Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.
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Capítulo 6: Jaque al rey
La atmósfera en la terraza de L’Ambroisie se volvió tan densa que el sonido de una aguja al caer habría parecido una explosión.
Alexander miraba la mano de Bastián entrelazada con la de Elena con los ojos ardiendo de rabia. Sentía un impulso salvaje de abalanzarse sobre la mesa y romperle la mandíbula al suizo allí mismo. Sin embargo, en el instante en que sus pies dieron medio paso hacia adelante, dos empleados del restaurante, discretos pero de contextura imponente, aparecieron a sus espaldas con una cortesía milimétrica.
—Señor Foster —dijo el maître en un susurro impecable, inclinándose apenas—. Le recordamos que el reglamento de nuestro club exige preservar la tranquilidad y privacidad de nuestros comensales en el área de terraza. Si no tiene una reserva asignada, debemos rogarle que nos acompañe al salón del bar.
Alexander apretó los dientes con tanta fuerza que le crujió la mandíbula. Fue un golpe seco a su vanidad: ser tratado como un intruso vulgar en uno de los lugares donde solía reinar.
Clavó la mirada en Elena por última vez, buscando desesperadamente un destello de la chica que una vez lo miró con adoración. No encontró nada; solo la calma gélida de una mujer a la que ya no le importaba su existencia.
—Esto no ha terminado, Elena —soltó él, con la voz ahogada en una mezcla de resentimiento y suplica reprimida—. No tienes idea del error que estás cometiendo.
—El único error que cometí en mi vida duró diez años y lo firmé esta mañana ante un juez, Alexander —respondió ella con una voz aterciopelada y letal—. Ahora, hazte un favor y vete con algo de dignidad.
Alexander dio media vuelta con una furia sorda que le incendiaba las venas y abandonó la terraza a zancadas, sintiendo las miradas discretas del personal y de los socios VIP clavándose en su espalda como alfileres al rojo vivo.
Cuando el eco de sus pasos desapareció en el vestíbulo, la terraza recuperó su murmullo relajado.
Elena, respirando hondo para calmar el latido rápido de su pulso, bajó la vista hacia su mano. Bastián no la había soltado; sus dedos seguían envolviendo los de ella con un calor firme, reconfortante y seguro.
Con un movimiento suave y medido, Elena retiró la mano, apoyándola sobre su falda.
—Lamento el espectáculo, Bastián —dijo ella, con una media sonrisa apenada—. Alexander suele creer que el mundo entero es una pista de aterrizaje diseñada para su conveniencia.
Bastián apoyó los codos en la mesa, mirándola con esos ojos azules plateados que parecían traspasar cualquier defensa. Su sonrisa era tranquila, desprovista del sarcasmo con el que había destruido a Alexander.
—No tienes nada de qué disculparte, Elena —respondió él, con una voz profunda que le erizó la piel—. Aunque debo confesarte algo.
—¿Qué cosa?
—Tomar tu mano no fue solo una maniobra para alejar a un arrogante que no sabe perder —admitió él, sin titubear, con una sinceridad aplastante—. Llevaba toda la noche deseando hacerlo.
Elena sintió cómo un rubor tibio le teñía las mejillas. Estaba acostumbrada a que los hombres alabaran sus fórmulas, a que sus colegas debatieran sus teorías o a que los inversores calcularan su valor en dividendos. Pero la franqueza de Bastián tenía un filo distinto: la miraba como a una mujer hermosa, deseable y fascinante, sin ocultarlo detrás de metáforas cobardes.
—Eres peligroso, Bastián —dijo ella, tomando su copa de vino para esconder una sonrisa que amenazaba con ensancharse—. Vinimos a hablar de la red de distribución de Catharanthus-M.
—Y hablaremos de eso —concedió él, inclinándose un poco más hacia ella, con una luz divertida bailando en su mirada—. Pero también hablaremos de nosotros. En tres días es la Gran Gala Anual de Biotecnología y Farmacogenética en el Palacio de Bellas Artes. Toda la élite médica e industrial de dos continentes estará allí para el lanzamiento formal de tu patente. Sería un honor para mí ser tu acompañante oficial.
Elena lo miró fijamente. Sabía perfectamente lo que significaba aparecer del brazo de Bastián Vance en el evento del año: era una declaración de guerra abierta contra cualquier rival comercial, pero también una señal contundente al círculo social de Alexander de que ella no era la víctima abandonada de un matrimonio fugaz, sino la reina de su propio tablero.
Y más allá de la estrategia, una pequeña chispa, vibrante y rebelde en su corazón, deseaba pasar esa noche con él.
—Acepto, señor Vance —dijo Elena, alzando su copa—. Pero le advierto que la prensa de negocios intentará devorarnos vivos.
—Que lo intenten —repuso Bastián, chocando suavemente el cristal contra el de ella—. Ninguno de ellos sabe lo que se siente tener a la mujer más codiciada de la ciudad a su lado.
Mientras tanto, en el piso principal de la residencia Foster, el silencio era cortado por el estruendo de un bastón de caoba golpeando con violencia el suelo de mármol.
—¡¿Hiciste qué?! —el grito del patriarca William Foster hizo temblar las lámparas de cristal de Murano en el salón principal.
Alexander estaba de pie junto a la chimenea apagada, con el saco arrojado sobre un sillón, desaliñado y bebiendo bourbon directo de un vaso bajo. Tenía las ojeras marcadas y los ojos inyectados en sangre.
—Firmé el divorcio, padre —repitió Alexander con fastidio seco, intentando mantener su máscara de frialdad—. Era una farsa de todas formas. Ella no quería estar casada conmigo y yo no tenía ningún interés en fingir un matrimonio que nunca existió.
—¡Idiota! ¡Pedazo de arrogante ciego! —estalló el anciano, acercándose con el rostro enrojecido por la furia—. ¿Crees que ese matrimonio era un capricho mío? ¿Tienes la menor idea de lo que esa niña acaba de lograr?
—Sé perfectamente lo que logró —escupió Alexander, recordando las revistas y el expediente—. Su patente de alcaloides. Buen trabajo científico, nada que nuestro departamento legal no pudiera haber gestionado sin necesidad de un anillo.
—¡No es un «buen trabajo», imbécil! —rugió su padre, arrojándole una carpeta financiera que cayó desparramada a sus pies—. ¡Es la revolución oncológica más grande de los últimos veinte años! El consorcio suizo de los Vance acaba de cerrar una alianza estratégica preliminar con ella. Si esa patente se asocia a la logística europea en lugar de a nuestras aerolíneas de carga, acabas de regalarle a nuestra mayor competencia un monopolio que valdrá miles de millones. ¡Y todo por tu maldito ego de niño mimado que no supo ver la joya que tenía sentada enfrente!
Alexander no respondió. No le importaban los miles de millones. No le importaba el monopolio ni la logística de carga aérea. Lo único que le taladraba el pecho, una y otra vez, era la imagen de la mano de Bastián entrelazada con la de Elena. El recuerdo de la sonrisa que ella le había dedicado a ese hombre.
—No la perdiste por dinero, Alexander —agregó su padre con una voz más baja, cargada de una decepción aplastante—. La perdiste porque fuiste demasiado estúpido para valorarla. Esa chica arriesgó su vida por ti en una selva cuando tú no eras nadie. Y tú la trataste como un trapo sucio. Si yo fuera ella, te habría escupido en la cara en lugar de darte un divorcio limpio.
El patriarca dio media vuelta y salió de la sala, dejando a su hijo solo en la penumbra.
Alexander apretó el vaso de cristal hasta que sus nudillos crujieron.
«No la perdiste», se dijo a sí mismo, con una determinación oscura y desesperada ardiéndole en el pecho. «No mientras yo siga respirando.»
No iba a permitir que Bastián Vance se quedara con ella. Si tenía que poner de rodillas a la mitad del mundo corporativo, si tenía que desmantelar su propia arrogancia piedra por piedra y rogar como un perro, lo haría. Pero Elena Morel volvería a ser suya.
Tres noches después, el Palacio de Bellas Artes relucía bajo miles de reflectores dorados.
La alfombra roja se extendía a lo largo de las escalinatas de mármol blanco, flanqueada por fotógrafos de revistas internacionales, ejecutivos de primer nivel y miembros de la diplomacia global. La Gran Gala Anual de Biotecnología era la cita cumbre del año, y los murmullos sobre la presencia de la joven doctora Morel y su alianza con el fondo Vance tenían a la prensa en un frenesí absoluto.
Un Rolls-Royce negro se detuvo frente a la entrada.
Cuando la puerta trasera se abrió, Bastián Vance descendió primero. Lucía imponente con un esmoquin de terciopelo azul medianoche, reloj de platino y una presencia aristocrática que atrajo de inmediato los flashes de las cámaras. Se giró con una sonrisa caballeresca y ofreció su mano enguantada al interior del coche.
La multitud pareció contener la respiración al unísono cuando Elena emergió del vehículo.
Llevaba un vestido de alta costura confeccionado en satén carmesí intenso, con un escote asimétrico que resaltaba la línea esbelta de sus hombros y una abertura lateral en la falda que revelaba una pierna perfecta a cada paso. El cabello rubio, peinado en suaves ondas vintage que caían sobre un lado de su cuello, dejaba al descubierto unos pendientes de esmeraldas y diamantes que hacían juego con sus ojos. No llevaba las viejas gafas; su mirada brillaba con una seguridad magnética, deslumbrante y serena.
—Estás para detener una guerra —susurró Bastián a su oído mientras ella apoyaba su brazo en el de él.
Elena sonrió, sintiendo el calor de su cuerpo cerca del suyo.
—Espero que esta noche solo firmemos la paz con los laboratorios europeos —bromeó ella con picardía, avanzando con gracia por la alfombra roja en medio de una tormenta ensordecedora de flashes.
Entraron al gran salón abovedado, donde una orquesta de cámara tocaba una sinfonía suave mientras camareros con guantes blancos servían champaña en copas de cristal cortado. A cada paso que daban, ministros, directores de multinacionales y científicas de renombre se acercaban a felicitarlos, fascinados por la dupla que formaban: el poder financiero consolidado y el genio científico más deslumbrante de la nueva era.
Elena reía, conversaba con soltura en tres idiomas y debatía con una agudeza que dejaba mudos a los veteranos de la industria.
Y cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Bastián, sentía una descarga eléctrica recorrerle la columna. Él no se apartaba de su lado: una mano firme en la curva baja de su espalda, cuidándola del asedio de la prensa, anticipando cada una de sus necesidades con una atención devota que la hacía sentir el centro del universo.
De pronto, un murmullo incómodo comenzó a extenderse entre los invitados cerca de la entrada principal.
Elena sintió una tensión repentina en el ambiente y levantó la copa de champaña hacia sus labios justo cuando la música pareció quedar en segundo plano.
Alexander Foster cruzaba el arco del salón.
Llevaba un esmoquin negro impecable de corte italiano, pero su aspecto no era el del habitual heredero calculador y frío. Su corbata estaba ligeramente tensa en el cuello, su mandíbula apretada y sus ojos oscuros no buscaron a los diplomáticos ni a los socios comerciales de su aerolínea.
Barrió la sala con la ferocidad de un cazador herido hasta que sus ojos se clavaron directamente en ella.
Alexander se quedó petrificado en medio del pasillo. Verla en fotos o en un estacionamiento había sido un golpe brutal, pero verla allí, en su elemento, envuelta en ese vestido rojo fuego que abrazaba cada curva de su cuerpo y con la mano de Bastián Vance descansando con posesiva elegancia sobre su cintura, le destrozó el alma en pedazos.
La niña del bosque que le salvó la vida... la mujer que lo había amado en silencio... era la criatura más hermosa y poderosa de ese salón.
Y no era suya.
Alexander ignoró los saludos de los senadores a su paso y comenzó a cruzar el salón en línea recta hacia ellos, con una mirada tan desesperada, tan febril y descaradamente posesiva que las conversaciones a su alrededor se fueron apagando una a una, anticipando el choque inminente de dos imperios por el corazón de la mujer que ninguno estaba dispuesto a soltar.