NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 4
...JULIETA ÁLVAREZ...
Cinco días.
Cinco días en los que el silencio entre Alejandro y yo continuó siendo una muralla impecable, interrumpida solo por el tono formal con el que corregía mis entregas. Pero algo pequeño había cambiado de mi lado.
Quizá por culpa, por agradecimiento o simplemente porque no sabía cómo más procesar la forma en que me ayudó esa noche, empecé a dejarle algo de comer en la esquina de su escritorio cada mañana.
La primera vez me miró como si le estuviera entregando un paquete sospechoso y rechazó los sándwiches con un tajante
«No es necesario, señorita Álvarez».
Pero fui persistente. Para el tercer día, después de explicarle que no tenían veneno y que solo era una muestra de cortesía, Alejandro dejó de protestar.
Hoy, cuando puse un par de galletas de avena y nuez sobre su mesa, solo levantó la vista dos segundos, me sostuvo la mirada con la distancia de siempre y soltó una palabra seca:
—Gracias.
Fue todo.
Y aun así, sentí una pequeña victoria.
Regresé a mi cubículo a las diez de la mañana con el ánimo un poco más ligero, dispuesta a concentrarme en la maquetación. Dejé mi teléfono dentro del cajón; no había vuelto a saber de Roberto desde aquella noche, y aunque el dolor seguía ahí, la sensación de no estar escondiéndome me daba cierto aire para respirar.
Hasta que las puertas de cristal de la recepción se abrieron de golpe.
—¡¿Dónde está la trepadora de Julieta Álvarez?! —retumbó una voz femenina, aguda y fuera de sí, rompiendo el murmullo habitual del departamento de edición.
Me congelé en mi silla.
Una mujer impecablemente vestida con un traje sastre claro, tacones altos y el cabello peinado con ondas perfectas, avanzaba a pasos agigantados por el pasillo central.
Venía hecha un mar de furia, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas de rabia arruinándole el maquillaje.
La reconocí al instante. Era la mujer de las fotos. La de la pantalla del celular de Roberto.
Sofía.
—¿Quién de ustedes es Julieta Álvarez? —exigió de nuevo, mirando a todos los cubículos con desprecio y temblando de rabia—. ¡Da la cara, zorra!
Los redactores y editores comenzaron a asomar la cabeza por encima de las divisiones. El ambiente se volvió pesado en cuestión de segundos.
La mirada de Sofía se clavó directamente en mí al ver cómo me me ponía de pie, pálida y paralizada.
—Tú —dijo, dando tres pasos firmes hasta quedar frente a mi escritorio.
—Señora... por favor, este es un lugar de trabajo —logré articular, con las piernas temblándome como hojas al viento.
—¡No me dirijas la palabra, cínica! —chilló Sofía, arrojando una pila de capturas impresas directamente a mi cara. Las hojas cayeron sobre mi escritorio y el piso—. ¡Te descubrí! ¡Revisé el teléfono de mi esposo y me di cuenta de la clase de trepadora que eres! ¡Llevas años arrastrándote detrás de él, buscándolo como una regalada para arruinarme la familia!
El murmullo de la oficina se apagó por completo. Sentí cómo todos los pares de ojos del departamento de edición se clavaban en mi espalda.
La vergüenza me quemó el rostro de un solo golpe.
Daniela salió de su cubículo de inmediato y se puso a mi lado, alzando la mano para frenarla.
—Señora, cálmese y retírese de aquí ahora mismo —intervino Daniela con tono firme—. Esta es una empresa seria y no le vamos a permitir que venga a hacer un espectáculo.
—¡Tú no te metas! —le gritó Sofía, empujando ligeramente a Daniela con el hombro y volviendo a encararme a mí con una mirada de asco—Mírate nada más... Es que de verdad no entiendo qué carajos estaba pensando Roberto. ¿Meterse con esta gorda? ¡Mírate el cuerpo que tienes! Eres una insólita, no eres más que la sobra con la que él jugaba cuando se aburría de su vida perfecta. ¿Pensaste que te iba a preferir a ti? ¡Jamás te daría el lugar de esposa con ese aspecto!
Cada palabra se me clavó como un puñal incandescente. La humillación pública me sofocó al punto de no poder respirar; las lágrimas de rabia y dolor me nublaron la vista mientras me quedaba petrificada, abrazándome la cintura. Uno de los editores al fondo tomó rápidamente el teléfono fijo para llamar a seguridad.
—¡Eres una arrastrada patética! —gritó Sofía fuera de control.
Llevada por la histeria, alzó la mano y se abalanzó contra mí para empujarme. Cerré los ojos esperando el impacto, pero el golpe nunca llegó.
Una mano grande, de agarre firme y seco, interceptó el brazo de Sofía en el aire, frenándola a centímetros de mi rostro.
Alejandro Santana se había colocado entre las dos. Su figura imponente cubría casi todo mi campo de visión.
Sofía intentó zafarse con rabia, pero la fuerza de Alejandro no cedió un solo milímetro. Él sostenía su muñeca con firmeza, manteniendo el rostro absolutamente impasible.
—Suéltame, ¿quién te crees que eres? —chilló ella, encarándolo.
—Por favor, retírese de estas instalaciones —dijo Alejandro.—. Y si tiene algo que reclamar, vaya y hágalo con su marido en su casa. No aquí.
Sofía se le quedó mirando, descolocada por la frialdad inhumana de Alejandro y la firmeza con la que la sujetaba.
En ese momento, dos guardias de seguridad entraron corriendo por las puertas de cristal.
—Señora, tiene que acompañarnos —ordenó uno de los guardias, tomándola del otro brazo mientras Alejandro la liberaba con desdén.
—¡Esto no se queda así, zorra! —gritó Sofía mientras los guardias la arrastraban hacia la salida, forcejeando y llorando de rabia—. ¡Te vas a arrepentir!
Las puertas de cristal se cerraron tras ella.
Me quedé de pie junto al escritorio, congelada, sintiendo la mirada inquisidora de toda la oficina clavada en mi espalda. Sentí que el aire me faltaba y que en cualquier momento me iría de cabeza al suelo.
Los murmullos empezaban a filtrarse como un zumbido insoportable entre las hileras de cubículos.
—¡Álvarez! ¡A mi oficina! —la voz del señor Gómez resonó desde la puerta de cristal, dura y furiosa.
Tragué saliva.
Las piernas me temblaban tanto que sentí que me desplomaría en cualquier momento. Miré de reojo a Alejandro, pero él ya le había dado la espalda a la escena, caminando hacia su lugar con la misma compostura impecable de siempre.
Caminé hacia la oficina del jefe sintiendo que iba directo al matadero. En cuanto cerré la puerta tras de mí, el señor Gómez descargó su puño sobre el escritorio.
—¡Esto es inaceptable, Julieta! —exclamó con el rostro rojo de ira—. ¡Esta es una editorial de prestigio, no un set de televisión para dramas pasionales! ¡Que venga una desconocida a gritar obscenidades y armar un escándalo en medio del área de corrección es una falta de respeto para toda la empresa!
—Señor Gómez, le juro que yo no esperaba que ella...
—¡No me interesan sus asuntos personales! —me interrumpió de golpe, alzando una mano—. Bastante tuve con el error de maquetación de ayer para que hoy me traiga este circo a la oficina. Los clientes están pasando por el pasillo, los editores no están trabajando... ¡Es una vergüenza!
Agaché la cabeza. Las lágrimas que había estado reteniendo amenazaban con salir, pero me morder el labio con fuerza para no darle el gusto de verme llorar.
—Si no fuera porque estamos retrasados con las entregas de fin de mes, la suspendería hoy mismo —continuó, bajando un poco el tono pero manteniendo el filo en las palabras—. Le voy a dar una sola advertencia, Álvarez. Resuelva sus líos afuera. Si esa mujer o cualquier otra persona vuelve a poner un pie aquí por su culpa, está despedida. ¿Quedó claro?
—Sí, señor Gómez. Claro —murmuré con el hilo de voz que me quedaba.
—Retírese a trabajar. Y limpie el desastre que quedó en su pasillo.
Salí de la oficina con la dignidad hecha pedazos y la vista nublada. Caminé con la cabeza gacha hacia mi cubículo, preparada para recoger las hojas impresas que Sofía había dejado tirados por el piso frente a las miradas juzgadoras de mis compañeros.
Pero cuando llegué a mi área, me detuve en seco.
No había un solo papel en el suelo.
Sorprendida, me giré despacio hacia el fondo del pasillo.
Alejandro estaba de pie junto al bote de basura principal, tirando el desastre que Sofía había dejado después del escándalo.
Había hojas arrugadas por todas partes, algunas completamente rasgadas y otras manchadas con café. Varias habían terminado debajo de los escritorios cuando Sofía, fuera de sí, había decidido descargar toda su rabia contra cualquier cosa que encontrara a su paso.
Alejandro no había dicho una sola palabra.
Simplemente se había puesto a recoger.
Tomó las hojas que todavía podían salvarse y las pasó cuidadosamente por la fotocopiadora para sacar nuevas copias.
Las que estaban demasiado dañadas terminaron en el bote de basura.
Cuando terminó, se limpió las manos con un pañuelo, se acomodó los puños de la camisa y caminó de regreso a su escritorio.
Yo permanecía sentada, todavía intentando procesar todo lo que acababa de ocurrir.
Entonces lo vi.
Sobre mi escritorio había un pequeño jugo de uva.
Mi favorito.
Fruncí el ceño.
Miré la botella.
Después miré a Alejandro.
Él ya estaba revisando unos documentos como si aquello no tuviera absolutamente nada que ver con él.
—¿Esto…?
No terminé la pregunta.
Alejandro levantó la mirada desde el otro extremo de la oficina. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos.
No había lástima en ellos.
Ni curiosidad.
Ni una sola muestra de afecto.
Solo esa expresión seria y distante que parecía llevar puesta todos los días.
—Señorita Álvarez —dijo con su habitual tono grave y formal—. El informe de maquetación del capítulo cinco requiere su firma.
Hizo una breve pausa.
—Por favor, no se demore—continuó Volviendo a sus documentos.
Miré nuevamente el juguito.
Era absurdo.
Probablemente alguien lo había dejado ahí por casualidad.
Sí.
Eso tenía que ser.
Porque Alejandro Santana jamás se acordaría, ni sabría de lo que me gustaba.
¿Verdad?
🪱🪱🪱🪱🪱🪱🪱🪱