«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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El registro de los ausentes
La respuesta llegó tres días después.
Seraphine estaba en la biblioteca de la universidad, comparando las referencias del índice con las notas de Lucien, cuando su teléfono vibró sobre la mesa.
Al ver el nombre de Eveline en la pantalla, contestó de inmediato.
—Dime que lo encontraste.
—Buenos días para ti también.
—Eveline.
—Sí, lo encontramos.
Seraphine se apoyó en la silla.
—¿El registro de recepción?
—Eso parece. Lucien localizó un libro de ingresos correspondiente a una clasificación antigua. Hay una referencia que coincide con el número parcial de la ficha.
Seraphine cerró los ojos un instante.
No era una respuesta, pero por fin tenían un documento concreto que consultar.
—¿Cuándo podremos verlo?
—Esta tarde. Lucien debe estar presente durante la consulta y todavía tienen que confirmar qué páginas podemos fotografiar.
—No me importa si tenemos que leerlo con una lupa.
—Eso mismo dije yo. Lucien no parecía compartir mi entusiasmo.
Seraphine sonríe.
—Nos vemos allí.
Colgó y abrió su archivo de investigación. Añadió una nueva entrada sin modificar las anteriores.
Se ha localizado un posible registro de recepción relacionado con la referencia manuscrita del índice. La coincidencia deberá verificarse mediante consulta directa.
Guardó el documento y abrió la conversación con Kaelith.
Seraphine: Tenemos novedades.
La respuesta llegó poco después.
Kaelith: ¿Buenas o de las que terminan con alguien atravesando una pared?
Seraphine: Todavía no lo sé.
Kaelith: Entonces procuraré mantener las paredes intactas.
Seraphine soltó una risa y guardó el teléfono.
Por primera vez en varios días, estaba deseando que llegara la tarde.
El libro de ingresos era más pequeño de lo que Seraphine había imaginado.
Tenía las cubiertas de cuero oscurecidas por el tiempo y varias etiquetas antiguas pegadas en el lomo. Lucien lo colocó sobre una mesa de consulta y abrió el volumen por la página señalada en la referencia.
Eveline se inclinó hacia delante.
Seraphine se acercó a su silla.
Las primeras líneas contienen fechas, números de clasificación y descripciones breves de materiales recibidos. Algunas entradas estaban acompañadas por firmas; otras, por iniciales difíciles de distinguir.
Nada extraordinario.
Hasta que Lucien encontró el número que buscaban.
—Aquí está.
Seraphine contuvo el aliento.
La entrada describe la recepción de un conjunto documental procedente de una colección privada. La fecha era antigua, aunque no lo suficiente para vincularla directamente con los acontecimientos de tres mil años atrás. No había nombres completos, solo una referencia administrativa y una anotación marginal.
Lucien leyó en voz alta:
—«Recepción provisional. Procedimiento pendiente de verificación. No incorporar al catálogo general hasta completar la revisión».
Eveline frunció el ceño.
— ¿Eso significa que nunca llegó a catalogarse?
—Significa que la recepción quedó registrada como provisional —respondió Lucien—. No demuestra qué ocurrió después.
Seraphine examinó el margen.
Había una segunda anotación, escrita con tinta más oscura.
Consultar al solicitante original.
Debajo, alguien había añadido una fecha, pero faltaban los últimos dígitos.
¿Tenemos el nombre del solicitante? —preguntó.
Lucien revisó la columna correspondiente.
—No aparece en esta página.
—¿Y en la siguiente?
Pasaron la hoja. La entrada posterior describía otro conjunto de documentos, pero no había ninguna referencia que permitiera establecer que se tratara de la misma colección.
Eveline dejó escapar un suspiro.
—Por supuesto. Porque sería demasiado fácil.
Lucien no sonrió.
—No confundamos una coincidencia de clasificación con una continuidad documental. Necesitamos encontrar el expediente que explica esta recepción.
Seraphine volvió a mirar la anotación marginal.
Consultar al solicitante original.
Alguien había querido volver a consultar a una persona cuya identidad no aparecía en aquella página.
Pero eso no significaba que se tratara del testigo mencionado en el otro índice. Tampoco demostró que el conjunto documental contuviera el cuarto volumen o que tuviera relación con el juramento.
Seraphine marcó las limitaciones junto a la transcripción.
— ¿Podemos solicitar el expediente asociado a esta entrada?
Lucien cerró parcialmente el libro.
—Podemos pedir que revisen si existe. No puedo prometer que se conserve ni que tengamos acceso inmediato.
Eveline se recostó en la silla.
—Empiezo a pensar que la universidad guarda los documentos en una dimensión paralela.
—Si la encontráis, recordad solicitar autorización antes de entrar —replicó Lucien.
Seraphine rio, pero su atención seguía en la página.
Habían encontrado una recepción provisional y una referencia a un solicitante sin identificar.
No era la respuesta que buscaban.
Era un nuevo punto de partida, respaldado por un registro que podía citar y cuya procedencia podía rastrear.
—Solicitemos el expediente —dijo Seraphine—. Y pidamos que revisen las entradas anteriores y posteriores a esta. Quiero saber si la recepción tuvo alguna continuación.
Lucien.
—Eso sí podemos hacerlo.
En Nocthar, la séptima llama se había reducido hasta convertirse en una lengua dorada, pequeña y temblorosa.
Kaelith la observaba desde el salón privado donde había recibido la comunicación de Aurelian.
No sabía cuánto tiempo quedaba. Tampoco sabía si la llama representaba una fecha, una advertencia o una condición impuesta por el propio juez celestial.
Lo único que sabía era que Aurelian esperaba una respuesta.
Y que el silencio también podía interpretarse como una decisión.
Darius entró con un informe en las manos.
—He recibido noticias de los archivos secundarios.
Kaelith apartó la mirada de la llama.
—¿Encontraste algo?
—Una referencia a un conjunto documental recibido provisionalmente. La entrada no identifica al solicitante ni establece el destino final de los materiales.
Kaelith afirmó la mano.
Darius le entregó el informe.
La descripción era escueta: una recepción provisional, un procedimiento pendiente de verificación y una instrucción para consultar al solicitante original.
Kaelith leyó la página dos veces.
—¿De dónde procede el registro?
—De un inventario infernal antiguo. No puedo asegurar que tenga relación con la colección Ardent ni con los documentos que buscamos en la capilla.
—¿Hay algún nombre?
—No en el registro que encontré. Estoy intentando localizar el expediente asociado, si es que todavía existe.
Kaelith dejó el informe sobre la mesa.
—Continúa. Pero mantenga esta referencia separada de los demás.
—Así lo haré.
Darius miró brevemente la séptima llama.
—¿Aurelian volvió a comunicarse contigo?
-No.
—¿Crees que cumplirá su amenaza?
Kaelith permaneció en silencio.
Recordó la voz del juez, su insistencia en que ciertas verdades no debían regresar y la manera en que había evitado explicar qué ocurriría cuando terminara el plazo.
—Creo que pretendo obligarme a tomar una decisión sin conocer todas las consecuencias —respondió—. No pienso facilitarle esa tarea.
Darius ascendió, aunque no parecía convencido.
—¿Y si el plazo termina antes de que encontremos algo?
Kaelith miró la pequeña llama dorada.
—Entonces afrontaremos lo que ocurra. Pero no sacrificaré a Seraphine para demostrarle obediencia a alguien que se niega a explicar sus motivos.
La llama tembló.
Por un instante, Kaelith creyó distinguir una segunda luz detrás de ella.
Parpadeo.
La luz había desaparecido.
No hubo voz ni visión. Ningún recuerdo acudió a su mente. Solo quedó una sensación desagradable, demasiado breve para interpretarla.
Kaelith apartó la mirada.
No iba a convertir un destello en una señal solo porque necesitaba respuestas.
—Quiero un informe de cualquier movimiento celestial cerca de nuestros límites —ordenó—. Sin provocaciones ni represalias. Solo información verificable.
—Entendido.
Cuando Darius se retiró, Kaelith volvió a mirar la llama.
Por primera vez, no se preguntó únicamente qué haría Aurelian cuando se extinguiera.
Se preguntó qué esperaba que hiciera él.
Seraphine encontró a Kaelith al anochecer.
Esta vez, él había anunciado su llegada mediante un mensaje.
Kaelith: Estoy en la entrada. ¿Puedo pasar?
Seraphine había respondido:
Seraphine: Mira quién está aprendiendo.
Kaelith: No arruines mi progreso.
Lo encontré en el jardín, junto a la fuente. La penumbra cubría las flores y el agua reflejaba las primeras luces de la noche.
—Tengo noticias —dijo ella.
—Yo también.
Seraphine se sentó a su lado.
—Empieza tú.
Kaelith le explicó lo que Darius había encontrado: otro registro de recepción provisional, una procedencia sin verificar y una referencia a un solicitante cuya identidad seguía sin aparecer.
Cuando terminó, Seraphine lo miró con sorpresa.
—Nosotros encontramos algo parecido esta tarde.
Le mostramos sus notas y le explicamos la entrada del archivo universitario.
Kaelith leyó con atención.
—¿Crees que son el mismo conjunto documental?
—No lo sé. Las descripciones tienen similitudes, pero no tenemos un número de referencia compartido, un nombre ni una fecha que permita establecer la conexión.
—Entonces todavía no podemos unirlos.
—Exactamente.
Seraphine guardó sus notas.
—Aunque debo admitir que me gustaría que, por una sola vez, dos documentos se conocieran entre ellos y decidieran contarnos toda la historia.
—Sería una mejora considerable para la investigación.
—Y para mi salud mental.
Kaelith dijo.
Durante un rato hablaron de asuntos menores: de Eveline y sus teorías sobre dimensiones paralelas, de la paciencia casi sobrenatural de Lucien y de la irritante costumbre de los archivos de responder a una pregunta con otras tres.
Pero la tranquilidad no es demasiado exigente.
Seraphine notó que Kaelith miraba hacia el cielo con más frecuencia de lo habitual.
— ¿Cuánto tiempo queda para la séptima llama? —preguntó.
—No lo sé con certeza.
—Eso me preocupa más de lo que quisiera admitir.
Kaelith bajó la mirada.
—A mí también.
Ella se volvió hacia él.
—No tienes que fingir que puedes controlarlo todo conmigo.
La frase pareció alcanzarlo más profundamente de lo esperado.
—No estoy acostumbrado a admitir que desconozco el desenlace.
—Pues tendrás que practicar. Porque yo tampoco lo conozco y no pienso fingir que sí.
Kaelith soltó una risa baja.
—Eres implacable.
—Y tú eres demasiado orgulloso.
—Eso también.
Seraphine apoyó la mano sobre la suya.
—No quiero que tomes una decisión por mí cuando llegue el momento.
Kaelith entrelazó sus dedos con los de ella.
—No lo haré.
—Ni siquiera si cree que es la única manera de protegerme.
Él sostiene su mirada.
—Ni siquiera entonces.
Seraphine se acercó y apoyó la frente contra la de él.
No hubo promesas eternas ni palabras grandiosas. Solo aquel instante, compartido por dos personas que todavía ignoraban buena parte de su historia, pero que empezaban a comprender el valor de elegir sin obligar al otro.
Cuando Seraphine se separó, Kaelith rozó suavemente sus dedos con los suyos.
—¿Eso cuenta como progreso? —preguntó ella.
—Un progreso considerable.
—Bien. Mañana puedes practicar tocando el timbre otra vez.
—No abuses de mi buena voluntad.
Seraphine ríe.
Y durante unos minutos, la séptima llama pareció un problema lejano.
Pero no había desaparecido.
A la mañana siguiente, Lucien recibió la confirmación de que la solicitud para consultar el expediente asociado al registro universitario había sido admitida a revisión.
No significaba que el expediente existiera todavía ni garantizaba que fuera a estar disponible. Solo indicaba que el personal del archivo buscaría la referencia en los inventarios correspondientes.
Lucien envió el aviso a Seraphine y Eveline.
Después guardó una copia de la solicitud junto con la referencia del libro de ingresos.
En Nocthar, Darius escribió por separado el origen de su propio hallazgo y las preguntas que permanecían abiertas.
Ninguno sabía si ambos registros tenían relación.
Ninguno sabía quién había sido el solicitante.
Y ninguno podía afirmar que el testigo mencionado en el índice fuera la misma persona cuya identidad seguía pendiente en otros documentos.
Sin embargo, ahora existía una diferencia importante: Seraphine y Eveline tenían una referencia verificable para solicitar un expediente concreto, mientras que Darius continuaba buscando el documento asociado a un registro distinto.
No habían encontrado una respuesta definitiva.
Pero habían conseguido algo que antes no tenían: un siguiente paso que no dependía de interpretar símbolos ni de reconstruir recuerdos.
Seraphine guardó el aviso del archivo en su carpeta y escribió una última nota:
La solicitud ha sido admitida a revisión. Pendiente de localizar el expediente asociado y verificar su contenido.
Después de cerrar el documento.
La investigación continuaría cuando el archivo respondiera.
Mientras tanto, en Nocthar, la séptima llama seguía ardiendo.
Cada vez más pequeña.
Y Kaelith todavía no sabía qué ocurriría cuando se extinguiera.
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