"Dicen que el amor a los veinte años es una promesa y a los cincuenta es una certeza. Pero ¿qué pasa cuando la certeza se rompe en mil pedazos? Después de treinta años de matrimonio, una traición pública y una depresión que amenazó con apagar su luz, Norielys Bustamante entendió que el fin de una historia no era el final de su vida, sino el despertar de su verdadera fuerza. Entre empresas familiares, hijos leales, amigas incondicionales y el implacable desprecio de la alta sociedad hacia el hombre que la traicionó, Norielys demostró que una reina nunca se queda sin corona, especialmente cuando la vida le regala un nuevo baile con el hombre menos esperado."
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Capítulo 20: El impacto de la portada y la furia del titán
El amanecer del día siguiente no trajo la calma que Norielys esperaba tras la tensa llamada de la tarde anterior. Al contrario, las primeras luces del alba se colaron por los ventanales de su despacho presidencial anunciando el preludio de una nueva tormenta. Habían pasado apenas unos minutos de las ocho de la mañana cuando el teléfono fijo de su escritorio comenzó a sonar de manera insistente, acompañado casi de inmediato por los zumbidos incesantes de su teléfono celular privado.
Norielys ignoró las llamadas, manteniendo la vista fija en la pantalla de su computadora mientras repasaba unos contratos corporativos. Ignoraba por completo el revuelo que se estaba gestando afuera. Su asistente personal, que desconocía por completo el romance clandestino y las salidas nocturnas de su jefa con el magnate, se limitaba a gestionar las llamadas entrantes con la profesionalidad de siempre.
Sin embargo, la puerta del despacho se abrió de golpe sin previo aviso. Por el umbral ingresaron sus inseparables amigas —Margarita, Azucena y Sandra— con los rostros desencajados, pálidas y con una profunda expresión de preocupación reflejada en cada gesto. Margarita, que sostenía en sus manos temblorosas un ejemplar recién impreso de la revista de espectáculos y prensa rosa más influyente del país, avanzó con pasos apresurados hacia el escritorio.
—Norielys... mi vida, abre los ojos y respira hondo antes de ver esto —balbuceó Margarita con la voz rota por el nerviosismo, extendiendo la revista abierta directamente sobre la madera oscura del escritorio.
Norielys levantó la vista, extrañada y a la defensiva por la intempestiva entrada de sus amigas. Bajó la mirada hacia la plana principal y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones de un golpe seco, como si le hubieran propinado una estocada directa al corazón.
A todo lo ancho de la página, con letras catástrofes y titulares en negrita, se leía:
«¡ESCÁNDALO EN LA ALTA SOCIEDAD! El magnate Julio Maldonado se casa con su fiel y gran amiga Natasha Contreras tras un apasionado romance secreto»
Debajo del titular, ocupando media página, la fotografía incriminatoria mostraba con aparente nitidez el preciso instante en que Natasha Contreras aparecía prácticamente colgada del cuello de Julio, con los rostros tan juntos que simulaban un beso apasionado en la comisura de los labios, justo en la salida del restaurante donde se habían cruzado el día anterior.
Norielys sintió que el mundo se le venía abajo. Las imágenes del pasado, el dolor de la traición de Darío y la cruda sensación de haber vuelto a confiar en un hombre que jugaba a dos bandas se precipitaron sobre ella como una avalancha incontenible. La ira, fría y afilada, desplazó de inmediato cualquier rastro de tristeza.
Antes de que pudiera pronunciar palabra, la puerta del despacho se abrió nuevamente con ímpetu. Por ella ingresaron sus dos hijas, Daniela y Noris, quienes habían corrido desde la universidad y la casa con los ojos anegados en lágrimas, corriendo a abrazar a su madre con desesperación.
—¡Mamá! ¡Vimos la noticia en internet en la entrada del edificio! ¡No lo puedo creer, ese maldito es igual a papá! —sollozó Daniela, estrechándola con fuerza, mientras Noris acariciaba el hombro de su madre con infinita compasión.
Norielys se quedó petrificada por una fracción de segundo, rodeada por el amor protector de sus hijas y la furia contenida de sus fieles amigas. Sin perder un solo segundo, arrebató su teléfono celular de la mesa, buscó el contacto de Julio Maldonado y marcó con furia, activando el altavoz para que todas escucharan. La llamada dio dos tonos antes de que una voz masculina, grave, alterada y completamente desesperada respondiera al otro lado de la línea.
—¡Norielys! Por Dios, no me cuelgues, déjame explicarte... —comenzó Julio de inmediato, con la respiración acelerada.
—¿Explicarme qué, Julio? ¿Explicarme que tienes una doble vida mientras te paseas conmigo fingiendo un respeto que no existe? —bramó Norielys con una voz temblorosa de rabia pura, interrumpiéndolo de tajo frente a su familia y amigas—. ¡Eres un cínico igual o peor que mi exesposo! ¡¿Cómo te atreves a verme la cara de estúpida de esa manera?!
Al otro lado de la línea, Julio se quedó petrificado por un instante antes de procesar la furia desatada.
—¿De qué demonios estás hablando, Norielys? ¿Qué te pasa? —preguntó Julio con la voz tensa, sin entender el motivo de semejante explosión.
—¡No te hagas el cínico conmigo! ¡La portada de la revista de hoy está en todo el país! ¡Tú y tu amiguita Natasha Contreras abrazados, besándome las narices y anunciando una supuesta boda! —le gritó Norielys con los ojos anegados en lágrimas de pura indignación, sin importarle perder la compostura frente a sus hijas—. ¡Se acabó, Julio! ¡Se acabó el juego, se acabó el baile y se acabó esta farsa! No vuelvas a llamarme en tu vida.
—¡Norielys, espera, es una maldita trampa! ¡Yo no me he besado con Natasha! ¡Esa foto está manipulada o tomada desde un ángulo malintencionado saliendo del restaurante! ¡Te lo juro por la memoria de mi madre! —bramó Julio con desesperación, sintiendo que el suelo se le abría bajo los pies al comprender la magnitud del desastre mediático.
—¡No te creo ni una sola palabra! ¡Las mentiras tienen el mismo tono de voz, Julio! ¡Adiós para siempre! —sentenció Norielys con una frialdad implacable, cortando la llamada de inmediato y apagando el teléfono celular para evitar cualquier otro intento de comunicación.
En su mansión del acantilado, Julio Maldonado apartó lentamente el teléfono de su oreja. El pitido constante de la línea muerta resonó en la habitación como un eco fantasmal. La furia se apoderó de él de una manera descontrolada; arrojó el aparato contra la pared de cristal, haciéndolo añicos en mil piezas.
—¡Natasha... me las vas a pagar! —bramó Julio con los ojos inyectados en sangre, tomando su saco del respaldo de la silla y saliendo a zancadas de su despacho.
La guerra abierta entre la prensa, los celos y la maldad de terceros acababa de estallar, poniendo a prueba la resistencia de dos almas que creían haber encontrado la paz definitiva.