tomó apuntes rápidamente.
Era una de las materias que más disfrutaba.
Durante la clase, el profesor hizo una pregunta.
—¿Qué consideran más importante para que una empresa tenga éxito?
Varias manos se levantaron.
Algunos hablaron de capital.
Otros, de tecnología.
Clarisa levantó la mano.
—El talento de las personas.
El profesor sonrió.
—Explique.
Clarisa se puso de pie.
—Una empresa puede tener dinero, tecnología y excelentes instalaciones, pero si no sabe valorar a las personas que trabajan allí, tarde o temprano tendrá problemas.
El salón quedó en silencio.
—El talento humano no debería verse solamente como un recurso —continuó—. Son personas con capacidades, necesidades y objetivos. Si una empresa consigue que sus trabajadores crezcan junto con ella, también crece la organización.
El profesor asintió satisfecho.
—Excelente respuesta, señorita Hernández.
Clarisa se sentó.
Desde el fondo del salón, Mauricio la observaba.
Esta vez no parecía burlarse.
Parecía interesado.
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Al terminar las clases, Clarisa recibió una llamada.
—¿Señorita Hernández?
—Sí.
—La llamamos de la empresa Martínez & Asociados. Recibimos su hoja de vida.
Clarisa se quedó inmóvil.
—¿En serio?
—Sí. Queremos invitarla a una entrevista mañana.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¡Claro! Muchas gracias.
Anotó la dirección y la hora.
Cuando terminó la llamada, sonrió.
Por fin.
Una oportunidad.
No importaba que fuera una empresa pequeña.
No importaba que el salario no fuera extraordinario.
Solo necesitaba que alguien le diera una oportunidad.
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Al día siguiente, Clarisa llegó a la entrevista con veinte minutos de anticipación.
Había preparado cuidadosamente sus respuestas.
Llevaba una carpeta con sus certificados y una copia de su hoja de vida.
Se sentó en la recepción.
—¿Clarisa Hernández?
—Sí.
La recepcionista la miró con cierta incomodidad.
—Espere un momento.
Pasaron diez minutos.
Después veinte.
Finalmente, la mujer regresó.
—Lo siento.
Clarisa se levantó.
—¿Ocurrió algo?
—El proceso fue cancelado.
Clarisa quedó confundida.
—¿Cancelado?
—Sí.
—Pero recibí una llamada ayer.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué...?
La recepcionista bajó la voz.
—No puedo darle más información.
Clarisa salió del edificio con la garganta cerrada.
Apenas llegó a la acera, sacó el teléfono.
No quería llorar.
No allí.
No otra vez.
Miró el cielo y respiró profundamente.
—¿Qué estoy haciendo mal?
—Nada.
Clarisa escuchó una voz detrás de ella.
Se giró.
Samuel estaba allí.
Traje oscuro.
Expresión seria.
Y aquella mirada que parecía descubrir mucho más de lo que decía.
—¿Tú?
Samuel la observó.
—¿Qué ocurrió?
Clarisa negó con la cabeza.
—Nada.
—No parece nada.
—Cancelaron mi entrevista.
Samuel guardó silencio.
—¿Otra vez?
Clarisa lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes que no es la primera vez?
Samuel comprendió inmediatamente que había hablado demasiado.
—Lo supuse.
Clarisa entrecerró los ojos.
—¿Quién eres realmente?
Samuel sostuvo su mirada.
—Alguien que puede ayudarte.
—No necesito que nadie me ayude.
—Quizás no.
—Entonces, ¿por qué sigues apareciendo?
Por primera vez, Samuel no tuvo una respuesta inmediata.
Clarisa tomó su bolso.
—Tengo que irme.
Cuando pasó junto a él, Samuel habló.
—Clarisa.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—Si quieres un trabajo, puedo conseguirte uno.
Clarisa lo miró durante unos segundos.
—¿Y qué tendría que hacer a cambio?
Samuel frunció ligeramente el ceño.
—Trabajar.
—¿Nada más?
—Nada más.
Clarisa no parecía convencida.
—¿Dónde?
Samuel sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó.
Clarisa la tomó.
Sus ojos recorrieron las letras.
SAMUEL FLORES
PRESIDENTE EJECUTIVO — FLORES GROUP
El rostro de Clarisa cambió.
—Tú eres...
—Sí.
—El dueño de Flores Group.
Samuel asintió.
Clarisa recordó todas las veces que había visto ese apellido en revistas, periódicos y noticias empresariales.
—¿Por qué quieres ayudarme?
Samuel la miró fijamente.
—Porque creo que alguien está impidiendo que consigas trabajo.
Clarisa sintió un escalofrío.
—¿Qué?
—Y pienso descubrir quién.
Ella apretó la tarjeta entre los dedos.
Por primera vez, comprendió que sus rechazos quizá no eran casualidad.
Alguien estaba detrás de todo.
Pero la pregunta más inquietante era otra:
¿Por qué un hombre como Samuel Flores estaba dispuesto a involucrarse en su vida?
Clarisa todavía no podía imaginar que la respuesta cambiaría para siempre su destino.