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Status: En proceso
Genre:Aventura / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: FuKagaku

Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.

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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 3

Tras terminar la pesada jornada de acarreo en los niveles inferiores, el trayecto de regreso por los pasillos de piedra de la servidumbre se volvió progresivamente sofocante. Por dentro, no había ningún flujo armónico de energía, ni destellos místicos, ni la presencia de qi, chi o cualquier tipo de fuerza interna atribuida a los practicantes de las artes marciales. La realidad era mucho más desprovista de magia: al provenir de un mundo ordinario regido por la biología estricta y la física sin atajos, la estructura interna del niño no poseía el menor talento para la manipulación mística. Para las reglas de este nuevo entorno, era simplemente un humano común, una existencia patética e incapaz de albergar las energías de este mundo.

Sin embargo, en la profundidad de su ser se desarrollaba un fenómeno caótico de naturaleza distinta. Un proceso descontrolado donde los valores positivos de la materia parecían ser consumidos por un flujo inestable de variables negativas. Aunque imperceptible para los ojos de los cultivadores y superiores, el espacio alrededor de su figura comenzaba a experimentar sutiles distorsiones visuales, manifestaciones intangibles que oscilaban entre matices de rojo rubí, tonalidades de rojo sangre y sombras negras de profunda densidad. Un desequilibrio que amenazaba con hacer colapsar el marco biológico de un cuerpo infantil de seis años.

El calor interno se volvió insoportable, similar a la sensación de estar sumergido en lava derretida. La falta de oxígeno contrajo sus pulmones, desencadenando un ataque de tos violenta. Las piernas de Daniel no sostuvieron más su peso y se desplomó sobre las losas frías del corredor, temblando convulsivamente mientras intentaba contener la respiración.

La caída no pasó desapercibida para el personal de servicio que transitaba por el sector. Dos mujeres encargadas de la lavandería del pabellón, al escuchar el impacto de los baldes y el sonido del colapso, acudieron de inmediato al lugar.

—¡El niño! —exclamó Meili, una joven de apenas dieciséis años de edad pero dueña de una belleza asombrosa y madura, de tez pálida como el marfil y cabello oscuro recogido en un moño bajo con un paño de cáñamo gastado, cuya mirada profunda y afilada reflejaba el cansancio de años de servidumbre forzada bajo el yugo de la secta.

A su lado, Lin, una muchacha de rostro redondo, facciones delicadas y una hermosura natural deslumbrante, con las manos ásperas por el contacto constante con la lejía, se arrodilló rápidamente para sostener los hombros del pequeño. Al rozar su frente, retiró la mano por la sorpresa del calor que emanaba de su piel de catorce años mentales atrapados en un frágil contenedor de seis.

—Está ardiendo, Meili. Tiene una fiebre enorme, no puede ni mantenerse en pie —dijo Lin con evidente preocupación en el rostro, mientras su impecable y juvenil semblante se contraía de angustia.

Entre ambas lo levantaron con cuidado, tomándolo por los brazos para trasladarlo a través del patio trasero hacia la habitación comunal de los criados. Aunque los altos cargos de la secta y los supervisores principales mantenían una postura de estricta indiferencia hacia la salud de la población servil, entre los mismos trabajadores existía un lazo silencioso de empatía, sabiendo que la pérdida de cualquiera de ellos solo incrementaría las cargas de trabajo sobre los demás.

Lo recostaron sobre el marco de madera de un catre sencillo, acomodando una cobija de lana basta sobre su pecho. Lin corrió hacia la palangana de barro para mojar un trapo en agua fría, colocándolo con delicadeza sobre la frente de Daniel, quien permanecía entreabriendo los ojos con la mirada perdida en el techo de vigas oscuras, incapaz de articular palabra alguna por el dolor de cabeza y la sequedad de la garganta.

—Traeré un poco de caldo de la cocina central antes de que el capataz Zhang pase a revisar las habitaciones —murmuró Meili en voz baja, ajustando la manta alrededor del cuerpo del niño con la elegancia innata de la realeza que ocultaba bajo sus harapos—. Si no se recupera para mañana, lo enviarán a las caballerizas exteriores o reducirán sus raciones.

—Quédate tranquilo —le susurró Lin a Daniel, cambiando el trapo caliente por uno recién exprimido, mientras su deslumbrante belleza juvenil se inclinaba con genuina ternura—. Tienes que descansar. Tu cuerpo no va a resistir si sigues cargando más de lo que debes a esta edad.

Sumergido en el sopor de la fiebre y escuchando los murmullos distantes de las dos jóvenes sirvientas que intentaban estabilizar su temperatura, Daniel cerró los ojos. Mientras su consciencia se nublaba progresivamente hacia el sueño, en su mente permanecía la fría certeza de que su fragilidad biológica actual y las perturbaciones invisibles de su interior requerirían un control analítico mucho más estricto si pretendía sobrevivir en los años venideros.

El sopor de la fiebre terminó por arrastrar la consciencia de Daniel hacia un abismo de absoluta desconexión física. Sin embargo, en lugar de hundirse en la nada o en el descontrol caótico de las pesadillas febriles, el letargo dio paso a un estado de claridad mental inusual: su primer sueño lúcido en este nuevo mundo.

Dentro de aquel espacio mental, plano y desprovisto de formas o estímulos externos, la mente analítica de Daniel continuó operando con total autonomía. Lo primero que acudió a su pensamiento fue la singular coincidencia de su propia existencia. A pesar de haber sido desplazado a una era indeterminada y a una geografía dominada por el rigor de una secta demoniaca, seguía conservando el mismo nombre, así como la precisión de su día y mes de nacimiento: el primero de octubre. Un hecho que parecía una paradoja matemática o una curiosidad estadística dentro del diseño de su destino.

No obstante, la mente de Daniel descartó rápidamente la nostalgia o la fijación por las coincidencias. Había un problema técnico mucho más urgente que resolver dentro de su propio análisis: la causa biológica y estructural de su colapso.

¿Por qué su cuerpo físico de seis años reaccionaba de una manera tan destructiva?

El dolor y la sensación de estar al borde de la disolución no eran una simple enfermedad infantil ni una reacción al esfuerzo físico. La respuesta yacía en la incompatibilidad fundamental entre la arquitectura de su alma —moldeada bajo las leyes estrictas y biológicas de un mundo real— y el desequilibrio inestable de variables que intentaba procesar su interior. Al no poseer un canal de qi para liberar o equilibrar la saturación, la masa de información negativa actuaba como un exceso de carga sobre un circuito sin masa, sobrecalentando los tejidos y haciendo temblar su estructura ósea hasta el límite del colapso.

En medio de esa penumbra lúcida, Daniel comprendió que si su cuerpo actual no encontraba la forma de contener, aislar o adaptar ese flujo inestable, el margen de resistencia de su marco biológico se agotaría mucho antes de alcanzar la madurez.

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FuKagaku
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