¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 21: La última cena
La fotografía quedó sobre la mesa de noche de Elena.
En ella aparecían los cuatro juntos: Elena sentada en el centro, Adrián detrás de ella con una mano sobre su hombro, y los muchachos a cada lado. Todos sonreían, aunque cada uno escondía una tristeza distinta.
—Salimos bien —dijo Elena.
—Tú siempre sales bien —respondió Nicolás.
—Porque sé escoger mi lado bueno.
Mateo sonrió débilmente.
Aquella tarde, Elena pidió que prepararan una cena especial. No quería comida de hospital ni platos blandos. Quería pasta, pan recién horneado y el postre que Adrián había aprendido a preparar cuando eran recién casados.
—No tienes que esforzarte —dijo él.
—No me estoy esforzando. Estoy dando órdenes.
—Eso sí se te da bien.
—Por eso te casaste conmigo.
Adrián quiso reír, pero terminó bajando la mirada.
La cena comenzó al anochecer.
Elena comió poco, pero permaneció en la mesa más de una hora. Preguntó por las clases de Mateo, escuchó a Nicolás hablar sobre un proyecto escolar y se burló de Adrián porque había quemado ligeramente el postre.
Durante unos minutos, la enfermedad quedó fuera de la casa.
Parecían una familia normal.
Una familia reunida después de un día cualquiera.
Al terminar, Elena pidió que los muchachos salieran al jardín.
—Quiero hablar con tu padre —dijo.
Adrián se quedó frente a ella.
—¿Te cansaste?
—Sí, pero no por ellos.
Elena miró el plato que había dejado casi lleno.
—Quería que tuviéramos una última cena sin que todos sintieran que era una despedida.
Adrián sintió un dolor profundo.
—No digas “última”.
—No puedo fingir que no sé lo que ocurre.
Él recogió los platos para evitar mirarla.
—Podemos regresar al hospital si te sientes peor.
—No quiero volver todavía.
—Elena…
—Quiero quedarme aquí esta noche.
Adrián dejó los platos sobre la mesa.
—Te quedarás.
Ella lo observó en silencio.
—¿Has pensado en ella?
Adrián no necesitó preguntar a quién se refería.
—Sí.
—¿Todos los días?
—Sí.
—¿Y ella sabe que no la buscas por mí?
—No lo sé.
—Deberías decírselo.
Adrián apretó la mandíbula.
—No puedo acercarme a ella mientras estés viva.
—Puedes escribirle una carta.
—Eso también sería buscarla.
—Tal vez. Pero al menos sabría que no la abandonaste por falta de sentimientos.
Adrián no respondió.
Elena extendió la mano.
—No quiero convertirme en una pared entre ustedes.
—No eres una pared.
—Entonces deja de actuar como si yo fuera una prisión.
La frase lo desarmó.
Adrián se arrodilló frente a ella y apoyó la cabeza sobre sus piernas.
—No sé cómo hacer esto.
Elena acarició su cabello.
—Nadie sabe.
—Te amo.
—Lo sé.
—No quiero que te vayas.
—Yo tampoco quiero irme.
Permanecieron así durante varios minutos.
En el jardín, Mateo y Nicolás miraban las estrellas sin hablar. El aire estaba frío y el silencio entre ellos se había vuelto menos incómodo.
—¿Crees que mamá va a morir pronto? —preguntó Nicolás.
Mateo tardó en contestar.
—Sí.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Papá parece perdido.
—Él siempre ha fingido saber qué hacer.
Dentro de la casa, Elena pidió que Adrián la ayudara a acostarse.
Antes de cerrar los ojos, miró nuevamente la fotografía.
—Quiero que esa sea la imagen que recuerden de mí.
—Te recordarán viva.
—Entonces ayúdame a vivir mientras todavía puedo.
Adrián besó su frente.
Esa noche no llamó a Valeria.
Tampoco le escribió.
Pero por primera vez entendió que respetar a Elena no significaba negar lo que sentía.
Significaba esperar.
Y seguir junto a ella hasta el final.