En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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Sombras a la puerta
La mañana transcurrió entre risas y la calidez de los suyos. Lucas entró corriendo en la alcoba de su abuela, con sus pequeños pasos que apenas lograban mantener el equilibrio, y se lanzó hacia sus brazos como si supiera que ella necesitaba sentir su calidez. Mariana lo alzó, sintiendo su cuerpecito ligero y su olor a jabón limpio y leche tibia, y lo abrazó con una fuerza que lo hizo reír. En su vida anterior, este niño había sido quien más sufrió: enfermo, asustado, separado de todos los que amaba antes de que la muerte lo llevara, demasiado pronto, demasiado solo. Al tenerlo ahora entre sus brazos, con sus mejillas rosadas y sus ojos brillantes, Mariana sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero esta vez no eran de dolor. Eran de gratitud.
—Abuela, ¿vamos al jardín? —preguntó Lucas, señalando la ventana con su manita—. Las flores están esperando.
—Por supuesto, mi cielo —respondió ella, besando su cabecita—. Vamos a verlas. Y tú me cuentas cuál es la más bonita de todas.
Claudia entró en ese momento, con su andar suave y su sonrisa dulce. Era una buena mujer, cariñosa y atenta, y Mariana siempre la había querido como a una hija propia. Al verlos juntos, su expresión se iluminó, pero también había una sombra de preocupación en sus ojos oscuros.
—Disculpen —dijo, acercándose para acariciar la espalda de su hijo—. No quiero interrumpir. Solo quería avisar que han llegado mensajeros de la capital. Traen una carta dirigida a Andrés. Parece ser del Consejo Imperial.
Mariana apretó instintivamente la manita de Lucas antes de soltarlo suavemente. Ya empieza, pensó, sintiendo cómo se le tensaba el pecho. En su memoria, esa carta era el primer paso. Una invitación a la corte, amable en apariencia, pero en realidad el lazo que empezaba a cerrarse alrededor de su familia. Respiró hondo, recuperando su compostura. No debía mostrar inquietud. No debía asustarlos.
—Gracias, Claudia —dijo con calma—. Dile a Andrés que pase a verme cuando haya leído la carta. Y no te preocupes, seguro no es nada que no podamos resolver entre todos.
Claudia asintió, aunque su expresión no se relajó por completo, y salió de la estancia. Poco después llegó Andrés, con el pergamino en la mano y el ceño levemente fruncido. Se sentó junto a su madre, sin leerla todavía, como si esperara que ella le indicara qué hacer. Esa confianza era su mayor tesoro, pero también lo que más temía perder.
—Es una invitación —dijo Andrés, finalmente rompiendo el sello de lacre rojo—. El Emperador nos invita a la fiesta de otoño en la capital. En tres semanas. Dice que hace demasiado tiempo que no visitamos la corte y que desea ver al duque y a su familia.
Mariana asintió, ya lo sabía. Raúl Peredo estaría allí, esperando. Observando. Tejiendo sus redes.
—Es una invitación que no podemos rechazar —dijo ella con tranquilidad—. Pero iremos preparados. Andrés, necesito que me prometas algo: durante nuestra estancia en la capital, no aceptarás ningún trato, ninguna propuesta comercial ni ninguna promesa de nadie sin habérmelo comentado primero a mí. ¿Entiendes?
Andrés la miró con curiosidad, pero no cuestionó su petición. Sabía que su madre tenía un instinto que rara vez se equivocaba.
—Se lo prometo, madre. Pero… ¿hay algo que debiera saber? ¿Algo que le preocupa?
—Solo precaución, hijo mío —respondió ella, acariciando su mano—. En la corte hay muchas sonrisas que no llegan al corazón. Y no todos tienen nuestras mejores intenciones en mente. Solo mantén los ojos abiertos y confía en mí. Todo saldrá bien.
Andrés asintió, aunque la preocupación no abandonó por completo su mirada. Se levantó para guardar la carta y avisar a Claudia de los preparativos del viaje. En cuanto salió, Teresa entró en la habitación y cerró la puerta con cuidado.
—He oído —dijo en voz baja—. ¿Es el momento, Doña Mariana? ¿Deberíamos hablar de ello?
Mariana caminó hacia la ventana, mirando hacia los campos que se extendían bajo el sol de la mañana.
—No puedo decirte todo, Teresa. Ni yo misma entiendo por qué tengo esta segunda oportunidad. Pero sé que debemos tener cuidado. Raúl Peredo estará en la fiesta. Y donde él está, hay engaño. Necesito que me ayudes a vigilar, a escuchar, a saber qué se dice de nosotros. Y también… necesito prepararme para hablar con Roberto Cáceres.
Teresa abrió los ojos con sorpresa.
—¿El Gran Duque? Es un hombre imponente, Doña Mariana. Dicen que es serio, que poco sonríe. Que tiene el oído del Emperador y que nadie lo desoye. ¿Cree que nos escuchará a nosotros?
—No lo sé —admitió Mariana con sinceridad—. Pero sé que es un hombre íntegro. En mi… recuerdo, nunca se dejó corromper. Nunca tomó partido sin conocer la verdad. Si logramos hablar con él antes de que Peredo envenene todo con sus mentiras, quizás tengamos una oportunidad. Solo una. Y no podemos equivocarnos.
Los días siguientes fueron una mezcla de rutina y preparación. Mariana revisó las cuentas de la casa, ordenó asuntos pendientes de la administración de las tierras y habló largo rato con sus arrendatarios y vecinos. Conocía cada detalle de lo que estaba por suceder, así que pudo advertir discretamente a quienes serían afectados por las falsas acusaciones de Peredo, sugiriéndoles guardar documentos y testigos. Nadie cuestionó sus consejos; la respetaban demasiado como para dudar de su palabra. Sin embargo, varios le comentaron en voz baja que Raúl Peredo había estado preguntando por los límites de las propiedades de Monteluna, por las rentas y por las deudas de algunos vecinos.
—No se preocupen —les decía ella con serenidad—. Todo está en orden. Solo mantengan sus papeles en regla y no firmen nada sin consultarme.
Cuando llegó el día de la partida, la pequeña comitiva estaba lista: el carruaje bien cuidado, los caballos descansados, y toda la familia reunida. Lucas, emocionado por el viaje, saludaba a todos desde la ventanilla mientras Claudia lo mantenía entre sus brazos. Andrés montaba a caballo junto al carruaje, con la espalda recta y la mirada atenta. Mariana viajaba en silencio, observando cómo los campos de Monteluna se quedaban atrás, transformándose poco a poco en caminos más anchos y pueblos más concurridos conforme se acercaban a la capital.
Al atardecer del tercer día de viaje, las murallas de la gran ciudad aparecieron ante ellos, imponentes y majestuosas. Las torres del palacio imperial brillaban con los últimos rayos del sol, y el río que atravesaba la ciudad reflejaba luces que empezaban a encenderse. Era hermosa, sí. Pero Mariana sabía que bajo esa belleza brillante se ocultaban pasillos oscuros, lenguas afiladas y ambiciones que podían devorar a familias enteras sin que nadie se atreviera a decir una palabra.
Se alojaron en la residencia familiar de los Mancilla, una casa digna pero modesta comparada con los palacios de los grandes nobles de la corte. Esa primera noche, mientras la familia descansaba tras el viaje, Mariana se asomó al balcón de su habitación. Desde allí podía ver, a lo lejos, la ventana iluminada de una de las torres del palacio. Algo le dijo que allí estaba él: Roberto Cáceres, trabajando aún cuando todos ya descansaban.
—Pronto nos conoceremos —susurró al viento—. Y espero que cuando lo hagamos, seas tan justo como dicen que eres. Porque esta vez, la verdad no estará sola. No dejaré que me la arrebaten de las manos.
Cerró los ojos un instante, tomando aire, y cuando los abrió, su mirada era firme. Mañana sería el primer día de verdad. Mañana vería a Raúl Peredo, escucharía sus mentiras amables, y tendría que sonreírle como si no supiera quién era en realidad. Pero también… mañana podría ser el día en que pusiera un pie en el palacio y pidiera audiencia con el hombre que cambiaría no solo el destino de su familia, sino quizás también el suyo propio.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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