Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 5: El primer quiebre de la armadura
El pasillo entero pareció contener el aliento cuando la silueta de Matteo irrumpió con la furia de un vendaval. La vena en su frente pulsaba con fuerza y su mano, aún apoyada sobre el arma oculta en su chaqueta, prometía consecuencias nefastas. Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso más hacia Chiara, una voz anciana pero de una potencia atronadora rasgó el ambiente.
—¡Matteo Vitale, cállate la boca de una buena vez!
El grito no vino de ningún enemigo, sino de Alonzo. El viejo patriarca salió de la sala de juntas a pasos agigantados, con el rostro rojo de pura indignación. Se interpuso de golpe entre su hijo y Chiara, encarando al Capo con un dedo acusador a solo centímetros de su pecho.
—¡Mira lo que haces, animal! —reprochó Alonzo en un bramido que hizo temblar las paredes—. ¡Entras gritando como un demente en tu propia casa comercial y lo único que logras es aterrorizar más al niño! ¡Míralo!
Matteo se frenó en seco, con el pecho agitado. Al bajar la mirada hacia la consola de madera, la realidad le dio un golpe de agua fría: Leo se había vuelto a encoger, apretando las manos contra sus oídos y temblando de nuevo, asustado no por Chiara, sino por la repentina explosión de ira de su propio padre.
—Padre, yo solo... —intentó justificar Matteo, con los puños apretados y los nudillos blancos.
—Tú nada. No viste nada de lo que pasó aquí —lo cortó Alonzo con severidad, tomándolo con firmeza por el brazo para obligarlo a girar—. Estás ciego de paranoia, Matteo. Vas a venir a tu despacho conmigo ahora mismo y me vas a escuchar. Edans, Alejandro, adentro también. Todos.
—No voy a dejar a Leo solo en el pasillo —dijo Matteo en tono bajo y peligroso, zafándose del agarre de su padre.
—No está solo. Está con la hija de Giordano —sentenció Alonzo, dándole un empujón firme en dirección a la oficina presidencial—. Y por primera vez en años, el niño no estaba intentando huir de alguien. Camina, dije.
Matteo lanzó una última mirada cargada de advertencia hacia Chiara, pero la joven ni siquiera lo estaba mirando a él; su atención entera había vuelto a concentrarse en la pequeña figura escondida tras el mueble. Con la mandíbula apretada y una tormenta de desconcierto sobre la cabeza, el Capo no tuvo más remedio que entrar a su despacho, seguido por su padre, Alejandro y Edans, dejando la puerta entornada unos milímetros.
Afuera, en la tranquilidad recuperada del pasillo, Chiara esperó a que los pasos pesados de los hombres se alejaran. Suspiró despacio, se despojó del saco de vestir azul marino y lo dejó a un lado sobre la alfombra, quedando solo en la delicada blusa de seda que marcaba la firmeza de sus hombros y la amplitud de sus caderas.
Sin hacer ruido, se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, exactamente a un metro y medio de distancia de la consola de madera. No intentó acorralar al niño ni se estiró para tocarlo. Simplemente abrió su carpeta de trabajo, sacó un pequeño bolígrafo metálico desmontable que siempre llevaba consigo y comenzó a manipularlo con calma.
—Tu papá tiene unos pulmones increíbles, ¿verdad? —comentó Chiara en voz baja, divertida, sin mirar directamente al escondite de Leo—. A veces se me olvida que le gusta rugir como si fuera el dueño del zoológico. Pero no te preocupes, el señor Oso y yo ya estamos acostumbrados a la gente ruidosa.
Leo, desde la penumbra del mueble, retiró lentamente las manos de sus orejas. Sus grandes ojos oscuros observaron las manos de la mujer.
Chiara no le pidió que hablara, ni le insistió para que saliera. En lugar de eso, comenzó a desenroscar el mecanismo del bolígrafo metálico, haciendo sonar suavemente el muelle interior. Hizo girar la pieza diminuta entre sus dedos con una agilidad impresionante, encajando el resorte de nuevo con un chasquido limpio.
—En mi taller tengo piezas mucho más divertidas que esta —continuó ella con un tono pausado y cálido, haciendo rodar la tapa dorada sobre la alfombra, exactamente a mitad de camino entre los dos—. A mi hermano Alejandro le tomó tres meses aprender a armar una pistola de presión. Yo lo aprendí en dos días cuando tenía tu edad. Es solo cuestión de encontrar la pieza que encaja, sin forzarla.
Dentro de la oficina, la discusión entre Alonzo y Matteo había quedado en un suspenso helado.
—¿Te estás escuchando, Matteo? —decía Alonzo en un susurro furioso cerca de la puerta entornada—. Saliste como un salvaje. La chica no le hizo absolutamente nada. Es más, yo estaba en la puerta y lo vi todo.
—Tropezaron, padre. Leo se cayó —insistió Matteo, caminando de un lado a otro detrás de su escritorio como un animal enjaulado.
—¡Se cayó porque venía distraído! —le espetó el anciano—. Pero lo que pasó después no lo has visto en siete años, hijo. La chica se agachó. No lo tocó, no le gritó, no le tuvo lástima. Le devolvió su juguete y... ¡por Dios, Matteo! ¡El niño le sonrió!
Matteo se detuvo en seco. Cada músculo de su cuerpo se tensó.
—¿Qué dijiste? —murmuró el Capo, con la voz apenas audible.
—Lo que oíste. Leo le sonrió —repitió Alonzo, mirando a su hijo a los ojos con una mezcla de conmoción y verdad—. Tu hijo no sonríe a nadie que no seas tú o yo. Ni a los guardias, ni a los médicos, ni a las mujeres que trabajan en la mansión. A nadie. Y hoy, con esa chica que llamas "cacatúa", el niño no solo no corrió a esconderse presa del pánico, sino que la miró y le regala una sonrisa.
Las palabras de su padre cayeron sobre Matteo como un impacto físico. Desconcertado, con el corazón latiéndole a un ritmo irregular que odiaba no poder controlar, el Capo caminó en completo silencio hacia la ranura de la puerta entornada. Se pegó al marco de madera, observando hacia el pasillo.
Lo que vio a través del resquicio lo dejó completamente mudo.
Chiara seguía sentada en el suelo. Había dejado las piezas del bolígrafo desarmadas sobre la alfombra. No estaba presionando a la criatura; simplemente jugaba con los mecanismos, tarareando una melodía suave sin la menor prisa.
Entonces, ocurrió el milagro.
La pequeña figura de Leo asomó del todo desde detrás de la consola de madera. El niño, que jamás permitía que un extraño estuviera a menos de tres metros de su presencia, dio un paso vacilante hacia adelante. Luego dio otro.
Se detuvo justo frente a la tapa dorada que Chiara había dejado en el suelo. Se agachó, recogió la pieza metálica con sus pequeños dedos y miró a la mujer.
Chiara no hizo ningún movimiento brusco para atraparlo. No intentó abrazarlo ni soltó ninguna exclamación exagerada. Tan solo le dedicó una sonrisa dulce, abrió la palma de su mano sobre la alfombra y le mostró el muelle.
Leo se acercó un paso más, se hincó de rodillas frente a ella a una distancia prudente y, con una precisión asombrosa para sus siete años, imitó exactamente el movimiento que le había visto hacer a Chiara momentos antes: encajó la tapa dorada sobre el resorte hasta escuchar el chasquido.
Chiara soltó una pequeña risa ahogada, suave como una caricia.
—Te lo dije —musitó ella, guiñándole un ojo al pequeño—. Eres mucho más inteligente que todos los hombres ruidosos que trabajan en este piso.
Leo no habló, pero no se echó hacia atrás. Se quedó allí, sentado a su lado, fascinado por las piezas metálicas y por la calidez de la mujer que no le exigía palabras para aceptarlo.
Detrás de la puerta, Matteo se quedó petrificado. Su mano apretaba el marco de madera con tanta fuerza que los nudillos amenazaban con romper la superficie. Observó la escena con un nudo cerrado en la garganta y la mente envuelta en un caos absoluto.
La mujer a la que había tachado de insoportable, la "cacatúa parlanchina" que no dejaba de desafiarlo con su soltura y sus curvas sin disculpas, acababa de hacer en diez minutos lo que decenas de especialistas y años de paciencia no habían conseguido. Había cruzado el muro infranqueable del trauma de su hijo.
Una sensación extraña, peligrosa y profundamente desconocida comenzó a extenderse por el pecho del Lobo de Roma. La molestia inicial por la presencia de Chiara Romano acababa de transformarse en algo mucho más complejo: un desconcierto absoluto que amenazaba con agrietar, para siempre, la armadura de hielo en la que había jurado vivir encerrado.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓