Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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La diosa y la petición
Apenas habían pasado dos días desde la boda. El sol de la tarde bañaba los jardines reales de Troya, y Helena caminaba entre los laureles y las rosas, sintiendo aún la calidez de la ceremonia y el peso del anillo en su mano. Todo era nuevo, todo era suyo, y cada paso que daba en ese palacio se sentía como volver a casa.
De pronto, una voz dulce y familiar sonó detrás de ella:
—¿Estás segura de tu elección, Helena, hermana?
Helena se giró de golpe. Allí estaba ella. Afrodita, la diosa del amor, más hermosa que cualquier imagen, más radiante que el sol mismo. Su túnica flotaba como hecha de luz, su cabello destellaba como hilos de oro, y su presencia llenaba el aire con el aroma de rosas y mirra. No era una simple visitante: era su hermana mayor, la que siempre la había cuidado, aunque a veces con palabras difíciles.
Helena no lo dudó. Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, con toda la emoción de quien encuentra a familia después de tanto tiempo. Al principio, Afrodita fingió resistirse, manteniendo cierta distancia, como si una diosa no debiera dejarse llevar así… pero no pudo. Sus brazos rodearon a Helena con ternura, y la apretó contra sí, como si la hubiera extrañado toda una eternidad.
—Ay, Helena… —suspiró Afrodita, separándose un poco para mirarla a los ojos, con una mezcla de cariño y reproche—. Te casaste con un simple príncipe. Tenías a un rey como Menelao. ¿Cómo no te casaste con él? ¿Por qué no lo escogiste a él? ¿Por qué tenías que conformarte con un príncipe? No digo que Héctor sea malo, seamos sinceras: es alto, guapo, un excelente guerrero… tiene un cuerpo de infarto, ya vi esos brazos, esos abdominales, están de infarto… pero ¿estás segura de tu elección, hermana?
Helena soltó una risa clara, sincera, y apretó la mano de su hermana.
—Estoy 100% segura, hermana. Además, tú eres la diosa del amor. Dime, ¿me he equivocado, Afrodita?
Afrodita bufó, fingiendo fastidio, pero sus ojos brillaban con aprobación.
—¡Otra vez con eso! Déjame ver… —cerró un instante los ojos, como si mirara algo invisible, el corazón de Héctor, el amor que él sentía—. Verdaderamente… Héctor te ama. Te ama de verdad, sin condiciones, sin posesión, sin exigencias. Bien. Entonces, como diosa del amor, no tengo nada más que decir. Pero ya sabes: si necesitas algo, búscame, llámame. No estás sola, hermana.
Helena se quedó inmóvil un instante. Lo recordó. En sus otras vidas, Afrodita le había ofrecido exactamente lo mismo… y ella, tontamente, no lo había aprovechado. Había tenido miedo, había dudado, había pensado que podía sola. Esta vez no. Esta vez tenía un plan.
—Afrodita —dijo ella, con voz firme—, sí hay algo que quiero pedirte.
La diosa se iluminó de inmediato, como una niña pequeña ante un regalo.
—¿Pedirme? ¡Anda, habla! Dime qué es, qué es —la animó, impaciente y emocionada.
—¿Tú crees que puedas conseguir que Poseidón, el dios de los mares, nos proteja a Troya? —preguntó Helena, mirándola a los ojos, con toda la esperanza de su corazón puesta en esas palabras.
Afrodita se detuvo. La miró con seriedad.
—¿Poseidón? ¿Estás segura, Helena?
—Sí, Afrodita. Tú puedes hacerlo. Sé que puedes.