Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: La junta corporativa
A las siete y veintiocho de la mañana, la llovizna sobre Milán se había transformado en un aguanieve sucia que resbalaba por el parabrisas blindado del Audi A8.
En el asiento trasero, Martina mantenía la mirada fija en su tableta, repasando por enésima vez las hojas de cálculo encriptadas de Moretti Maritime Logistics. Vestía un impecable traje sastre de dos piezas en lana color carbón, blusa blanca de seda cruda cerrada hasta el cuello por una lazada sobria y el cabello recogido en un moño bajo, pulcro y sin un solo mechón suelto. Llevaba unos guantes finos de piel italiana negra que cubrían hasta la mitad de sus antebrazos; nadie en la torre de Porta Nuova sospecharía que bajo el cuero suave descansaban los nudillos hinchados y las raspaduras de haber sometido a un gigante de cien kilos en el serrín cuatro horas antes.
En el asiento delantero, Dereck conducía con una sola mano apoyada en la parte superior del volante.
Sus ojos grises escaneaban los carriles con precisión quirúrgica, pero en cada semáforo en rojo, el retrovisor central devolvía invariablemente el reflejo de la mujer que viajaba a sus espaldas. No había rastro de ojeras en su rostro. Su postura era recta, aristocrática, impenetrable. Parecía una estatua tallada en mármol, ajena al mundo de las cloacas que él mismo la había visto gobernar de madrugada.
Farsante, pensó Dereck, apretando la mandíbula con un rencor sordo. Una actriz consumada. Cree que con un traje de diseñador y guantes caros puede ocultar la podredumbre. Las mujeres como ella son las más peligrosas: tienen el veneno escondido detrás de una sonrisa educada.
—Si vas a seguir mirándome por ese espejo como si fueras a fusilarme, al menos ajusta el ángulo —dijo Martina sin levantar los ojos de la pantalla, con una voz gélida que cortó el zumbido de la calefacción—. Tu falta de sutileza es patética para alguien que supuestamente cobra como escolta de élite.
Dereck sostuvo la mirada de ella a través del cristal durante dos segundos antes de devolver los ojos al tráfico de la avenida Melchiorre Gioia.
—No la miro por gusto, signorina Moretti. La miro porque quien sale a las dos de la mañana a revolcarse por los callejones suele atraer problemas al amanecer. Y mi contrato no incluye limpiar sus desastres personales.
Martina alzó despacio la cabeza. Sus ojos castaños se clavaron en la nuca de él con la frialdad de un bisturí.
—Mi vida personal está fuera de tu jurisdicción, Dereck. Tu única función hoy es quedarte parado junto a la puerta de la sala de juntas, mantener la boca cerrada y asegurarte de que ninguno de los directores veteranos intente levantarse antes de que yo termine mi exposición. Si respiras demasiado fuerte, te saco de la sala con seguridad privada.
—Me encantaría verla intentarlo —replicó él, con un tono cavernoso y una media sonrisa que destilaba insolencia—. Pero le advierto algo: los hombres que están sentados en esa mesa no son matones de taberna a los que se puede asustar con miradas duras. Son zorros viejos que llevan treinta años lavando la sangre de su familia. Se la van a comer viva antes del mediodía.
—Que lo intenten —susurró Martina, apagando la pantalla de la tableta de un golpe seco—. Hace seis años que no como carne fresca.
La sala de conferencias de la planta cuarenta y dos era un despliegue de poder frío.
Una mesa monumental de cristal negro y aluminio pulido dominaba el centro, rodeada por doce sillones ergonómicos de cuero italiano. A través de los ventanales panorámicos, las torres financieras de Milán parecían diminutas bajo el cielo de plomo.
Sentados alrededor de la mesa esperaban siete hombres. Todos superaban los cincuenta años; vestían trajes a medida oscuros, llevaban relojes de oro macizo y fumaban cigarros delgados a pesar de la prohibición corporativa del edificio. Eran los directores generales de las navieras, los puertos y los consorcios de transporte: hombres que respondían formalmente a Don Lorenzo Moretti, pero que en la práctica manejaban los hilos del lavado de activos y las rutas comerciales con una autonomía casi feudal.
A la cabeza de ellos estaba Vittorio Castaldi, consejero delegado de Moretti Maritime y lugarteniente de confianza de la familia desde hacía un cuarto de siglo. Castaldi, con su cabello plateado peinado hacia atrás y una sonrisa condescendiente dibujada en la comisura de los labios, tamborileaba con los dedos sobre una carpeta cerrada.
La puerta de doble hoja se abrió a las ocho en punto.
Martina entró con paso seguro. No saludó con la amabilidad fingida que los hombres esperaban; avanzó directamente hacia la cabecera vacía, colocó su maletín de cuero sobre el cristal negro y se despojó con calma de los guantes de piel, dejándolos a un lado.
Detrás de ella, Dereck se apostó junto al marco de la puerta, con las manos cruzadas al frente y las piernas ligeramente separadas. Su presencia física, ancha y amenazante como una torre de asedio, hizo que dos de los directores menores desviaran la mirada con incomodidad. Sin embargo, Castaldi no se inmutó; soltó una bocanada de humo y soltó una risa seca, paternalista y envenenada.
—Martina, querida... —comenzó Castaldi, sin molestarse en ponerse de pie—. Qué alegría verte de vuelta en Milán. Tu padre nos avisó anoche que vendrías a hacer una visita de cortesía. Estabas tan pequeña cuando te fuiste a Massachusetts... La última vez que te vi llevabas trenzas y montabas a caballo en la finca de Como.
Tres de los directores sonrieron con complicidad servil.
Martina no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Permaneció de pie en la cabecera, apoyando apenas las yemas de sus dedos sobre la superficie pulida de la mesa.
—La visita no es de cortesía, signor Castaldi —su voz no fue estridente, pero resonó en la acústica de la sala con un filo metálico que cortó las risas de golpe—. Y hace seis años que nadie me llama querida sin perder algo en el proceso. Abra la carpeta roja que tiene frente a usted.
Castaldi frunció el ceño, molesto por el desplante, pero empujó la carpeta con desgana.
—Escúchame bien, muchacha —dijo el veterano, endureciendo el tono para dejar clara la jerarquía—. Respetamos a tu padre, y entendemos que después de seis años gastando el dinero de la familia en títulos universitarios quieras jugar a tener un cargo de oficina. Pero esto es el mundo real. Las rutas marítimas de Génova y Róterdam son complejas. Requieren hombres con estómago para tratar con sindicatos portuarios, aduanas corruptas y tensiones políticas. Siéntate, escucha la presentación del balance trimestral que preparó el equipo contable y luego te firmaré la autorización para tu presupuesto de relaciones públicas.
Desde la puerta, Dereck observaba la escena sin mover un solo músculo.
Por dentro, una parte de él esperaba el quiebre: esperaba ver a la señorita Moretti titubear, ruborizarse de furia impotente o amenazar con llamar a su padre por teléfono para que pusiera orden como una niña mimada a la que no le dan su capricho. Estaba listo para confirmar que Martina era solo fachada.
Pero lo que vio a continuación hizo que un estremecimiento de alerta le tensara los hombros.
Martina no parpadeó. Con una lentitud casi teatral, abrió su maletín y extrajo un fajo de documentos encuadernados con espirales de acero. Los arrojó sobre el centro de la mesa. Los papeles se deslizaron sobre el cristal negro y frenaron con un chasquido seco exactamente frente a Castaldi.
—El balance trimestral que preparó su equipo contable es una sarta de mentiras diseñadas para ocultar un desfalco de catorce millones doscientos mil euros en la compra de combustible pesado —disparó Martina, y cada palabra cayó como una losa de hormigón sobre la sala—. La empresa proveedora, registrada en Limasol bajo el nombre de AeroMarine Trading, tiene como beneficiario final a una sociedad instrumental en las Islas Vírgenes Británicas cuyo apoderado único es su cuñado, signor Castaldi.
El rostro de Castaldi pasó del desprecio a una palidez cenicienta en una fracción de segundo.
—¿De qué estupidez estás hablando...?
—No he terminado —la voz de Martina subió un decibelio, cargada de una autoridad tan letal que el hombre cerró la boca por instinto—. Durante los últimos tres años, usted y los tres directores a su izquierda han estado inflando los costos de flete un ocho por ciento por encima del índice Baltic Dry, desviando el excedente a cuentas fiduciarias en Suiza. Pero lo peor no es que le robe a mi familia; lo peor es que su estructura es tan torpe y mediocre que la Guardia di Finanza y la Fiscalía Europea ya tienen abierto un expediente preliminar sobre las subsidiarias de Trieste.
Martina se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio de la mesa. Sus ojos oscuros brillaban con una furia gélida, calculadora y desprovista de cualquier atisbo de duda.
—Si no fuera porque aterricé ayer en Milán y bloqueé las transferencias de garantía mediante un fideicomiso ciego registrado en Delaware, el consorcio entero estaría intervenido judicialmente el próximo lunes. Y mi padre... bueno, todos sabemos cómo reacciona Don Lorenzo cuando descubre que sus propios generales intentan venderlo a la policía fiscal para salvar sus yates en Cerdeña.
El silencio en la sala se volvió sepulcral.
Los directores menores bajaron la cabeza hacia la mesa, sudando frío bajo sus cuellos almidonados, aterrorizados de que sus nombres figuraran en los anexos que Martina acababa de arrojar.
Castaldi intentó reaccionar. Se puso de pie con violencia, tirando la silla hacia atrás con un estrépito sordo, y apoyó las palmas sobre la mesa, con las venas del cuello hinchadas por la humillación.
—¡Eres una insolente de mierda! —bramó el hombre, perdiendo los papeles por completo—. ¡No voy a permitir que una niñata recién bajada de un avión venga a darme lecciones sobre cómo manejar esta empresa! ¡Voy a llamar a Lorenzo ahora mismo y te vas a volver a América en el primer vuelo comercial!
Castaldi levantó el brazo derecho, señalándola con el dedo índice a escasos centímetros de su rostro, en un gesto cargado de violencia física contenida.
En la puerta, Dereck dio un paso al frente por puro instinto militar. La mano derecha del guardaespaldas se deslizó automáticamente hacia la abertura de su americana, rozando la empuñadura de la semiautomática, listo para cruzar la estancia en tres zancadas y romperle el cuello al viejo antes de que tocara a la muchacha.
Pero no hizo falta.
Martina ni siquiera se movió del sitio. Con una velocidad que a los ojos de los directores pareció un relámpago invisible, su mano enguantada se disparó hacia adelante: atrapó el dedo índice de Castaldi con dos dedos, rotó la muñeca del hombre hacia el exterior con una torsión milimétrica de jiu-jitsu y obligó al veterano de noventa kilos a doblar las rodillas sobre la moqueta con un aullido de dolor ahogado.
El chasquido de la articulación al límite resonó en el cristal de la sala.
—Regla de etiqueta corporativa, signor Castaldi —susurró Martina, inclinándose sobre él mientras el hombre jadeaba con la frente pegada al borde de la mesa, incapaz de zafarse del agarre sin partirse el tendón—. Nunca le levante la voz a quien tiene la llave de su celda... o de su tumba.
Soltó el dedo con un desprecio absoluto. Castaldi cayó sobre sus rodillas, acunándose la mano temblorosa contra el pecho, pálido y empapado en sudor.
Martina volvió a erguirse con la tranquilidad de quien acaba de firmar un memorando rutinario. Miró al resto de los directores, quienes no se atrevían ni a respirar.
—A partir de este instante, la firma de Vittorio Castaldi queda revocada en todas las cuentas operativas del consorcio —decretó ella, con una voz que resonó como una sentencia judicial—. El señor Fabbri asumirá la dirección interina bajo mi supervisión directa. Tienen hasta las cinco de la tarde para entregar los libros contables corregidos de los últimos cinco años. Quien no lo haga... tendrá que explicarle el déficit a mis hermanos en los muelles de Génova esta misma noche. La sesión ha terminado.
Nadie dijo una palabra. Los directores recogieron sus carpetas con manos temblorosas y salieron en estampida por la puerta lateral, esquivando a Castaldi, quien se arrastró fuera de la sala ayudado por su asistente personal sin atreverse a levantar la vista del suelo.
La colosal sala quedó desierta.
Martina respiró hondo, cerró su maletín con un clic metálico y comenzó a colocarse los guantes de piel negra despacio, dedo por dedo, con una calma aterradora.
Junto a la puerta de salida, Dereck permanecía clavado en el sitio.
Su mente era un torbellino en llamas. Las certezas que durante meses había defendido sobre Martina Moretti acababan de ser pulverizadas frente a sus propios ojos. No había una niña asustada. No había una libertina frívola que necesitara la protección de sus hermanos ni la compasión de su padre.
Había una estratega despiadada con la mente de una fiera y la frialdad de un capo consumado.
Pero el orgullo de Dereck se negó a rendirse. Su cerebro, acorralado por la contradicción, buscó una salida desesperada para no admitir la derrota: Es un monstruo, se dijo a sí mismo, sintiendo una mezcla violenta de repulsión y un deseo abrasador que le secaba la garganta. Una tirana despiadada sin una pizca de humanidad. Esto no es valentía; es pura sed de sangre y arrogancia corporativa. No siente nada.
Martina tomó su maletín, caminó hacia la salida y se detuvo a escasos centímetros de él. Levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con esos ojos oscuros que desafiaban a la muerte.
—¿Y bien, Dereck? —preguntó ella con una media sonrisa afilada como el cristal—. ¿Sigo necesitando que me cuides de los zorros viejos?
Dereck bajó la vista hacia ella. Estaban tan cerca que el calor de sus cuerpos chocaba en el umbral. Por una fracción de segundo, el futuro líder del sindicato del norte sintió la tentación salvaje de acorralarla contra la pared de madera, arrancarle esa compostura de hielo a golpes de verdad y recordarle quién era él en realidad.
En lugar de eso, curvó los labios en una sonrisa lenta, sombría y peligrosa.
—Sabe pelear con números y torcer dedos, signorina Moretti —susurró él, con una voz profunda que vibró en el aire frío—. Pero gobernar un imperio no es solo humillar a viejos cobardes en una oficina. Tarde o temprano alguien va a venir con plomo de verdad. Y ese día... vamos a ver si su arrogancia le sirve para detener una bala.
Martina sostuvo su mirada sin pestañear, y por primera vez, una chispa de desafío oscuro y compartido ardió entre los dos.
—Cuando ese día llegue, guardaespaldas... asegúrate de no estar en mi línea de tiro.
Pasó a su lado rozándole el hombro con fuerza, dejando tras de sí el aroma a jazmín, cuero y pólvora. Y Dereck la siguió en silencio, sabiendo con una certeza aterradora que la caída de sus defensas ya no era una cuestión de tiempo, sino una trampa en la que él mismo acababa de quedar atrapado.