Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 20
—Mi imperio no se sostiene sobre promesas vacías ni sobre nostalgias del pasado —respondió Alexia, su voz cristalina y firme resonando con una dulzura venenosa—. Nació de la necesidad de convertirme en mi propia fortaleza, de proteger lo que más amo en este mundo y de demostrarme a mí misma que mi valor no depende de la sombra de nadie. Si he llegado hasta aquí, ha sido por el amor profundo e inquebrantable hacia alguien que hoy ilumina cada uno de mis días, una presencia que le da sentido a mi sangre, a mi lucha y a mi existencia entera. He aprendido a construir mi propio reino, y créame... nadie vuelve a doblegarme jamás.
Al escuchar aquello, el pecho de Milton se contrajo con la fuerza de un tornillo sin fin. Los celos más negros, viscerales y salvajes que un hombre podía experimentar le calaron hasta los huesos. Alguien que ilumina sus días... una presencia por la que lucha... Para Milton, la deducción fue instantánea e insoportable: Alexia tenía una pareja. Otro hombre la había abrazado en las madrugadas frías, otro hombre había compartido su lecho, y quizás... quizás criaba a su lado a una familia que debió ser suya. La mandíbula del magnate se marcó con tanta fuerza que los músculos de su rostro parecían a punto de estallar. Los dos estaban sentados a escasos centímetros, quemándose en el fuego cruzado de unos celos infundados, odiándose y amándose con la misma intensidad demencial, mientras el país entero contemplaba hipnotizado la tensión sexual más brutal jamás vista en la televisión en directo.
A la mañana siguiente, las oficinas centrales del conglomerado de entretenimiento de Milton Vance bullían en una actividad frenética. En su despacho ejecutivo, situado en el piso ochenta y dos con vistas panorámicas sobre la inmensa alfombra de rascacielos de la ciudad, el magnate revisaba los informes financieros con una fría indiferencia mientras su mente seguía atrapada en las palabras de Alexia en televisión.
La puerta se abrió con discreción y su director de operaciones entró con una tableta en las manos.
—Señor Vance, tenemos un problema crítico con la preproducción de nuestra próxima superproducción audiovisual de época y vanguardia. El departamento de arte insiste en que no conseguimos dar con una firma de diseño que entienda la estética oscura, romántica y vanguardista que exige el guion. Los plazos se nos vienen encima y los directores están a punto de rechazar el vestuario propuesto.
Milton levantó lentamente la vista. Sus ojos negros brillaron con una chispa repentina, calculadora y profundamente peligrosa. En su mente, las piezas del tablero acababan de encajar con la precisión de un mecanismo de relojería. Sabía perfectamente quién lideraba la casa de alta costura más prestigiosa y solicitada del momento en ese rubro exacto. La marca de Alexia Mendoza.
—Llame ahora mismo a la casa de diseño de la señora Mendoza —ordenó Milton con voz ronca, apoyando los codos sobre el escritorio de caoba y entrelazando los dedos frente a sus labios—. Presenten una propuesta de colaboración exclusiva para nuestra superproducción. Dgales que exigimos el diseño completo del vestuario principal.
—Pero señor, las tarifas de su estudio son astronómicas y la agenda de la señora Mendoza es prácticamente inalcanzable para proyectos de este tipo... —tentó el subordinado con cautela.
—Multiplique por tres el presupuesto inicial —le cortó Milton con una autoridad implacable que no admitía réplica—. Ponga sobre la mesa una oferta multimillonaria que no puedan rechazar, y asegúrese de que la junta directiva de su marca sepa que el propio presidente del conglomerado supervisará cada detalle del contrato. En persona.
Al otro lado de la ciudad, en su luminoso y minimalista atelier rodeado de bocetos de terciopelo y muestras de seda negra, Alexia recibió la llamada con una mezcla de vértigo e incredulidad. Su asistente personal le tendió el teléfono con las manos temblorosas.
—Señora Mendoza... Es la productora de entretenimiento de Milton Vance. Solicitan una reunión urgente para una colaboración multimillonaria en su próxima superproducción cinematográfica. Exigen que sea usted misma quien lidere el diseño del vestuario.
Alexia sintió que el aliento se le escapaba de los pulmones. Milton. Su imperio de entretenimiento estaba detrás de la producción más ambiciosa del año, y la buscaba a ella. La ironía del destino era cruel, pero el desafío era irresistible. Por un lado, su orgullo herido le gritaba que rechazara la oferta de inmediato para no caer en su juego; por el otro, la necesidad imperiosa de descifrar qué había detrás de la mirada de ese hombre, de saber si aquel discurso en televisión era una farsa o una declaración velada hacia otra, la empujaba hacia el abismo.
—Acepto —respondió Alexia con voz gélida y controlada, aunque su corazón latiera desbocado contra las costillas—. Mañana a las diez de la mañana en mi salón privado de diseño. Que el señor Vance traiga sus contratos; veremos si está a la altura de lo que exige mi casa de alta costura.
La cita no tuvo lugar en una sala de juntas convencional, sino en el santuario privado de Alexia, un salón de techos altos, paredes revestidas de espejos ahumados y maniquíes donde reposaban colecciones de alta costura que parecían sacadas de un cuento gótico moderno.
Cuando la puerta se abrifió, Milton Vance entró en la estancia con el paso pausado y dominante de un depredador que regresa a su terreno de caza. Llevaba un traje negro sin corbata, con la camisa ligeramente abierta en el cuello, dejando al descubierto la fuerza de su garganta y esa aura de peligro sofisticado que lo acompañaba como una sombra.
Alexia estaba de pie junto a una mesa de trabajo cubierta de bocetos a lápiz carbón y muestras de encaje veneciano. No se giró de inmediato; dejó que el silencio se prolongara, permitiendo que la presencia del magnate llenara cada rincón de la sala.
—Veo que has aprendido a negociar desde una posición de poder, Alexia —comenzó Milton, con su voz ronca deslizándose por la estancia como un terciopelo áspero que acariciaba la piel.
Alexia giró lentamente sobre sus talones. Sus ojos verdes se clavaron en los de él con una frialdad calculada, aunque por dentro sus manos temblaban ligeramente bajo el borde de la mesa.
—No confundas el éxito profesional con las circunstancias, Milton —respondió ella con una ironía afilada como el filo de una navaja—. Mi marca no necesita caridad corporativa, y mucho menos la de un imperio extranjero que viene a mendigar exclusividad a mi taller. Si estás aquí, es porque mis diseños son lo único capaz de sostener la mediocridad visual de tu superproducción.
Milton dio un paso al frente, acortando la distancia con una lentitud deliberada. Su presencia imponente de metro noventa parecía empequeñecer el espacio, proyectando una sombra cálida y sofocante sobre ella.
—¿Mediocridad? —murmuró él, deteniéndose a apenas un suspiro de distancia, lo suficientemente cerca como para que el perfume de ámbar de Alexia se mezclara con el aroma a cedro y tabaco caro de su piel—. Curioso término para alguien que pasa las noches dibujando vestidos de novia oscuros, ¿no crees? O dime, Alexia... ¿para quién diseñas tanta belleza sombría? ¿Quién es el afortunado que ilumina tus días, según declaraste con tanta elocuencia frente a las cámaras?
La pregunta cayó como un latigazo. Los ojos de Milton destellaban un fuego oscuro y posesivo; la cercanía era tan íntima que Alexia podía sentir el calor abrasador de su pecho y el ritmo acelerado de su respiración. La ira y el deseo se entrelazaron en su garganta en un nudo indisoluble.
—Mi vida privada no figura en las cláusulas de este contrato, Milton —replicó ella con un tono cortante, alzando ligeramente la barbilla para no ceder un solo milímetro ante su intimidante cercanía—. Céntrate en los bocetos. A menos que el gran magnate de la tecnología haya perdido la capacidad de concentrarse cuando una mujer le dice la verdad en la cara.
Milton soltó una risa baja, un sonido gutural que vibró directamente en el pecho de Alexia. Con un movimiento repentino, extendió la mano para apartar unos papeles sobre la mesa, y al hacerlo, sus dedos rozaron con una lentitud calculada el dorso de la mano de Alexia. El contacto fue eléctrico; una sacudida brutal que hizo que ambos contuvieran el aliento al unísono.
—No he perdido la concentración, Alexia —susurró Milton, inclinándose hacia su oído con una intensidad que hizo que la piel de la diseñadora se erizara por completo—. Pero sé perfectamente que tú tampoco. Sigues temblando cada vez que te hablo. Sigues siendo mía, aunque intentes esconderte detrás de este muro de seda negra y títulos corporativos.
—Estás delirando, Vance —murmuró ella, aunque su voz perdió la firmeza anterior, traicionada por el temblor de sus labios y el brillo desbocado de sus pupilas verdes—. Han pasado seis años. Ambos hemos cambiado. Yo ya no soy la niña a la que podías intimidar.
—No quiero intimidarte —respondió Milton con una voz que de repente se había vuelto un hilo oscuro, cargado de una vulnerabilidad feroz mientras sus ojos negros recorrían cada facción de su rostro con desesperación contenida—. Quiero reclamarte. Y te aseguro que ningún contrato, ningún imperio y ningún fantasma del pasado va a impedirme cumplir la promesa que te hice.
El aire entre ellos se volvió irrespirable. A pesar de los dardos verbales, de los celos cruzados que los carcomían por dentro y de los años de silencio, la chispa salvaje que un día los unió seguía intacta, ardiendo con la furia de un incendio incontrolable que amenazaba con reducir a cenizas todo lo que habían construido para protegerse el uno del otro.