Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 22
Capítulo 22. Beatriz se desquitó con las demás
La expresión de Beatriz se endureció bajo el maquillaje impecable.
¿Ni siquiera iban a recibirlos porque Camila no estaba?
No esperó a que Daniel respondiera.
—Está de descanso. Yo también tengo un puesto de responsabilidad en Grupo Ferrer y puedo llevar el proyecto. Si tienen dudas, revisen mi propuesta.
Le entregó los documentos al asistente.
Él dudó, pero los aceptó por educación.
Beatriz estaba convencida de que, cuando vieran su trabajo, se arrepentirían de haberla tratado así.
—Tenemos más gente capaz en el equipo —añadió Daniel—. Dígale al señor Suárez que no va a arrepentirse de confiar en nosotros.
—Les pido unos minutos. Voy a consultarlo.
Cuando salió, Beatriz volvió a sentarse con el disgusto escrito en la cara.
—¿Cómo que solo aceptan a Camila? ¿Eligen a una empresa o a una empleada?
No podía ser tan buena.
—Tiene una manera de trabajar que funciona. Con datos y propuestas muy parecidos a los de otros, ella siempre consigue que los proyectos den ganancias.
—¡Las ganancias son el resultado de toda la empresa! ¿Ahora resulta que el mérito es solo suyo?
Daniel describía algo que había visto muchas veces. Beatriz no soportaba escucharlo.
—Suárez es hombre, ¿verdad? ¿Todos esos clientes que solo quieren a Camila son hombres?
Él la miró, sorprendido.
—No digas eso.
—En este negocio no hay mujeres que sean brillantes para siempre. Hay hombres a los que saben tener contentos.
—¿Desde cuándo eres tan mezquina, Beatriz?
La decepción en sus ojos le hizo comprender que se había pasado.
Poco después volvió a abrirse la puerta.
Otra vez entró el asistente solo.
Dejó la propuesta ordenada frente a ella.
—Señorita Salcedo, el señor Suárez agradece su esfuerzo. Pero quiere que la señorita Rivas se haga cargo personalmente.
Se volvió hacia Daniel.
—Si no es posible, por ahora no continuaremos el proyecto con Grupo Ferrer.
Beatriz perdió el control.
—¡¿Por qué?! ¿Qué hago peor que Camila?
Daniel le sujetó el brazo y habló antes de que siguiera.
—Necesito que nos expliquen por qué es indispensable. Pueden revisar las credenciales de Beatriz. Fue orientadora académica de Camila en la Universidad Internacional de Puerto Claro. Trabajaba en su prestigiosa Facultad de Finanzas.
El asistente sonrió con incomodidad.
—Lo entiendo. No estamos cuestionando su preparación. Pero el señor Suárez valora a la gente con la que ya ha trabajado. Solo quiere a la señorita Rivas.
Se despidió con una inclinación de cabeza y los dejó solos.
Beatriz sintió tanta rabia que se le nubló la vista.
Daniel también se había quedado pálido.
No hablaron durante el regreso.
Ella lo culpaba por haberse apoyado tanto en Camila.
Él no podía evitar sentirse decepcionado por la facilidad con la que Beatriz perdía la compostura.
La noticia del rechazo llegó a la oficina antes que ellos.
Al atravesar el área de trabajo, Beatriz oyó murmullos. Sentía que todos se estaban riendo de ella.
Aceleró el paso y vio el escritorio vacío de Camila.
Cerca estaban varias jóvenes de su equipo, concentradas en sus tareas.
Beatriz se acercó y tomó la computadora portátil de una de ellas.
La muchacha estaba modificando una propuesta. Todavía no había guardado los cambios.
Se levantó, sobresaltada.
—Señorita Salcedo...
—¿Creen que porque Camila no está pueden perder el tiempo y cobrar por no hacer nada? ¿Cuánto llevan intentando corregir un documento tan sencillo?
—Perdón. Estamos tratando de terminar cuanto antes...
Las demás se levantaron también.
No alcanzaron a explicar nada.
Beatriz dejó caer la computadora a sus pies con un golpe violento.
La pantalla se puso azul.
—¡¿Qué está haciendo?!
Las jóvenes se agacharon para recuperarla. Ya era tarde.
—Se me resbaló. Disculpen.
Beatriz no parecía sentirlo.
—Pero esta propuesta es basura. ¿Así les enseñó a trabajar Camila? Los proyectos no se pierden por una sola persona. Son un equipo de incompetentes.
Las recorrió con una mirada fría.
—Mañana, antes de las nueve, quiero una versión actualizada de todos los proyectos en curso. Un dato mal, una omisión, un signo de puntuación fuera de lugar... y se largan todas.
Se fue sin esperar respuesta.
***
Esa tarde, Camila estaba en una oficina ejecutiva del piso treinta y siete de la torre Montenegro, esperando los informes de actividad del grupo.
Su celular empezó a llenarse de menciones.
Era el grupo privado de su equipo en Grupo Ferrer. Las cinco jóvenes que había formado desde el principio, capaces y muy unidas a ella.
«Cami, ¿cuándo vuelves? Sin ti esto ya no se aguanta».
«Creo que mañana renuncio».
«Yo tampoco quiero seguir si ella no vuelve. Me esforzaba así porque trabajaba con Camila».
Se le frunció el ceño.
«¿Qué pasó?»
Conocía su resistencia. No se quejaban por cualquier cosa.
Las respuestas llegaron una tras otra.
Daniel y Beatriz habían ido a ver a un cliente. Después de la reunión, la otra empresa inició la cancelación del acuerdo. En el grupo general de trabajo nadie hablaba de otra cosa.
Beatriz había regresado furiosa y se había desquitado con ellas.
Y no era la primera vez.
En apenas dos días había redistribuido todos sus proyectos y encontrado pretextos para quitarles los bonos. Parecía tener una obsesión con hacerles la vida imposible.
A Camila se le enfrió la mirada.
Pensó un momento antes de escribir.
«No se preocupen. Pidan unos días de descanso y dejen el trabajo por ahora. Yo voy a resolverlo».
El alivio recorrió el grupo.
Camila no solo les había enseñado a trabajar. Desde el primer día había sido la persona que las defendía.
Con ella, estaban seguras de que el equipo no se rompería.
Camila cerró la conversación y llamó a una de las personas que trabajaban para ella.
—Consigan fotos de Daniel y Beatriz juntos en su casa. Que se vea cómo se tratan. Envíenselas a su madre.
Conocía a Victoria demasiado bien.
Odiaba a Beatriz. Descubrir que estaba viviendo con su hijo iba a hacerla estallar.
Camila pensaba dejar a Daniel esperando unos días más. Pero Beatriz había cometido el error de atacar a su gente.
Perfecto.
Victoria se ocuparía de ella. Le quitaría las ganas y el tiempo de seguir maltratando al equipo, mientras Daniel intentaba apagar otro incendio en su casa.
Camila dejó el teléfono.
Su asistente entró apresuradamente, con las manos vacías.
—Señorita Rivas, es que...
—¿Dónde están los informes?
—Dicen que todavía no tiene autorización para acceder a ellos. No pueden entregarlos.
La joven bajó la cabeza, abatida. Se notaba que no se lo habían puesto fácil.
Camila llevaba varios días intentando entrar en los asuntos del grupo. Los accionistas la evitaban y nadie le daba información.
Teresa controlaba a los directivos y quería dejarla como una dueña sin poder.
Si lo permitía, cada día sería más difícil cambiarlo.
Llamaron a la puerta.
Camila autorizó la entrada y apareció Sebastián.
Llevaba una carpeta delgada. Le bastó mirar a la asistente para que se retirara.
Dejó los papeles sobre el escritorio de madera negra.
Era un proyecto paralizado de una filial. Las pérdidas superaban los cien millones de pesos y llevaba tiempo sin financiamiento.
—¿Qué significa esto? —preguntó Camila.
Sebastián le dedicó una sonrisa fría.
—Me dijeron que eres muy buena en tu trabajo, hermanita. Sobre todo sacando proyectos adelante.
Se sentó en un sillón de piel hecho a mano. El traje, de un corte y una tela impecables, parecía todavía más caro bajo la luz de la tarde.
—Tu equipo no debe de estar falto de talento. Además, vine a ocuparme de la administración. No a rescatar un proyecto tras otro.
Camila sabía que pretendía complicarle las cosas. No dejó que se le notara.
—Talento tenemos, desde luego.
Sebastián entrelazó las manos sobre las piernas.
—Sé que quieres empezar a dirigir cuanto antes. Pero si los accionistas y los altos mandos no confían en ti, mamá y yo no podemos darte autoridad sin más.
—¿No son ustedes dos los que deciden en quién confían?
La burla fue ligera. Imposible de confundir.
Los dos sonreían. La tensión entre ellos llenaba la oficina.
—Somos familia. No tienes por qué verme como un enemigo. Solo digo que, si consigues recuperar uno de nuestros proyectos hundidos, nadie podrá cuestionar que recibas más facultades.
Hablaba como si le ofreciera un favor.
—Eso sí: por tus propios medios. Sin recursos del grupo y sin usar tu patrimonio. Demuestra lo que sabes hacer y gánate la confianza de todos.
No pretendía discutir. Quería que ella viera la dificultad y se retirara sola.
Había elegido bien el desastre. La filial llevaba seis meses sin financiamiento. Habían cambiado tres veces de socios. Su propio equipo no había encontrado una salida.
Pero Camila pasó una página, vio a Grupo Suárez entre los posibles colaboradores y sonrió.
Ni siquiera con mucho dinero sería fácil rescatar aquello.
La clave era una operación que ella llevaba tiempo negociando con Suárez. La misma en la que Beatriz acababa de fracasar.
Él solo quería trabajar con Camila. Daniel y Beatriz habían ido tres veces sin conseguir nada.
En aquel tipo de proyectos, Camila sabía exactamente qué hacer.
Si se llevaba el acuerdo de Grupo Ferrer, podía resolver el problema de la filial y dejar a Daniel y Beatriz sin su oportunidad.
Levantó la vista.
—Si quieres que lo intente, acepto. Pero que quede claro desde ahora: el proyecto se va a hacer a mi manera.