Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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07
—¿Cómo le hacía Marcia para comprar todo eso? Si solo le damos cinco dólares al día, pero comíamos bien a diario —murmuró doña Carmen, desconcertada con su propia nuera.
Acomodó todas las provisiones dentro del refrigerador. Lo que había comprado apenas alcanzaría para una semana.
—Bah, no es mi problema. La deuda con doña Elena que se las arregle Marcia —masculló doña Carmen con una sonrisa cínica.
* * *
En la oficina, Rodrigo y Pamela acababan de llegar. Como de costumbre, entraron tomados de la mano sin ningún disimulo. Nadie en la empresa sabía que Rodrigo estaba casado. Solo Valentina y Gabriel lo sabían, aunque Rodrigo ni siquiera sospechaba que Gabriel era el hermano de Marcia. Lo único que Rodrigo tenía claro era que Gabriel era el novio de Valentina, la dueña de la empresa.
Al mismo tiempo, Valentina y Gabriel también llegaron a la oficina. Gabriel apretó la mandíbula al verlos; le hervía la sangre y le costaba contenerse ante el hombre que traicionaba a su hermana.
—Tranquilo —le susurró Valentina con suavidad.
Sabía que Gabriel estaba a punto de explotar al ver a Rodrigo paseándose con otra mujer del brazo.
—Buenos días, señora Valentina, señor Gabriel —los saludó Pamela con una sonrisa profesional.
—Buenos días —respondió Valentina con cortesía.
Gabriel fulminó a Rodrigo con la mirada, fría y penetrante, hasta que el propio Rodrigo se puso nervioso. La actitud de Gabriel no era la habitual, pero Rodrigo ni siquiera era capaz de reconocer su propia culpa.
—Vamos —Valentina jaló a Gabriel del brazo para alejarlo de esos dos antes de que la situación escalara.
Si se quedaban un segundo más, Gabriel era capaz de perder el control.
—Maldito infeliz, cómo se atreve a hacerle eso a Marcia —exclamó Gabriel con los puños apretados cuando llegaron a la oficina de Valentina.
—Calma, amor. No te dejes provocar. Ahora lo importante es reunir la mayor cantidad de pruebas posible; eso le va a facilitar las cosas a Marcia cuando decida separarse de Rodrigo —Valentina intentó tranquilizarlo.
—Pobre Marcia, debe haber sufrido tanto todo este tiempo —la voz de Gabriel se quebró al pensar en su única hermana.
—Marcia ya sabe exactamente quién es Rodrigo. Ella misma está recopilando las pruebas, y estoy segura de que cuando llegue el momento va a actuar. Marcia no es ninguna tonta. Quédate tranquilo: ella puede con todos ellos —le aseguró Valentina a su prometido.
* * *
Marcia venía de regreso de su pastelería, caminando a pie rumbo a la casa. Siempre le pedía a su chofer que la dejara en la entrada del pasaje para no levantar sospechas; sería un problema si su marido o su familia la vieran bajarse de un auto de lujo.
—¿Ya vienes de regreso, Marcia? —la saludó doña Elena con amabilidad al verla pasar frente a la tienda.
—Sí, doña Elena —respondió Marcia con una sonrisa.
—Ven, acércate un momento. Necesito comentarte algo —doña Elena le hizo señas para que se detuviera.
—¿Qué pasó? —preguntó Marcia intrigada. Por el tono, parecía algo serio.
—Tu suegra vino hoy en la mañana y compró una barbaridad de cosas: carnes, pollo, mariscos, de todo. Dijo que era para la semana completa. El total pasó de ciento cincuenta dólares y solo pagó treinta. El resto me dijo que te lo cobrara a ti —doña Elena le contó lo ocurrido.
—¡Dios mío, doña Elena! ¿Y por qué tendría yo que pagarlo? Si ella fue la que compró —Marcia se negó de inmediato a cargar con la deuda de su suegra.
—¿Entonces qué hacemos, Marcia? Yo también necesito ese dinero para reponer la mercancía —preguntó doña Elena, preocupada.
Marcia se quedó pensativa un instante. Le daba lástima doña Elena, pero tampoco iba a pagar. Si seguía usando su dinero para cubrir los gastos de Rodrigo y su familia, se iban a seguir aprovechando de ella eternamente.
—Mire, doña Elena, yo no tengo con qué pagarle. Pero usted puede ir directamente a la casa y cobrárselo a Rodrigo el día que le paguen. Generalmente le depositan el dos de cada mes —ofreció Marcia como solución.
—Bueno, entonces voy a ir a tu casa el día dos. Eso sería en dos semanas, ¿verdad? —calculó doña Elena echando un vistazo al calendario colgado en la pared de la tienda.
—Sí, doña Elena, cóbreselo directamente a Rodrigo. Discúlpeme que yo no pueda pagarle —Marcia se sentía apenada.
—No te preocupes, Marcia. Yo entiendo tu situación —doña Elena asintió con una sonrisa comprensiva.
—Bueno, doña Elena, ya es tarde. Me voy a la casa —Marcia se despidió.
—Ándale, Marcia. Y perdóname por habértelo cobrado a ti primero —doña Elena también se disculpó.
—No se preocupe, doña Elena —Marcia se alejó de la tienda rumbo a la casa de sus suegros.
Cómo se le ocurre pretender que yo pague. Ella compró y yo tengo que poner el dinero. Que vea lo que es hacer el mandado ella solita, a ver si todavía cree que cinco dólares al día alcanzan para darle de comer a toda su familia, pensó Marcia con amargura.
Marcia ya no estaba dispuesta a gastar ni un centavo en ellos. Durante todo ese tiempo había cubierto los gastos con su propio dinero, y ni así la valoraban. Al contrario: la humillaban a diario llamándola pobre y muerta de hambre.
Y como si fuera poco, Rodrigo la engañaba a sus espaldas. Marcia ya conocía toda la podredumbre de su marido y su familia. Poco a poco, lo que alguna vez sintió por Rodrigo se iba apagando.
—Buenas tardes —saludó Marcia al cruzar la puerta.
Doña Carmen, que estaba en la sala pegada al celular, apenas levantó la vista un instante. Ni se molestó en contestar el saludo.
—Marcia, ven acá. Quiero hablar contigo —la voz de doña Carmen la detuvo en seco.
—¿Qué se le ofrece, señora? —preguntó Marcia, fingiendo no saber nada.
Ya sabía perfectamente que su suegra iba a pedirle que pagara la deuda en la tienda de doña Elena. Pero no pensaba hacerlo. Ni ahora ni nunca.
—Hoy fui a comprar provisiones para toda la semana, pero me faltó dinero. Paga tú lo que falta, arréglalo con doña Elena —le soltó doña Carmen como si nada.
Tal como Marcia lo había anticipado. Doña Carmen quería endilgarle la deuda.
—Disculpe, señora, pero no puedo pagarlo. No tengo dinero. Rodrigo ya no me da nada —Marcia rechazó la petición de su suegra sin titubear.