Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
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Capítulo 5: El pasado
A la mañana siguiente, Valentina se despertó con la sensación de haber corrido una maratón. Su cuerpo estaba tenso, su mente nublada, y cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Mateo, sus ojos grises, su sonrisa desarmante, las palabras de Neruda aún resonando en su memoria.
"Te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma."
Se levantó de la cama y se obligó a hacer su rutina matutina. Una ducha fría, un desayuno rápido, una revisión de su equipo. Las acciones mecánicas la ayudaban a mantener la mente ocupada, a no pensar en lo que había pasado la noche anterior.
Pero no funcionaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Mateo acercándose a ella, su mano rozando su mejilla, su voz susurrando palabras de Neruda como si fueran una declaración de amor.
No era amor. No podía serlo. Era manipulación. Era un juego. Y ella no iba a caer.
Pero mientras se vestía, su mano se detuvo sobre el arma que llevaba bajo la chaqueta. No era el arma reglamentaria. Era la otra. La que llevaba para la misión. La que usaría para matar a Mateo Montesinos si llegaba el momento.
¿Podría hacerlo?
¿Podría mirarlo a los ojos y apretar el gatillo?
La pregunta la persiguió durante todo el día. Durante la reunión de la mañana, mientras Mateo discutía con sus asesores sobre inversiones y adquisiciones, Valentina lo observaba desde un rincón, tratando de encontrar la respuesta en su rostro. Pero no veía a un monstruo. Veía a un hombre cansado, con ojeras bajo los ojos, que se frotaba las sienes cuando creía que nadie lo miraba.
"¿Estás bien?", le preguntó después de la reunión, cuando los asesores se hubieron ido.
Mateo levantó la vista, sorprendido por la pregunta. "¿Yo? Sí, claro. ¿Por qué?"
"Tienes ojeras", dijo ella, sin rodeos. "Y te has frotado las sienes cuatro veces en la última hora. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste bien?"
Él sonrió, pero era una sonrisa cansada, sin la chispa de las noches anteriores. "No recuerdo. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Tres días? Pues desde antes de que llegaras."
"¿Por qué no duermes?", preguntó ella, y esta vez la pregunta no era de guardaespaldas. Era personal, íntima, como las preguntas que se hacen en la oscuridad de la madrugada.
Mateo la miró durante un largo momento, y por un instante, Valentina vio al hombre detrás de la máscara. Al que sufría, al que tenía miedo, al que se escondía detrás de la arrogancia para que nadie viera las grietas.
"Porque los sueños me persiguen", dijo finalmente. "Y en los sueños veo cosas que no quiero ver."
"¿Como qué?", insistió ella, sintiendo que estaba cruzando una línea, pero incapaz de detenerse.
"Como una noche de tormenta", dijo él, y su voz era apenas un susurro. "Un coche chocando contra un puente. Una mujer gritando. Sangre en el asfalto. Cosas que no puedo cambiar por mucho dinero que tenga."
Valentina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Una noche de tormenta. Un accidente. Su madre había muerto en un accidente de coche, en una noche de tormenta, cuando ella tenía apenas siete años. ¿Era una coincidencia? ¿O acaso Mateo estaba hablando de eso?
"¿Qué pasó?", preguntó, y su voz era tan tensa que él levantó la cabeza y la miró con extrañeza.
"¿Por qué quieres saberlo?"
"Porque soy tu guardaespaldas", dijo ella, encontrando una excusa rápida. "Necesito saber todo lo que pueda afectar tu estado de ánimo."
Él sonrió, pero era una sonrisa amarga. "No te preocupes, Valentina. No voy a estrellarme contra un puente. Eso ya lo hice una vez."
Y entonces la bomba explotó.
"¿Tú?", preguntó ella, sintiendo que el corazón se le detenía en el pecho. "¿Tú estuviste en un accidente de coche?"
"No recuerdo mucho", dijo él, con una voz extrañamente distante. "Tenía diecinueve años. Una noche de tormenta, como esta que tenemos ahora. Iba con alguien. El coche patinó en un charco. El resto es borroso. Cuando desperté, estaba en el hospital. Y la persona que iba conmigo... no sobrevivió."
Valentina sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Su madre. Su madre había muerto en un accidente de coche con un joven conductor que había perdido el control. La policía nunca había encontrado al culpable. El caso se había cerrado por falta de pruebas.
Y ahora, veinte años después, Mateo Montesinos estaba diciendo que él había sido el conductor.
"¿Quién era?", preguntó, y su voz era un hilo de hielo. "La persona que iba contigo. ¿Quién era?"
Mateo la miró, y por primera vez, Valentina vio miedo en sus ojos. Miedo y algo más. Algo que se parecía al reconocimiento.
"Era una mujer", dijo lentamente, como si las palabras le costaran un esfuerzo sobrehumano. "Una mujer que estaba tratando de ayudar a su hija. No sé su nombre. No me acuerdo. Pero sé que llevaba un colgante con una inicial. Una V. Y esa noche... esa noche le prometí que encontraría a su hija. Que la cuidaría. Pero nunca pude. Y cada vez que veo el cielo tormentoso, me pregunto si ella me habrá perdonado."
Valentina se quedó paralizada. El colgante. Su madre llevaba un colgante con la inicial de su nombre. Valentina. Y él lo sabía. Él había estado allí. Él había estado en el coche con su madre la noche que murió.
Y no solo eso. Le había prometido que la encontraría.
Las piezas encajaban con un clic sordo en su mente, y de repente todo tenía sentido. La forma en que él la había contratado sin conocer sus referencias reales. La forma en que la había mirado desde el primer momento. La forma en que sabía lo de las alturas. No era un juego. No era una prueba.
Era un reconocimiento.
Él sabía quién era ella desde el principio.
"Esa hija", dijo Valentina, y su voz era un latido de acero en el silencio, "era yo."
El silencio que siguió fue tan absoluto que Valentina podía oír el latido de su propio corazón. Mateo la miró sin parpadear, su rostro una máscara de sorpresa y dolor y algo más.
"Lo sabía", dijo finalmente, en un susurro. "Desde que vi tu nombre. Valentina. Tu apellido era otro antes de que te lo cambiaras. Cruz. Tu madre se llamaba Cruz antes de casarse. Y yo... yo lo sabía."
"¿Y no me dijiste nada?", preguntó ella, con la voz rota por la furia y el dolor. "¿No me dijiste que habías matado a mi madre?"
"No la maté", dijo él, y su voz era un grito ahogado. "Fue un accidente. Un maldito accidente. Yo era un niño, Valentina. Tenía diecinueve años y estaba borracho y no sabía lo que hacía. La vida me la cobró. Cada día. Cada noche. He pagado por ello más veces de las que puedes imaginar."
"No has pagado nada", escupió ella, y las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer. "Has vivido en tu torre de oro mientras mi madre estaba bajo tierra. Has construido tu imperio sobre las ruinas de mi familia. Y ahora quieres que te perdone. Que te quiera. Que me entregue a ti como si nada hubiera pasado."
Mateo se levantó de su asiento y caminó hacia ella, pero Valentina retrocedió hasta chocar con la pared. Estaba acorralada, atrapada, y no sabía si quería huir o atacar.
"Valentina, escúchame", dijo él, y su voz era una súplica desesperada. "He buscado durante veinte años. He contratado a investigadores, he revisado archivos, he hecho todo lo posible por encontrar a la hija de esa mujer. No por culpa. No para aliviar mi conciencia. Porque le prometí que la cuidaría. Y cuando te vi, cuando supe quién eras, supe que era mi oportunidad. Mi oportunidad de cumplir mi promesa. De hacer algo bien en mi vida."
"¿Cumplir tu promesa?", repitió ella, con amargura. "¿Así es como cumples las promesas? ¿Destrozando la vida de las personas que prometes cuidar? ¿Arruinando a sus padres, robando sus empresas, humillándolos hasta que se suicidan?"
Mateo palideció. "¿Tu padre?", dijo, y su voz apenas era un susurro. "¿Tu padre era el dueño de la constructora que compré?"
"El que arruinaste, querrás decir", corrigió ella, y en su voz había todo el odio que había acumulado durante cinco años. "Él no se suicidó por casualidad. Lo empujaste al abismo. Y ahora quieres que te cuide, que te proteja, que te quiera. Eres el monstruo más retorcido que he conocido."
Mateo se llevó una mano al pecho, como si el golpe hubiera sido físico. "Valentina, no sabes lo que dices. No sabes la verdad."
"¿Qué verdad?", preguntó ella, con los ojos ardiendo de furia. "¿Qué verdad podría justificar todo lo que has hecho?"
"Que no compré la empresa de tu padre", dijo él, y su voz era un susurro roto. "Que la compré para salvarla. Que él estaba endeudado hasta el cuello con personas peligrosas, personas que lo habrían matado a él y a ti si no pagaba. Que yo pagué. Que yo usé mi dinero y mi influencia para sacarlo de ese agujero. Y que él, en lugar de agradecerme, decidió que era mejor desaparecer."
Valentina se quedó sin aliento. Las palabras de él se clavaban en su cerebro como astillas de vidrio, cada una más dolorosa que la anterior. ¿Era verdad? ¿O era otra mentira, otra manipulación, otro paso en su juego de ajedrez?
"Demuéstralo", dijo, y su voz era un latido de acero. "Demuéstrame que dices la verdad."
Mateo asintió lentamente, y luego se volvió hacia su escritorio. Abrió un cajón y sacó un sobre de papel amarillento, sellado con cera. Lo sostuvo en sus manos durante un momento, como si pesara más de lo que parecía, y luego se lo tendió a ella.
"Léelo", dijo. "Es la última carta que me escribió tu padre antes de morir."
Valentina tomó el sobre con manos temblorosas. Lo abrió con la misma cautela con que se abre una bomba, y comenzó a leer. La letra era temblorosa, familiar, la de su padre en sus últimos días.
"Querido Mateo,
Cuando recibas esta carta, ya no estaré. No puedo continuar viviendo con la deuda que tengo contigo. Me salvaste la vida, me salvaste la empresa, pero no pudiste salvarme de la vergüenza. Saber que mi hija está a salvo, que tú la cuidarás, es lo único que me permite descansar en paz.
Te lo suplico: no le digas la verdad. Prefiere odiarme que saber que fui un cobarde. Y cuídala, Mateo. Cuídala como si fuera tuya.
Con gratitud y dolor,
Ignacio Cruz."
Las lágrimas cayeron sobre el papel, borrando las últimas palabras. Valentina levantó la vista hacia Mateo, y en sus ojos ya no había odio. Había confusión. Dolor. Y la pregunta que nunca había esperado hacer:
"¿Mi padre... pidió que me cuidaras?"
Mateo asintió lentamente, y por primera vez desde que lo conocía, Valentina vio lágrimas en sus ojos. "Pidió que te cuidara. Y he esperado veinte años para hacerlo. No sabía que eras tú hasta que vi tu expediente. Y entonces supe que tenía que protegerte, aunque tú me odiaras."
"Y me contrataste", dijo ella, con la voz rota. "Me contrataste como guardaespaldas."
"Para estar cerca de ti", confirmó él. "Para cumplir mi promesa. Para intentar... que me perdonaras."
Valentina se dejó caer en una silla, el papel aún tembloroso en sus manos. Todo lo que había creído, todo lo que había planeado, todo lo que había odiado, se desmoronaba a su alrededor como un castillo de naipes.
"No sé qué hacer", dijo, y su voz era la de una niña perdida. "No sé qué sentir. No sé quién eres realmente."
Mateo se arrodilló frente a ella y tomó sus manos entre las suyas. Sus ojos grises buscaron los de ella, y por primera vez, Valentina no vio arrogancia ni juego. Vio sinceridad.
"Soy el hombre que te ha buscado durante veinte años", dijo. "El hombre que le prometió a tu madre que te cuidaría. El hombre que ha esperado toda su vida para tener la oportunidad de cumplir esa promesa. Y si me das la oportunidad, Valentina, te mostraré quién soy realmente. No el magnate. No el depredador. Sino el hombre que ha soñado con conocerte desde que era un chico asustado en un hospital."
Valentina cerró los ojos y sintió que las lágrimas caían por sus mejillas. Veinte años de odio, de búsqueda, de dolor, se disolvían en ese momento, dejando espacio para algo que no sabía nombrar.
¿Amor?
¿Piedad?
¿La simple necesidad de ser sostenida por alguien que entendía su dolor?
No lo sabía. Pero en ese momento, mientras Mateo sostenía sus manos y la miraba con los ojos llenos de lágrimas, Valentina supo una cosa.
No iba a matarlo
Y tal vez, solo tal vez, iba a permitir que él la salvara.