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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: La resaca de la realidad y el portazo final

La luz cruda del desierto se filtró por las rendijas de los pesados cortinados de la suite, cortando la penumbra como una hoja de afeitar.

Antonella abrió los ojos despacio. El peso de un brazo firme sobre su cintura y el calor constante de una espalda ancha pegada a su cuerpo la anclaron de golpe a la realidad. Durante cinco segundos, el sopor del sueño la engañó con una sensación de paz idílica; pero entonces, la arandela de goma negra que apretaba su dedo anular y el dolor sordo en sus músculos le recordaron con brutal precisión lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas.

Había cruzado cuatro estados en un taxi desvencijado. Se había casado en una capilla de plástico. Y se había entregado en cuerpo y alma a un completo desconocido por el que su corazón, traicionero y rebelde, ahora latía a un ritmo desquiciado.

Giró la cabeza con extrema lentitud. Andrew seguía profundamente dormido, con el rostro hundido en la almohada y mechones oscuros cayéndole sobre la frente. Desprovisto de la mirada calculadora y la sonrisa arrogante con la que manejaba la carretera, parecía casi vulnerable. La línea de sus hombros desnudos y las marcas tenues que las uñas de ella habían dejado en su piel hicieron que a Antonella le ardiera el cuello por una oleada de vergüenza y deseo tardío.

«Es un contrato, Antonella. No seas idiota», se repitió a sí misma con la severidad de un látigo mental. «Fue el alcohol, el pánico y la adrenalina. No confundas un salvavidas con un puerto seguro».

Con un cuidado milimétrico, deslizó el brazo de él fuera de su cuerpo y se deslizó hacia el borde del colchón. Se vistió en silencio absoluto en el baño: los mismos vaqueros, las botas y la chaqueta de motociclista. Al lavarse la cara con agua helada, contempló sus pupilas dilatadas en el espejo. No había vuelta atrás. La guerra apenas comenzaba.

Regresó a la habitación en puntas de pie. Sobre la mesa auxiliar de cristal descansaba la carpeta oficial de cartulina dorada entregada por el condado de Clark, con los sellos del estado de Nevada aún frescos. No la abrió para escudriñar los detalles legales; para ella, ese documento era simplemente una ojiva nuclear con la que pensaba hacer volar por los aires el imperio de su padre.

Abrió su maleta de lona, sacó el sobre con el dinero en efectivo que había prometido y contó con dedos firmes cien billetes de cien dólares. Diez mil dólares exactos. Colocó el fajo sobre la mesa de noche, justo al lado del reloj de titanio de Andrew, sosteniéndolo con un vaso de cristal para que el aire acondicionado no lo volara.

Por un segundo, sus dedos rozaron la arandela de goma en su mano. La lógica le exigía quitársela y dejarla junto al dinero como símbolo del fin del acuerdo, pero un nudo amargo en la garganta se lo impidió. Se deslizó la gomita negra hasta el nudillo, la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta junto al pasaporte y miró a Andrew por última vez.

—Gracias por el viaje, Drew —susurró con una voz apenas audible que se quebró al final.

Cerró la puerta de la suite con un chasquido suave y casi imperceptible.

Seis horas después, el avión comercial de línea regular aterrizaba en el aeropuerto LaGuardia bajo un cielo encapotado y un viento otoñal que barría las pistas con ferocidad.

Antonella no tomó un taxi cualquiera; contrató un auto de alquiler con chofer privado para que la llevara directamente al Upper East Side. A medida que las avenidas de Manhattan se estrechaban hacia la exclusiva zona residencial de su infancia, sentía cómo una armadura de hielo se cerraba sobre su pecho. Ya no era la muchacha que temblaba en la biblioteca de la mansión. Tenía un acta matrimonial en el bolsillo y la certeza absoluta de que su vida le pertenecía únicamente a ella.

El sedán negro se detuvo frente a las verjas de hierro de la residencia Belmont. Los dos guardias de la entrada se quedaron de piedra al verla descender por sus propios medios, vestida de cuero negro y con una maleta de lona colgada del hombro. Ninguno se atrevió a frenarle el paso; el apellido que llevaba todavía pesaba más que cualquier orden interna.

Cruzó el vestíbulo principal. Las puertas dobles de la sala de estar estaban abiertas de par en par.

Dentro, la escena era un hervidero de tensión. Richard Belmont caminaba de un lado a otro frente a los ventanales con un teléfono celular pegado a la oreja, mientras dos abogados de la firma revisaban documentos frenéticamente sobre la mesa de centro. En un rincón, Eleanor Belmont sollozaba sobre un pañuelo de lino, con una copa de calmantes a medio consumir en la mano.

—¡Me importa un carajo si tienen que registrar cada morgue de la costa este! —rugía su padre al teléfono con la voz ronca por la furia—. ¡Arthur Prescott exige una respuesta hoy mismo o cancelará el crédito puente del consorcio! Si esa mocosa insolente cree que puede...

—No hace falta que busques en ninguna morgue, papá. Estoy aquí.

La voz de Antonella cayó sobre la estancia como una granada de fragmentación.

Richard cortó la llamada en seco, dejando caer el teléfono sobre la alfombra. El silencio que siguió fue sepulcral. Eleanor se puso de pie de un salto, ahogando un grito con el pañuelo, mientras los dos abogados se enderezaron como resortes, retrocediendo hacia la pared para salir de la línea de fuego.

—¿Dónde demonios estabas? —preguntó Richard, avanzando hacia ella con los puños cerrados y los ojos inyectados en sangre. El temblor en su mandíbula delataba una cólera que jamás había visto en él—. ¡Dejaste plantada a la familia Prescott en The Gilded Cellar! ¡Arthur Prescott estuvo esperando sentado en ese salón durante dos horas hasta que se marchó amenazando con destruir nuestras acciones en la bolsa! ¿Tienes idea de la humillación? ¿De las pérdidas financieras que esto representa?

—Las tengo perfectamente claras —respondió Antonella sin pestañear, sosteniéndole la mirada con una frialdad glacial—. Y no me importa lo más mínimo.

—¡Insolente! —bramó Richard, levantando una mano como si fuera a abofetearla, aunque se contuvo en el último segundo al ver que ella ni siquiera retrocedió—. ¡Irás de rodillas a la Torre Prescott ahora mismo! Te pondrás el vestido que te compró tu madre, le pedirás disculpas al señor Prescott y firmarás el acta de compromiso antes de que termine la tarde, o juro por Dios que te despojo de cada centavo que llevas encima.

Antonella esbozó una sonrisa desprovista de calidez. Una mueca desafiante, cargada de desprecio.

—No voy a pedirle disculpas a nadie. Y mucho menos voy a casarme con ese viejo decrépito con bastón al que llamas socio comercial.

—¡Es el hombre más poderoso de este país! —gritó Eleanor desde el sofá, temblando—. ¡Iba a darte un imperio, Antonella! ¿Cómo puedes ser tan egoísta?

—Porque ya no estoy disponible para sus subastas —sentenció Antonella con una voz clara y cortante que resonó en todo el salón.

Metió la mano con calma en el bolsillo de su chaqueta y sacó la carpeta dorada de Nevada. Con un movimiento seco, arrojó el documento sobre la mesa de centro, haciendo que se deslizara sobre los balances de los abogados hasta chocar contra el borde de madera.

—¿Qué basura es esta? —escupió Richard, mirando el membrete con desconfianza.

—Es mi certificado de matrimonio legal —declaró Antonella, con el mentón en alto y los hombros firmes—. Me casé anoche en Las Vegas. Con un hombre que no pertenece a sus clubes de campo, que no tiene un imperio y que no me mira como si fuera un activo comercial. Me casé con un taxista.

El impacto de las palabras paralizó el aire de la habitación.

Richard se inclinó despacio, como si el papel sobre la mesa fuera un explosivo a punto de detonar. Vio el sello oficial del estado de Nevada, la fecha estampada y las firmas certificadas. Cegado por un odio visceral y un orgullo herido que le nublaba la vista, ni siquiera se detuvo a leer la tipografía cursiva que detallaba los nombres completos de los cónyuges. La sola mención de Las Vegas y de un chofer callejero bastó para que su mente aristocrática colapsara en un estallido de asco incontrolable.

—Un... ¿un taxista? —susurró Richard, y su voz pasó de la furia a un veneno bajo y letal. Tomó la carpeta y, sin abrirla para revisar los registros anexos, la arrojó al suelo con desprecio absoluto—. Destruiste veinticinco años de alianzas estratégicas por un capricho de cama en un motel barato. Has arrastrado el apellido Belmont al fango más repugnante de la historia.

—Arrastré mi propia vida fuera de su matadero —corrigió ella.

Richard enderezó la espalda y clavó en ella una mirada de puro repudio. Ya no era un padre mirando a su hija; era un juez dictando una sentencia de muerte civil.

—A partir de este segundo, dejas de existir para esta familia.

—Richard, por favor... —gimió Eleanor, pero su marido levantó una mano tajante para callarla.

—No tienes apellido. No tienes herencia. No tienes fideicomiso ni cuentas bancarias. Ordenaré la cancelación inmediata de todas tus tarjetas de crédito y el bloqueo de tus fondos en menos de diez minutos. Y no te atrevas a buscar trabajo en ninguna firma financiera de esta ciudad, porque me encargaré personalmente de que no puedas conseguir empleo ni como cajera de supermercado en todo el estado de Nueva York.

Antonella sintió el golpe helado de sus palabras, pero no bajó la cabeza. Sabía que esta sería la factura de su libertad, y estaba dispuesta a pagarla hasta el último centavo.

—Tu imperio está podrido por dentro, papá —dijo ella con una serenidad que terminó de enloquecerlo—. Quédense con su dinero y sus contratos. Yo prefiero empezar de cero con las manos vacías antes que vender mi dignidad por sus acciones.

Se inclinó despacio, recogió la carpeta dorada del suelo y se la guardó bajo el brazo. Ajustó la correa de su maleta sobre el hombro, dio media vuelta y caminó hacia las puertas principales.

—¡Si cruzas ese umbral, Antonella, estás muerta para nosotros! —rugió Richard detrás de ella—. ¡Muerta!

El portazo de hierro forjado al cerrarse a sus espaldas fue la única respuesta que le dio al hombre que creyó ser su dueño.

Salió a la calle bajo la llovizna fría de Manhattan. El aire húmedo le golpeó las mejillas, limpiándole los restos de tensión. Respiró hondo, sacó el teléfono descartable que había comprado en la terminal de LaGuardia y marcó el número encriptado que Antony Harrington le había grabado a fuego en la memoria.

El tono de llamada apenas sonó dos veces antes de que una voz aristocrática y preocupada respondiera al otro lado de la línea:

—¿Antonella? Dime que estás bien.

—Antony... —susurró ella, y por primera vez en todo el día, una lágrima solitaria se le escapó por la mejilla, cortando la máscara de hierro—. La bomba explotó. Me desterraron. Necesito ese boleto de salida ahora mismo.

1
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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