Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 19
Alana se congeló, apretando el mango de la daga con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Cerró los ojos por un instante esperando el impacto devastador de las mandíbulas, pero la embestida nunca llegó.
En lugar de desgarrarle la carne, un gemido agudo y sumiso resonó en el silencio que de pronto envolvió la arena.
Alana abrió los ojos despacio. El enorme lobo gris, la fiera salvaje entrenada para matar que estaba a punto de devorarla, había clavado sus ojos rojos en los de ella. La furia sanguinaria de la bestia se había disipado en un segundo, reemplazada por una devoción absoluta y desconcertante. El coloso bajó la cabeza, dobló sus patas delanteras y se arrastró por la tierra hasta quedar completamente postrado a sus pies.
Lentamente, gimiendo como un cachorro asustado, el lobo apoyó su enorme hocico sobre las piernas de Alana, buscando su contacto de manera mansa y desesperada.
El tercer lobo, que venía a toda velocidad desde el otro extremo de la arena, se frenó en seco. Olfateó el aire, gimió suavemente y, ante el asombro de todo el coliseo, también se echó sobre la arena, inclinando la cabeza en una señal inequívoca de pleitesía hacia la humana.
El coliseo subterráneo cayó en un silencio aterrador. Nadie respiraba.
En el palco real, la copa de vino de Sköll se resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo de piedra. El Alfa del Norte se puso de pie de un salto, con los ojos fuera de las órbitas y el rostro deformado por la incredulidad y la rabia.
—¡¿Qué demonios significa esto?! —rugió Sköll, haciendo temblar la barandilla de hierro—. ¡Son mis fieras! ¡Instinto puro del Norte! ¡Cómansela! ¡Maten a esa maldita humana!
Pero los lobos no se movieron. Ignoraron por completo los gritos frenéticos de su amo; el lobo que tenía el hocico sobre las piernas de Alana simplemente dejó escapar un suspiro profundo, disfrutando del roce con la chica.
Sara se levantó despacio, con el rostro pálido y los labios apretados en una línea fina. Miró a Alana y luego a Azrael, comprendiendo al instante que lo que estaba presenciando no era suerte ni agilidad humana: era una autoridad antigua y desconocida a la que el instinto de los lobos no podía resistirse.
Alana, aún temblando por la adrenalina, aflojó poco a poco el agarre sobre la daga. Extendió una mano y rozó el pelaje áspero de la cabeza de la gran fiera, que respondió pegando más su rostro a ella en un gesto de absoluta entrega.
En el palco central, Azrael no gritó ni se movió. Se limitó a erguirse en toda su estatura, mirando la escena en la arena con los ojos brillando en un dorado intenso. Una sonrisa lenta, oscura y llena de un triunfo implacable se dibujó en sus labios.
El Rey Alfa miró de reojo a Sköll y luego a Sara.
—Parece que tus lobos más grandes han tomado una decisión, Sköll —dijo Azrael con una voz pausada que retumbó en todo el coliseo enmudecido—. Y los diez minutos ni siquiera han comenzado.
—¡Esto es una trampa! —rugió Sköll, golpeando la barandilla de piedra con la mano abierta. El impacto agrietó la losa y retumbó en todo el coliseo—. ¡Esa mujer no es una simple humana! ¡Es una maldita bruja! ¡Usó magia prohibida o veneno para amansar a mis fieras!
Sköll desenvainó su enorme espada pesada y señaló a Alana en el fondo de la arena, donde los dos lobos continuaban echados a sus pies como guardianes leales.
—¡Exijo que la apuesta quede anulada! —continuó el Alfa del Norte, con las venas del cuello a punto de reventar por la rabia—. ¡No entregaré ni una sola pulgada del territorio del Sur por esta farsa!
Sara, recuperando lentamente la compostura a su lado, dio un paso al frente y entornó los ojos con una frialdad viperina.
—Sköll tiene razón, Azrael —intervino la Princesa Sara, alzando la mentina con desdén—. Ningún lobo del Norte se sometería ante una criatura sin aroma ni linaje. Esto es un insulto a las tradiciones de las manadas. Esa humana ha violado las leyes antiguas.
Azrael no se inmutó ante los gritos. Caminó lentamente hacia el borde del palco, quedando justo entre Sara y Sköll. Su sola presencia hizo que los guerreros del Norte dieran un paso atrás de manera involuntaria.
—¿Trucos? ¿Magia prohibida? —dijo Azrael con una voz pausada, profunda y cargada de un peligro inminente—. Sköll, tus lobos no responden a la magia. Responden a la fuerza pura y al dominio absoluto. Si tus mejores fieras prefieren inclinarse ante mi sirvienta que obedecer tus órdenes... el único incapaz de gobernar aquí eres tú.
—¡Retira eso, Azrael! —bramó Sköll, dando un paso agresivo hacia el Rey Alfa.
Los guardias de la Luna Sangrienta desenvainaron sus armas al instante, rodeando la plataforma real.
—La apuesta era clara —sentenció Azrael, ignorando la amenaza del gigante y mirando fijamente a ambos líderes—. Si ella sobrevivía diez minutos, las tierras del Sur pasaban a ser de la Manada de la Luna Sangrienta. Ni siquiera han pasado tres y tus bestias ya se rinden ante ella. El territorio es mío.
El Rey de la Luna Sangrienta se giró hacia Sara, clavando sus ojos azules en los de ella con un desprecio absoluto.
—Y en cuanto a ti, Sara... recuerda las condiciones. No volverás a dirigirle la palabra a mi gente ni a mí durante el resto de esta cumbre. Si tienes algún problema con mis órdenes, la puerta de mi castillo está abierta para que te marches al Este esta misma noche.
Sara apretó los dientes, sintiendo cómo la humillación le quemaba las mejillas frente a todos los nobles y guerreros presentes. Sin decir una sola palabra más, dio media vuelta con un movimiento brusco de su vestido de seda y abandonó el palco a grandes zancadas, seguida por su escolta personal.
Sköll miró a sus lobos en el fondo de la arena, luego a Azrael, y soltó una maldición entre dientes antes de enfundar su espada con violencia.
—Esto no se quedará así, Azrael —siseó el Alfa del Norte antes de retirarse a toda prisa hacia las sombras del pasillo.
Azrael volvió la vista hacia el centro de la arena. Alana continuaba allí, erguida y con la daga de acero valyrio en la mano, mientras los dos colosos del Norte velaban por su seguridad. Sus miradas se cruzaron a la distancia: la de ella llena de una rabia desafiante por haber sido puesta a prueba, y la de él con un orgullo oscuro y posesivo que ya no podía disimular.