Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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La Gran Sede Nacional (Parte 2): Furia En El Pasillo
El pasillo principal de la Academia Élite Amagi se había convertido en una zona de guerra visual. Los paneles de corcho y las paredes de mármol estaban cubiertos de afiches. A la izquierda, el Pabellón Blanco exhibía carteles elegantes con tipografía dorada promocionando la Exposición de Arte y Teatro. A la derecha, el Pabellón Negro llenaba el espacio con posters extravagantes de pro-gamers en poses dramáticas.
Aoi Kisaragi clavaba el último chinche en el panel de las chicas. A su lado, Yumi Hayakawa alineaba los folletos con una regla para asegurar la simetría perfecta, mientras Hana Kazama daba saltitos emocionada sujetando un rollo de cinta.
—Te digo que la tipografía dorada fue la mejor elección, Aoi —comentó Hana con una sonrisa pilluela, mirando de reojo hacia el fondo del pasillo—. Por cierto... ¿no sientes que cierto presidente castaño te ha estado mirando demasiado desde que salimos del aula?
Aoi detuvo su mano a medio camino y suspiró, acomodándose un mechón de su cabello rubio detrás de la oreja.
—Ignóralo, Hana. Kageyama solo está intentando medir a la competencia. Sabe que la Exposición de Arte tiene propuestas más sólidas que sus juegos.
Sin embargo, en el fondo, Aoi también lo había notado.
Al otro lado del corredor, Ren Kageyama estaba parado frente al puesto de los chicos. A su izquierda, Daichi Matsuda ajustaba sus anteojos mientras analizaba un mapa del colegio con el flujo de votantes probables. A la derecha, Kenji Sato pegaba posters con una devoción casi religiosa.
Ren, con las manos en los bolsillos de sus pantalones y el brazalete rojo sujetando su manga verde, mantenía su rostro serio y distante. Pero por dentro, sus ojos marrones no podían apartarse de Aoi.
(Qué bien le queda el cabello corto cuando se concentra...), pensaba Ren, sintiendo que el corazón le daba un brinco ridículo. (Se ve tan linda intentando colocar ese cartel recto... Espera, se le está doblando la esquina. Tengo que decírselo).
Aprovechando que Daichi y Kenji se distrajeron revisando una caja de cinta adhesiva, Ren caminó a pasos lentos hacia el centro del pasillo, acercándose a la zona neutral donde Aoi estaba sola.
—El margen izquierdo está chueco, Kisaragi —dijo Ren con una voz inusualmente suave y tranquila, colocándose a un metro de ella.
Aoi se giró de golpe, sorprendida por la cercanía y, sobre todo, por el tono tan bajo y relajado con el que él le hablaba. No había burla ni agresividad en sus ojos marrones; solo una mirada extrañamente cálida.
—¿Qué dijiste? —preguntó Aoi, entrecerrando sus ojos azules con desconfianza—. Si viniste a hacer comentarios sarcásticos...
—No es sarcasmo —murmuró Ren, perdiendo por completo la postura dura por un segundo y rascándose la nuca con timidez—. Solo decía que si lo mueves un centímetro a la derecha se vería mejor... Tu trabajo es muy detallado, sería una pena que quedara torcido.
Aoi se le quedó mirando, parpadeando descolocada. ¿Desde cuándo Kageyama le hablaba así? ¿Sin sarcasmo? ¿Sin exigencias?
Pero justo cuando Aoi iba a responder, el eco de pasos pesados resonó desde ambos extremos del pasillo.
A la derecha, doblando la esquina, aparecieron Daichi y Kenji, acompañados por un grupo de diez chicos del Pabellón Negro. A la izquierda, saliendo del aula de delegadas, aparecieron Yumi y Hana, seguidas por un escuadrón entero de chicas con sus listones morados.
El aire se congeló al instante.
El pasillo pareció oscurecerse. Ambos grupos se detuvieron a pocos metros de distancia, formando dos filas perfectamente alineadas, como si dos pandillas callejeras de mafiosos estuvieran a punto de desatar una batalla multitudinaria por el control del territorio.
Los chicos cruzaron los brazos con miradas asesinas; las chicas elevaron el mentón con frialdad absoluta. El silencio era aplastante. Todos observaban fijamente el centro del pasillo, donde sus dos líderes estaban parados sospechosamente cerca.
En la mente de Ren, la sirena de pánico sonó a máximo volumen.
(¡Maldita sea! ¡Nos vieron juntos! ¡Si ven que le estaba hablando amable, van a pensar que soy un traidor! ¡Tengo que actuar YA!)
En una fracción de segundo, la expresión de Ren se transformó por completo. Sus ojos marrones se llenaron de una furia fingida, dio un paso agresivo hacia adelante y señaló el cartel de Aoi con tono de guerra:
—¡¡¡TUS CARTELES ESTÁN INVADIENDO EL ESPACIO DEL PABELLÓN NEGRO, KISARAGI!!! —rugió Ren con voz potente, haciendo que su grito rebotara en las paredes del pasillo—. ¡¡¡RETÍRALOS O LOS MOVEREMOS NOSOTROS MISMO!!!
El cambio repentino fue tan brusco que Aoi dio un paso atrás por el impacto, abriendo los ojos de par en par.
«¿¿¿QUÉ DIABLOS LE PASA A ESTE IDIOTA???», gritó la mente de Aoi en shock absoluto. «¡Estaba hablándome súper tranquilo hace un segundo y de la nada se volvió un loco!»
La reacción del bando masculino fue inmediata y eufórica. Kenji Sato saltó hacia adelante apretando los puños en el aire:
—¡¡¡ESO ES, MI PRESIDENTE!!! ¡¡¡HAGA VALER NUESTRO TERRENO!!! —¡¡¡LÁRGATE DE AQUÍ, PRESIDENTA KISARAGI, ESTE LADO ES DEL PABELLÓN NEGRO!!! —gritó Daichi, ajustándose los anteojos con una sonrisa victoriosa.
Yumi Hayakawa dio un paso al frente interponiéndose entre Ren y Aoi, protegiendo a su presidenta con una mirada de desprecio.
—¡Son unos salvajes desconsiderados! —exclamó Yumi—. ¡Vámonos, Aoi, no vale la pena discutir con gente que no entiende de respeto!
Aoi apretó los puños, mirando a Ren con un odio puro que le quemaba el pecho. La bipolaridad de este chico la superaba por completo.
—Eres un infantil, Kageyama —sentenció Aoi con voz cortante, dándole la espalda—. Nos veremos en las urnas.
Las chicas se retiraron en formación, escoltando a Aoi con la cabeza en alto bajo la presión y los gritos de victoria de los chicos.
Mientras su grupo celebraba alrededor dándole palmaditas en la espalda y alabando su "firmeza de líder", Ren solo podía mirar a Aoi alejarse, sintiendo que una puñalada de culpa le atravesaba el corazón.
(Soy el idiota más grande del mundo...), pensó Ren, queriéndose morir por dentro. (Le grité horrible... Ahora me debe odiar el doble).
A las diez de la noche, el toque de queda cayó sobre la Academia Élite Amagi.
Como ordenaba el protocolo oficial de la vicerrectoría, Ren y Aoi debían realizar el patrullaje nocturno obligatorio para supervisar que nadie rondara las áreas comunes fuera de horario.
El patio central estaba iluminado únicamente por la luz de la luna y los faroles del jardín. Ren esperaba cerca de la fuente de piedra vistiendo su chaqueta verde con el brazalete rojo. Su rostro reflejaba un cansancio absoluto, pero sobre todo, una enorme incomodidad por lo ocurrido en la tarde.
Escuchó unos pasos firmes sobre la grava. Era Aoi, sosteniendo una linterna institucional y luciendo su elegante listón morado. Su mirada azul claro estaba helada.
—Empecemos la ronda, Kageyama —dijo Aoi con tono estrictamente profesional, sin mirarlo a los ojos—. Inspeccionaremos el pasillo del edificio central primero.
—Kisaragi... sobre lo de esta tarde... —intentó disculparse Ren en voz baja mientras caminaban lado a lado.
—Ahorra tus palabras —lo cortó ella tajantemente—. Estamos en servicio oficial. Mantén la vista al frente.
Ren suspiró en silencio, resignado. Caminaron juntos por los oscuros pasillos del campus, manteniendo una distancia prudente pero constante. La tensión entre los dos presidentes era evidente.
Sin embargo, al doblar hacia el pasillo principal donde estaban los paneles de la campaña, un murmullo sospechoso y risitas ahogadas en la oscuridad hicieron que ambos se detuvieran de golpe.
Ren y Aoi alzaron sus linternas al mismo tiempo, iluminando el fondo del corredor.
Lo que vieron los dejó petrificados.
Allí, parados sobre bancas y con capuchas negras puestas para ocultar sus rostros, estaban Kenji Sato y tres chicos más del Pabellón Negro. Kenji tenía un marcador permanente grueso en la mano y le estaba dibujando un enorme bigote torcido y gafas ridículas a la foto del actor principal de la Exposición de Arte, mientras otro chico pegaba encima un poster gigante de un pro-gamer gritando.
—¡Jejeje, miren cómo quedó este actor! ¡Ahora sí parece un villano de eSports! —se reía Kenji en susurros, sin darse cuenta de la luz que los apuntaba.
Pero no estaban solos.
Saliendo de la penumbra del aula contigua, armadas con linternas potentes y rollos de cinta pesada, aparecieron Yumi Hayakawa y Hana Kazama al mando de una patrulla clandestina de chicas que habían ido a vigilar sus carteles en secreto.
—¡¡¡ALTO AHÍ, VÁNDALOS!!! —gritó Yumi con voz de trueno, encendiendo la luz directamente en la cara de Kenji.
Kenji casi se cae de la banca del susto, soltando el marcador.
—¡¡¡NOS ATRAPARON, CHICOS, ES UNA EMBOSCADA DEL PABELLÓN BLANCO!!! —chilló Kenji, poniéndose en guardia como si fuera un ninja.
—¡¡¡CÓMO SE ATREVEN A ARRUINAR NUESTRO ARTE CON SUS RAYONES Y SUS POSTERS HORRIBLES!!! —exclamó Hana, alzando un rollo de cinta como si fuera un arma.
En menos de tres segundos, los cuatro chicos encapuchados y las seis chicas se acorralaron mutuamente en mitad del pasillo. Los chicos levantaron los puños y los marcadores en pose de pelea; las chicas alzaron sus carpetas y reglas metálicas con miradas asesinas, a punto de desatar un escándalo descomunal que despertaría a todo el internado.
Desde la entrada del pasillo, Aoi y Ren observaban la escena con los ojos abiertos de par en par.
—¿¿¿KENJI??? —gritó Ren por dentro, sintiendo que la cabeza le iba a explotar.
—¿¿¿YUMI??? —susurró Aoi en pánico total.
Ambos grupos estaban a milímetros de irse a las manos en una batalla campal nocturna, y los dos presidentes sabían que si no intervenían en ese mismo instante, la expulsión y el desastre para la campaña serían inevitables.