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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

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Capítulo 10

Cap 10: Sin amor, solo diversión

Villaverde estaba a oscuras cuando Ximena entró dando un portazo.

Adrián estaba ahí. Como si la hubiera estado esperando desde siempre. Se levantó del sillón al verla la cara —blanca, tensa, con algo roto detrás de los ojos— y no le preguntó nada. Ximena tampoco le explicó. Solo cruzó la sala, lo tomó de la camisa y lo besó con una urgencia que no tenía que ver con el deseo, o no solo, sino con la necesidad de tapar un pozo negro con algo, con lo que fuera, con él.

Esa noche fue distinta de todas las noches de los tres años anteriores. Ximena se aferró a Adrián como a un madero en un naufragio. Le clavó los dedos en la espalda, escondió la cara en su cuello, buscó su calor con una desesperación muda. Él la sostuvo, la recorrió despacio, borrándole con la boca los rastros de un dolor que no entendía; la fue desarmando pieza por pieza hasta que el temblor de ella cambió de origen, hasta que el naufragio se volvió otra cosa, más lento, más hondo. Cuando por fin quedaron quietos, enredados en la penumbra, Ximena respiraba entrecortado contra su pecho, y Adrián, con los labios en su pelo, sintió que algo no cuadraba.

—No es cosa del trabajo —murmuró él, más para sí que para ella—. A ti alguien te hizo algo hoy. —Le apretó la cintura—. Y no me gustó cómo llegaste. Como si te fueras a romper.

Ximena no contestó. Pero por un instante, uno solo, se dejó abrazar sin coraza.

Y a Adrián, con la sospecha rondándole, se le metió una idea incómoda en el pecho: que fuera lo que fuera esa herida, de algún modo lo rozaba a él.

La entrevista se transmitió en vivo tres días después.

Fue un acontecimiento nacional. Por primera vez en su vida, Adrián Bramonte —el heredero fantasma, el hombre sin rostro— se sentaba frente a una cámara. Millones de personas sintonizaron. Y frente a él, con un traje sobrio y una seguridad de acero, estaba Ximena.

Ella lo llevó de la mano por el proyecto Edén con un dominio que dejó boquiabierto al estudio. De tanto haber estudiado el megadesarrollo por culpa de los Ayala, sabía de aval federal, de impacto ambiental, de fideicomisos, más que muchos periodistas económicos. Preguntó con nivel. Adrián respondió con respeto, algo que nadie le había visto nunca.

En la ronda final, una espectadora llamó al programa.

—Señor Bramonte, la pregunta que todo el país quiere hacerle: ¿tiene novia? Y si no, ¿cómo es la mujer que le gustaría?

Adrián se tomó su tiempo. Miró a la cámara. Y algo, apenas, se le suavizó en la voz.

—No tengo novia. —Pausa—. Y la mujer que me gusta… —los ojos se le fueron, un segundo, hacia Ximena— tendría que cocinar horrible. Que se le queme todo. Y tener un lunar aquí, junto al ojo.

El estudio suspiró, encantado con la respuesta romántica del hombre de hielo.

Ximena mantuvo la sonrisa profesional, pero por dentro se le apretó algo agrio. Ella tenía el lunar, sí, justo junto al ojo. Pero jamás en la vida le había cocinado a Adrián; ni un huevo. "Entonces no soy yo", concluyó. "Ya tiene a alguien. Alguna que le hace de comer." Y curiosamente, la idea le supo peor de lo que debería.

Al terminar, Adrián no la dejó irse. La retuvo a comer en el privado de la Torre AB, y ahí, sobre la mesa, puso las cartas.

—Quiero proponerte algo. —Se sirvió agua—. Novia de contrato. Con reglas claras. Uno: no hablamos de intereses; ni de tu dinero, ni del mío, ni de los Ayala. Dos: no hablamos de amor. Nada de sentimientos, nada de dramas. Tres: solo la pasamos bien. Solo diversión. Sin ataduras, sin control, sin preguntas incómodas. —La miró—. ¿Aceptas?

Ximena lo pensó. Le convenía, de hecho. Un hombre así, sin exigir el corazón. Perfecto.

—Acepto. Pero pongo las mías. —Levantó un dedo—. Respeto absoluto a mi privacidad: no me investigas, no me sigues, no me controlas. Y exclusividad: ni tú ni yo tenemos a nadie más mientras dure esto. Un solo amante de más y se acaba. —Extendió la mano—. ¿Trato?

—Trato. —Adrián se la estrechó, y añadió, sin soltarla, con una sonrisa peligrosa—: Una regla más, mía. Cuándo se termina esto, lo decido yo. No tú.

Ximena arqueó una ceja, pero no discutió. Ya vería.

—Y te mudas a Villaverde —remató él—. Eso no se negocia.

—Eso sí. Hoy hago las maletas.

Volver a la casona de los Ayala fue volver a un campo minado. Fernando la esperaba en el vestíbulo, y en cuanto la vio subir por sus cosas, algo en él estalló. La alcanzó en la escalera y la empujó del hombro.

—¿Ahora te vas? ¿Así nada más? —Alzó la voz para que toda la familia, reunida abajo, lo oyera—. ¡Eres una descarada! ¡Abandonas a tu marido, deshonras a esta familia y te vas con quién sabe quién! ¡Yo soy tu esposo, Ximena, y me debes respeto!

Doña Perla, don Genaro, Nadia, todos se habían asomado al escándalo. Doña Perla, que hasta el último minuto había soñado con reconciliarlos, dio un paso al frente.

—Mijo, ya. Xime, mija, no se vayan a lastimar, todavía se puede…

—No, doña Perla. —Ximena se soltó de Fernando y bajó los últimos escalones con una calma terrible—. Ya no hay nada que arreglar. Y creo que es hora de que esta familia sepa la verdad. —Encaró a Fernando—. Tú y yo nunca nos casamos.

El vestíbulo se quedó helado.

—¿Qué dices? —Doña Perla se llevó la mano al pecho—. ¡Si yo estuve en la boda! ¡Tengo las fotos!

—Las fotos son un montaje, doña Perla. Photoshop. —Ximena sacó el teléfono, buscó, y les mostró—. El día del registro civil, Fernando no firmó. Se arrepintió a última hora, se salió por la puerta de atrás y se fue con Lili. El acta que ustedes tienen guardada en el cajón del estudio la compró él por internet, falsificada, para que nadie hiciera preguntas. Nunca fuimos marido y mujer ante la ley. Ni un día. —Miró a Fernando, que se había puesto ceniciento—. ¿O me vas a desmentir delante de tu madre?

Fernando abrió la boca. No le salió nada.

Doña Perla se dejó caer en una silla. Don Genaro cerró los ojos, como si por fin entendiera de qué madera estaba hecho su hijo.

—Ah, y otra cosa —añadió Ximena, ya recogiendo su maleta—. Lili está embarazada de él. De tres meses. Por si todavía les quedaba alguna duda.

Fue don Genaro quien rompió el silencio, con la voz cansada de un viejo que ya lo ha visto todo.

—Vete tranquila, mija. —Se acercó y le tomó las manos—. Tienes razón. Y perdónanos. Lo que necesites, esta familia te lo firma.

—No necesito nada, don Genaro. —Ximena le apretó las manos con cariño—. Las cien escrituras que están a mi nombre, se las devuelvo todas. Y las acciones. Quédense con todo; que sea la dote de Nadia, para que se case bien y libre. Yo solo me llevo Villaverde, que fue lo único que compré con lo mío. —Se colgó la maleta—. Gracias por haberme criado como una hija. A usted sí lo voy a extrañar.

Y salió de la casa de los Ayala sin mirar atrás.

Cuando llegó a Villaverde, ya de noche, la puerta estaba abierta y olía a comida.

Adrián estaba en la cocina. Con delantal. Un delantal blanco encima de la camisa negra, el pelo un poco revuelto, y una sonrisa que ella no le había visto nunca, ni de mantenido ni de magnate: una sonrisa de niño que preparó una sorpresa. La mesa del comedor estaba puesta de punta a punta, con platillos humeantes que él mismo había cocinado.

—Llegas tarde. —Le quitó la maleta de la mano—. Siéntate. Hice de todo.

—¿Tú… cocinaste? —Ximena miró la mesa, incrédula—. ¿El gran heredero Bramonte?

—Siete años de internado, lejos de casa, desde niño. —Adrián se encogió de hombros mientras le servía—. Aprendes o te mueres de hambre. —Le acercó la silla—. Esto es para celebrar. Que la señorita Salazar por fin se pasó al bando bueno.

Ximena se sentó. Probó un bocado. Estaba delicioso. Y por alguna razón, se le hizo un nudo raro en la garganta.

—Está bueno —dijo, para no decir otra cosa.

—Lo sé.

Comieron. Rieron. Y esa noche, en la casa que había sido de los dos sin serlo del todo, Ximena y Adrián sellaron su nuevo trato como se sellan las cosas que uno se niega a llamar por su nombre: sin promesas, sin la palabra amor, con la piel. Fue distinto de todo lo anterior. Ya no era el juego de la mantenedora y su capricho, ni el naufragio de la otra noche. Eran dos personas que se habían visto la máscara, se habían quitado el apellido, y aun así se buscaban en la oscuridad. Adrián la recorrió despacio, memorizándola, susurrándole cosas que no eran de amor porque el contrato lo prohibía, pero que sonaban peligrosamente parecidas. Ximena se dejó, y por primera vez no pensó en Fernando, ni en Lili, ni en el pozo negro. Solo en el arete azul rozándole la mejilla y en el calor de un hombre que decía no sentir nada.

Lejos de ahí, en el patio de la casona de los Ayala, Fernando estaba solo bajo la luz amarilla del portón, con una copa vacía en la mano.

Miraba la calle por donde ella se había ido. Y por vez primera en tres años, una duda le carcomía las tripas: ¿estaría actuando? ¿Sería otro de sus juegos, otra manera de castigarlo? ¿O de verdad, esta vez, Ximena lo había dejado ir para siempre?

La respuesta se le escapó. Y eso, descubrió, le dolía más de lo que jamás habría admitido.

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