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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 — La segunda niña

—No debiste volver, hija.

La voz de su padre se deslizó detrás de ella como un cuchillo sobre la piel. Valeria se quedó inmóvil, incapaz de respirar. Durante once años había intentado aceptar que aquella voz solo existía en sus recuerdos. Había escuchado a Gabriel Salvatierra decir su nombre cientos de veces: cuando era niña, cuando llegaba tarde a casa, cuando la felicitaba por alguna de sus investigaciones. Pero esa voz pertenecía al pasado. Su padre estaba muerto. Y, sin embargo, acababa de pronunciar la palabra que más había deseado escuchar desde su muerte.

—Papá...

Valeria se giró lentamente.

No había nadie.

El pasillo estaba vacío.

La puerta de la habitación 17 seguía cerrada y el hombre que había estado con ella había desaparecido. La linterna permanecía apagada en su mano. El silencio de la casa era tan profundo que podía escuchar su propia respiración.

—Papá, ¿eres tú?

Nadie respondió.

Valeria avanzó unos pasos y recorrió el pasillo con la mirada. No había ninguna puerta abierta, ninguna ventana por la que alguien pudiera haber escapado. La única salida estaba al fondo.

Entonces escuchó un ruido detrás de la puerta número 17.

Una respiración.

Lenta.

Profunda.

Valeria apretó la llave dentro de su mano.

No quería abrir.

Todo lo que había descubierto le decía que no debía hacerlo.

Pero también sabía que, si abandonaba aquella casa sin respuestas, jamás volvería a dormir tranquila.

Introdujo la llave en la cerradura.

La giró.

Clic.

La puerta se abrió.

La habitación estaba completamente oscura.

Valeria levantó la linterna y entró.

El aire era diferente.

Más frío.

El olor a humedad era intenso, pero debajo de él había otro aroma que reconoció inmediatamente: el perfume que utilizaba su padre.

Una fragancia amaderada que había desaparecido de su vida once años atrás.

Valeria cerró los ojos.

—Esto no puede estar pasando.

La luz de la linterna recorrió las paredes.

Las fotografías seguían allí.

Cientos de ellas.

Algunas mostraban a Valeria cuando era niña. Otras la mostraban durante su adolescencia. También había fotografías recientes, tomadas desde diferentes lugares: frente al edificio donde trabajaba, en una cafetería, entrando en su automóvil, caminando por una calle.

Alguien la había estado siguiendo durante años.

Valeria se acercó a una de las fotografías.

En ella aparecía con ocho años.

Estaba sentada en el suelo de la habitación.

Junto a ella había otra niña.

Las dos tenían el mismo rostro.

La misma mirada.

La misma cicatriz.

Valeria levantó la fotografía con manos temblorosas.

En la parte inferior aparecía una fecha.

14 de octubre de 1996.

La fecha de la desaparición.

Detrás de la fotografía encontró otra inscripción.

Valeria y Vera.

El nombre hizo que su corazón se detuviera.

—Vera...

Lo pronunció en voz baja.

Entonces algo golpeó la ventana.

Valeria se sobresaltó.

Se volvió rápidamente.

La ventana estaba cerrada.

Se acercó.

Afuera solo había árboles movidos por el viento.

Volvió a mirar la fotografía.

Valeria y Vera.

Por primera vez tenía un nombre.

Su hermana.

Si realmente había existido.

Guardó la fotografía en el bolsillo de su chaqueta y continuó buscando.

Sobre el escritorio encontró varios cuadernos.

El primero pertenecía a su padre.

La cubierta estaba deteriorada y en la primera página aparecía su nombre.

Gabriel Salvatierra.

Valeria se sentó en la silla.

Abrió el cuaderno.

La primera anotación estaba fechada tres meses antes de la desaparición.

3 de julio de 1996.

«He cometido un error. No debí aceptar este caso.»

Valeria pasó la página.

«Todos creen que se trata de una desaparición, pero no es así. La niña no desapareció. La niña fue escondida.»

Otra página.

«Hay dos niñas.»

Valeria dejó de respirar.

Continuó leyendo.

«Una de ellas es Valeria. La otra es Vera. Nadie debe saber que son hermanas.»

El cuaderno cayó de sus manos.

Valeria se levantó.

—No...

Volvió a recogerlo.

Las siguientes páginas estaban arrancadas.

Solo quedaba una frase escrita en la parte inferior de una de ellas.

«Si algo me ocurre, no confíes en Elena.»

Valeria sintió un escalofrío.

Elena.

Su madre.

Una nueva pieza acababa de caer sobre el tablero.

Tomó el teléfono y buscó el número de su madre.

Antes de llamar, encontró otro objeto dentro del escritorio.

Una pequeña grabadora.

Era antigua.

Tenía una etiqueta pegada.

14-10-96.

Valeria apretó el botón de reproducción.

Primero se escuchó estática.

Después apareció la voz de su padre.

—Son las once y cuarenta y siete de la noche. Estoy dentro de la casa. No sé cuánto tiempo tengo.

Valeria acercó la grabadora al oído.

—La niña está conmigo. Vera sigue en la habitación.

Se escuchó un golpe.

Gabriel respiró agitado.

—No quiere dejarla salir. Dice que una de las dos tiene que quedarse.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Su padre continuó.

—No sé quién es esa mujer. No sé qué quiere de ellas. Pero sé que ha estado aquí mucho antes de que nosotros llegáramos.

La grabación se interrumpió durante varios segundos.

Después volvió la voz.

—Si alguien encuentra esto, necesito que entiendan algo. La mujer de la habitación no es la víctima.

Valeria se quedó inmóvil.

La voz de Gabriel bajó hasta convertirse en un susurro.

—Ella es la razón por la que todos moriremos.

La grabación terminó.

Valeria presionó nuevamente el botón.

Nada.

La batería había muerto.

Guardó la grabadora.

Entonces escuchó un ruido en el pasillo.

Unos pasos.

Lentos.

Valeria apagó la linterna.

Se quedó completamente quieta.

Los pasos se acercaban.

Uno.

Dos.

Tres.

Se detuvieron frente a la puerta.

Valeria contuvo la respiración.

El pomo comenzó a moverse.

No podía abrirse.

La llave estaba en su mano.

El pomo volvió a girar.

Valeria retrocedió.

De pronto, alguien habló desde el otro lado.

—Valeria.

Ella reconoció la voz.

Era la de su madre.

—Mamá...

—Abre la puerta.

Valeria se acercó.

—¿Qué haces aquí?

—Abre.

Había algo extraño en la voz.

No era la forma en que su madre hablaba.

Era demasiado lenta.

Demasiado tranquila.

—Dime algo que solo tú y yo sepamos.

Silencio.

Valeria esperó.

—Valeria, abre la puerta.

—¿Qué me regalaste cuando cumplí diez años?

La persona detrás de la puerta no respondió.

Valeria sintió que el miedo le recorría el cuerpo.

—No eres mi madre.

La respiración del otro lado cambió.

Después llegó una risa baja.

—Siempre fuiste más inteligente de lo que tu padre pensaba.

Valeria retrocedió.

La voz cambió.

Ya no era la de su madre.

Ahora era la de una niña.

—¿Quieres conocerme?

Valeria cerró los ojos.

—¿Vera?

La niña comenzó a reír.

—Te tardaste mucho.

El pomo dejó de moverse.

Valeria abrió los ojos.

—¿Dónde estás?

—Aquí.

—¿Dónde?

—Detrás de ti.

Valeria se quedó helada.

No quería girarse.

No podía.

Pero algo la obligó.

Lentamente se volvió.

No había nadie.

Solo el espejo cubierto de polvo.

La sábana que lo cubría había caído al suelo.

Valeria miró su reflejo.

Estaba sola.

Entonces el reflejo sonrió.

Valeria no.

Retrocedió.

Su reflejo levantó lentamente una mano.

Valeria permaneció inmóvil.

La niña apareció detrás del reflejo.

Ocho años.

Vestido blanco.

Dos coletas.

La cicatriz sobre la ceja.

Vera.

Valeria se volvió rápidamente.

Nada.

Miró nuevamente el espejo.

La niña seguía allí.

—¿Por qué estás en el espejo?

La niña inclinó la cabeza.

—Porque tú saliste.

—¿De dónde?

—De aquí.

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