Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.
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Capítulo 19
Capítulo 18. ¿Te gusta Salazar y quieres cambiar de marido?
—Disculpe…
Lucía habló por instinto y solo entonces recordó quién era el hombre a su lado. No levantó la cabeza. Se limitó a apartarse un poco, con el ceño fruncido.
Estaba casi segura de que Alejandro había tirado de ella, pero no entendía por qué. Daba igual. No quería saberlo ni volver a alimentar la ilusión de que él pudiera sentir algo por ella.
Al llegar al último piso, todos salieron del ascensor. Lucía siguió a Diego sin mirar siquiera al hombre que tenía al lado.
Los lugares del amplio salón estaban asignados. A Lucía le tocó sentarse junto a Diego, mientras que Valeria quedó al lado de Alejandro. Aunque él no pertenecía al ámbito médico, podía asistir gracias a los equipos que había donado al hospital. Si lo deseaba, las figuras más importantes del mundo académico y de la medicina estaban dispuestas a enviarle una invitación.
Valeria miró hacia el lugar de Lucía. Al verla conversar en voz baja con Diego, un destello frío le cruzó los ojos.
—Alejandro, ¿no te parece que la doctora Morales y el señor Salazar hacen muy buena pareja?
Lo observó mientras hablaba, sin dejar de tantearlo. Él deslizaba el dedo por la pantalla del teléfono, distraído.
—Lucía no está a su altura.
No estaba a su altura… Pese a la respuesta, Valeria seguía intranquila.
Lucía había intercambiado unas palabras con Diego cuando su teléfono vibró. Al ver de quién era el mensaje, se quedó inmóvil.
Alejandro.
«¿Te gusta Diego Salazar? ¿Quieres cambiar de marido y convertirte en la señora Salazar?».
Lucía miró la pantalla y se mordió el labio. ¿Se estaba burlando de ella? ¿O…? Un momento. Alejandro nunca le escribía por cosas tan pequeñas. Aunque a ella le interesara otro hombre, ¿a él le importaría?
Pero aquellas palabras sonaban a celos. ¿Celos? ¿Era posible? ¿Él?
Levantó la vista hacia su asiento y solo vio que Alejandro le apartaba el cabello a Valeria. Ella le decía algo, sonriendo radiante, y lo miraba con una intensidad llena de insinuaciones. Él no la esquivaba.
Parecían una pareja recién enamorada, absorta en sus muestras de afecto.
A Lucía le volvió a doler el corazón al verlos y acabó apartando los ojos. Diego advirtió algo, la miró a ella y después a Alejandro, y entrecerró los párpados.
Aquello se ponía interesante.
Lucía no respondió al mensaje. Durante el receso del congreso fue al baño.
—Doctora Morales.
Valeria se colocó a su lado y sacó el labial para retocarse.
—No sé por qué, pero tengo la impresión de que usted y Alejandro se conocen muy bien. ¿No será que no me lo dice para que no me preocupe?
Lo planteó medio en broma, pero Lucía captó la intención. Soltó una risa sin cambiar de expresión.
—Se preocupa de más, señorita Ortega. Si el señor Valdés la trata con tanta sinceridad, ¿por qué habría de dudar de sus sentimientos?
El rostro de Valeria se tensó. No se atrevió a reaccionar de forma demasiado extraña. Sí, Alejandro la trataba bien por fuera, pero en realidad no dejaba de mantener la distancia. ¡Le aterraba que un día se le agotara la culpa y ella se quedara sin la menor oportunidad!
Se obligó a conservar la calma.
—¿Cómo voy a dudar de él? Me trata muy bien. Aunque fui yo quien lo dejó, nunca ha podido olvidarme. No sabe lo feliz que ha estado estos días, viviendo en mi casa y acompañándonos a Nico y a mí.
Volvió a hablar:
—Ah, por cierto. Aunque parezca frío con las mujeres, en la intimidad tiene un deseo tremendo. Si no fuera porque toma en cuenta lo que yo siento, no podría seguirle el ritmo…
Lo dijo con un aire lánguido y seductor, como si acabara de tener intimidad. Lucía se quedó paralizada, incapaz de hablar durante un instante. Su rostro, reflejado en el espejo, había perdido todo color.
—Doctora Morales, ¿se encuentra bien?
Valeria se acercó con la intención de sostenerla y, al mismo tiempo, deslizó una pulsera en el bolso de Lucía. Había dicho todo aquello para observar su reacción. Ahora estaba casi segura de que entre Lucía y Alejandro sí había algo.
¡No permitiría que ninguna otra mujer consiguiera lo que ella quería!
Lucía reaccionó y apartó la mano de Valeria con aparente serenidad.
—No pasa nada. Solo recordé otro asunto.
Entró en uno de los cubículos. Tenía la mente en blanco y un zumbido en la cabeza. Ya había supuesto que acabarían acostándose, pero imaginárselo nunca era tan cruel como escucharlo de boca de otra persona.
En la intimidad, él jamás había tenido en cuenta lo que sentía Lucía. Antes lo amaba y cedía a lo que él quería. Aunque al principio la experiencia había sido mala y cada vez le dolía, ella siempre encontraba la manera de engañarse.
Quizá el hecho de que quisiera tocarla significaba que sentía algo por ella.
Ahora que veía las cosas con claridad, ya no pensaba así. El cuerpo y el corazón de un hombre, el sexo y el amor, podían ir por caminos distintos. Para él, ella no había sido tanto una esposa como un objeto para desahogarse sexualmente.
Qué tonta había sido…