Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
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Capítulo 11
Capítulo 11 — Una amistad diferente
El lunes por la mañana, Mateo llegó a la universidad pensando que después del fin de semana las cosas volverían a ser como antes.
Se equivocó.
Desde que había regresado del pueblo costero con Alexander, algo había cambiado. No había ocurrido nada que pudiera señalar con claridad. No se habían besado, no se habían confesado nada y ni siquiera habían hablado directamente de sus sentimientos.
Pero la forma en que se miraban era diferente.
La forma en que buscaban estar juntos también.
Mateo llegó al edificio de Arquitectura y encontró a Daniel sentado en el suelo, con varios planos extendidos alrededor.
—Buenos días.
Daniel levantó la cabeza.
—Buenos días.
—¿Qué haces?
—Intentando entender qué hice mal con este proyecto.
Mateo dejó su mochila.
—Déjame ver.
Daniel le entregó uno de los planos.
Mateo lo revisó durante unos segundos.
—Aquí.
—¿Qué?
—La distribución de esta parte no funciona.
Daniel observó el plano.
—¿Por qué?
Mateo señaló una sección.
—Porque estás dejando demasiado espacio aquí y muy poco aquí.
Daniel se quedó pensando.
—Tienes razón.
—Lo sé.
—Qué humilde.
Mateo sonrió.
Daniel comenzó a corregir el plano.
—Por cierto.
—¿Qué?
—¿Cómo estuvo tu sábado?
Mateo continuó mirando el proyecto.
—Bien.
—Eso ya lo sé.
—¿Entonces por qué preguntas?
—Porque quiero detalles.
Mateo suspiró.
—Fui con Alexander a un pueblo costero.
Daniel dejó el lápiz.
—¿Solo ustedes dos?
—Sí.
—¿Todo el día?
—Sí.
Daniel sonrió lentamente.
—Interesante.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando algo.
—Siempre pienso cosas.
Mateo negó con la cabeza.
—Fuimos como amigos.
Daniel lo miró.
—¿Quién dijo lo contrario?
Mateo se quedó callado.
Daniel soltó una carcajada.
—Definitivamente estás diferente.
—¿Por qué todos dicen eso?
—Porque es verdad.
⸻
Unos minutos después, Sophie llegó al salón.
—Buenos días.
—Hola —respondieron ambos.
Sophie dejó su mochila.
—¿Ya me enteré de lo del sábado?
Mateo la miró.
—¿Cómo?
—Daniel me contó.
Daniel levantó las manos.
—Solo dije que salieron.
Sophie sonrió.
—¿Y qué hicieron?
Mateo comenzó a explicarlo.
Les contó sobre el pueblo, el paseo marítimo y la cafetería.
Cuando llegó al momento en que Alexander le había dicho que nunca había llevado a nadie allí, Sophie intercambió una mirada con Daniel.
Mateo lo notó.
—¿Qué?
—Nada —respondió Sophie.
—Esa mirada significa algo.
Daniel sonrió.
—No significa nada.
Sophie tomó asiento.
—Solo creo que ese lugar debe ser importante para Alexander.
Mateo asintió.
—Sí. Eso pensé.
—Entonces es importante que te haya llevado.
Mateo bajó la mirada.
—Quizá.
Sophie no insistió.
Pero había entendido algo.
Mateo todavía no quería reconocerlo.
⸻
Durante la primera clase, Alexander llegó unos minutos tarde.
Se disculpó con el profesor y buscó un asiento.
Cuando vio a Mateo, sonrió.
Mateo le devolvió la sonrisa.
Fue un gesto pequeño.
Pero Sophie lo vio.
Daniel también.
Alexander se sentó.
—Buenos días —susurró.
—Buenos días.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Dormiste?
—Sí.
Alexander sonrió.
—Yo no.
Mateo lo miró.
—¿Por qué?
—Pensé demasiado.
—¿En qué?
Alexander tardó unos segundos.
—En muchas cosas.
Mateo quiso preguntar más, pero el profesor comenzó la clase.
Durante el resto de la hora, Alexander intentó concentrarse.
No lo consiguió del todo.
⸻
Al terminar, Alexander esperó a Mateo afuera.
—¿Tienes algo que hacer?
—Tengo que trabajar en el proyecto.
—¿Puedo acompañarte?
Mateo sonrió.
—Claro.
Daniel escuchó la conversación.
—¿Y nosotros?
Alexander lo miró.
—Ustedes también pueden venir.
Sophie levantó una ceja.
—Qué generoso.
Los cuatro terminaron en la biblioteca.
Durante un par de horas trabajaron.
Daniel y Sophie estaban sentados frente a ellos.
Mateo dibujaba.
Alexander leía algunos documentos.
De vez en cuando, Alexander miraba a Mateo.
Y cada vez que lo hacía, Sophie lo notaba.
Finalmente se inclinó hacia Daniel.
—Míralos.
Daniel susurró:
—Ya los estoy mirando.
—No creo que sepan lo evidente que son.
—Probablemente no.
—¿Crees que algún día lo admitirán?
Daniel sonrió.
—No sé.
Sophie lo miró.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Admitirías algo si sintieras algo por alguien?
Daniel bajó la mirada.
—No sé.
—¿Por qué?
—Porque a veces reconocer algo cambia todo.
Sophie se quedó pensando.
—Eso es cierto.
⸻
Más tarde, Sophie recibió un mensaje.
Miró el teléfono.
Era Michael.
Sonrió.
Daniel lo notó.
—¿Michael?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Me preguntó si quiero salir otra vez.
—¿Y?
—Sí quiero.
Daniel sonrió.
—Entonces dile que sí.
Sophie comenzó a escribir.
—¿No te molesta?
Daniel frunció el ceño.
—¿Por qué me molestaría?
—No sé.
—Me alegra por ti.
Sophie asintió.
Pero cuando volvió a mirar su teléfono, una pequeña duda apareció en su expresión.
No entendía por qué la respuesta de Daniel le había importado tanto.
⸻
Por la tarde, Mateo recibió una llamada de su madre.
—Hola, mamá.
—Hola, hijo. ¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Cómo estuvo tu fin de semana?
Mateo sonrió.
—Bien.
—¿Fuiste a algún lugar?
Mateo dudó.
—Sí.
—¿Con quién?
Mateo miró hacia el otro lado del salón.
Alexander estaba hablando con Ryan.
—Con un amigo.
Elena guardó silencio unos segundos.
—¿El mismo amigo del que me hablaste?
Mateo sonrió.
—Sí.
—Alexander.
—Sí.
—Me gustaría conocerlo algún día.
Mateo se quedó callado.
—¿Por qué?
—Porque hablas mucho de él.
Mateo abrió los ojos.
—Yo no hablo tanto de él.
Su madre soltó una pequeña risa.
—Claro que sí.
—Mamá.
—Está bien. Solo digo que parece importante para ti.
Mateo miró nuevamente hacia Alexander.
—Sí.
La palabra salió sin que pudiera evitarlo.
Elena lo notó.
—Entonces me alegra.
Después de despedirse, Mateo guardó el teléfono.
Alexander se acercó.
—¿Todo bien?
—Sí. Era mi mamá.
—¿Le hablaste de mí?
Mateo sonrió.
—Sí.
Alexander levantó las cejas.
—¿Qué le dijiste?
—Que eres mi amigo.
Alexander sonrió.
—Solo tu amigo.
Mateo lo miró.
—Sí.
Alexander sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Está bien.
Pero su expresión decía algo diferente.
⸻
Al terminar las clases, Alexander recibió una llamada.
Miró la pantalla.
Su padre.
Se alejó unos pasos.
—Hola.
—¿Dónde estás?
—En la universidad.
—¿Con quién?
Alexander miró hacia Mateo.
—Con unos amigos.
Richard guardó silencio.
—Necesito que vengas a casa esta noche.
—¿Por qué?
—Tenemos que hablar.
Alexander sintió un nudo en el estómago.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu futuro.
Alexander cerró los ojos.
—Está bien.
—A las ocho.
—Sí.
La llamada terminó.
Mateo se acercó.
—¿Problemas?
Alexander guardó el teléfono.
—Mi padre.
—¿Otra vez?
Alexander asintió.
—Quiere hablar conmigo.
—¿Quieres que te acompañe?
Alexander sonrió.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Mateo asintió.
—Entonces nos vemos mañana.
Alexander lo miró.
—Mateo.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por preguntar.
Mateo sonrió.
—Siempre.
⸻
A las ocho en punto, Alexander estaba sentado frente a su padre.
Richard tenía varios documentos sobre la mesa.
—Quiero que revises esto.
Alexander tomó la carpeta.
—¿Qué es?
—Información de una de nuestras nuevas inversiones.
Alexander revisó las primeras páginas.
—¿Y qué quieres que haga?
—Quiero que empieces a participar en las decisiones.
Alexander levantó la mirada.
—Papá, todavía estoy estudiando.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué estás presionándome tanto.
Richard se recostó en su silla.
—Porque el tiempo pasa.
Alexander guardó silencio.
—Tu hermano comenzó antes que tú.
—Ethan quería hacerlo.
Richard lo miró.
—¿Y tú qué quieres?
Alexander no respondió.
—Exactamente —dijo Richard—. Ese es el problema.
Alexander apretó la carpeta.
—Estoy tratando de descubrirlo.
—Mientras lo descubres, tienes responsabilidades.
Alexander se levantó.
—No quiero que mi vida sea solamente esto.
Richard frunció el ceño.
—¿Y qué más quieres?
Alexander pensó en el piano.
Pensó en la universidad.
Pensó en Mateo.
—No lo sé.
Richard se levantó.
—Entonces espero que lo descubras antes de cometer un error que no puedas corregir.
Alexander lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
Pero el tono de su padre dejó claro que sí había algo detrás de aquellas palabras.
⸻
Más tarde, Alexander salió al jardín.
Su madre estaba allí.
—¿Todo bien?
—Sí.
Victoria se acercó.
—Tu padre está preocupado.
—Siempre está preocupado.
—Alexander…
Él la miró.
—¿Qué?
—No quiero que te pelees con él.
—No estoy intentando pelear.
—Entonces intenta entenderlo.
Alexander negó con la cabeza.
—¿Y quién intenta entenderme a mí?
Victoria guardó silencio.
—Yo te entiendo.
—Mamá…
—Sé que quieres encontrar tu propio camino.
Alexander la miró sorprendido.
—Entonces ayúdame.
Victoria suspiró.
—Lo intento.
—No parece.
Ella bajó la mirada.
—Tu padre tiene miedo de perderte.
Alexander soltó una pequeña risa.
—No me está perdiendo.
—Quizá todavía no.
Alexander no respondió.
⸻
A la mañana siguiente, Mateo llegó a la universidad.
Alexander todavía no había aparecido.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Mateo revisó su teléfono.
Nada.
Le escribió.
Mateo: ¿Todo bien?
No recibió respuesta.
Durante la clase, siguió mirando el teléfono.
Daniel lo observó.
—¿Esperas un mensaje?
—Sí.
—¿De Alexander?
Mateo asintió.
Daniel no dijo nada.
Al terminar la clase, el teléfono de Mateo vibró.
Era Alexander.
Alexander: Perdón. Ayer fue complicado.
Mateo respondió:
Mateo: ¿Estás bien?
Pasaron unos segundos.
Alexander: Ahora sí.
Mateo sonrió.
Mateo: ¿Quieres hablar?
Alexander respondió:
Alexander: Sí.
Unos minutos después apareció frente a él.
Mateo lo miró.
—¿Qué pasó?
Alexander respiró profundamente.
—Mi padre quiere que empiece a trabajar con él.
—¿Y tú?
—No quiero hacerlo todavía.
—Entonces dile que no.
Alexander soltó una risa.
—Ojalá fuera tan fácil.
Mateo lo miró.
—¿Qué quieres hacer realmente?
Alexander tardó en responder.
—No lo sé.
—No tienes que saberlo todo ahora.
Alexander sonrió.
—Eso mismo me dijiste antes.
—Porque sigo pensando lo mismo.
Alexander lo observó.
—Hay algo que sí sé.
—¿Qué?
Alexander dio un pequeño paso hacia él.
—Quiero seguir teniendo días como el sábado.
Mateo sonrió.
—Podemos hacerlo.
—¿Aunque mi familia piense que estoy perdiendo el tiempo?
—Sí.
Alexander sonrió.
—Entonces hagámoslo.
⸻
A unos metros de ellos, Sophie observaba la escena.
Daniel se acercó.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Los estás mirando.
—Sí.
—¿Por qué?
Sophie tardó unos segundos en responder.
—Porque creo que algo está cambiando entre ellos.
Daniel miró a Mateo y Alexander.
—Sí.
—Y también creo que algo está cambiando entre nosotros.
Daniel la miró.
Sophie se dio cuenta de lo que acababa de decir.
—Yo…
Daniel sonrió ligeramente.
—Creo que tienes razón.
Los dos se quedaron en silencio.
Ninguno se atrevió a decir más.
⸻
Ese día, al terminar las clases, Mateo y Alexander caminaron juntos hasta la salida.
No hablaron demasiado.
No era necesario.
Habían llegado a un punto en el que podían compartir el silencio sin sentirse incómodos.
Antes de separarse, Alexander se detuvo.
—Mateo.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Alexander dudó.
—¿Qué soy para ti?
Mateo se quedó completamente quieto.
La pregunta parecía sencilla.
Pero ninguno de los dos estaba preparado para la respuesta.
Mateo lo miró durante varios segundos.
—Eres…
Se detuvo.
Alexander esperó.
Mateo finalmente sonrió.
—Alguien importante.
Alexander bajó la mirada y sonrió.
—Tú también eres importante para mí.
No dijeron más.
Pero aquella conversación había cambiado algo.
Porque por primera vez habían dejado de esconderse detrás de la palabra “amigos”.
Todavía no sabían qué eran.
Todavía no estaban preparados para decirlo.
Pero ambos comenzaban a comprender que aquella amistad ya no podía explicarlo todo.