Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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El refugio de las colinas
Buscando un espacio de verdadera libertad lejos de las miradas de la capital antes de la llegada de la boda, Gideon invitó a Lysandra y a su padre a pasar un fin de semana en su residencia de campo, la finca Highland Crest, situada en las colinas verdes a pocas millas de la ciudad.
El lugar era un palacete de piedra antigua rodeado de bosques de robles, jardines de lavanda y un lago cristalino. Mientras el Conde de Ashford descansaba en la biblioteca principal repasando mapas agrícolas con el administrador de la finca, Gideon y Lysandra disfrutaron de una larga caminata a solas por los senderos que bordeaban el agua.
Lysandra vestía un traje de montar de terciopelo verde oscuro que moldeaba su figura con elegancia. Gideon, liberado del rigor de las prendas de etiqueta de Mayfair, llevaba una camisa de cuello abierto, botas altas de piel y una chaqueta de cuero fino que acentuaba su silueta atlética e imponente.
—Este lugar es mágico, Gideon —dijo Lysandra, deteniéndose en un mirador de piedra que dominaba el valle mientras la brisa fresca del atardecer agitaba algunos mechones de su cabello.
Gideon se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con sus brazos largos y apoyando la mentón suavemente sobre la coronilla de la joven. Ambos contemplaron el horizonte dorado.
—Construí parte de este pabellón cuando era más joven —explicó Gideon con voz serena y profunda—. Siempre me ha gustado trabajar con la piedra y la madera. Cuando estaba en el norte, pensaba que las propiedades eran solo estructuras, números o recursos para las minas. Nunca imaginé que un lugar pudiera sentirse como un hogar.
Lysandra se giró entre sus brazos para mirarlo de frente. Acarició la mejilla firme del Duque, notando la paz absoluta que emanaba de sus ojos grises.
—¿Y ahora lo siente? —preguntó ella suavemente.
—Ahora sí —respondió él, tomando la mano de ella y colocándola directamente sobre su pecho—. Porque cuando te miro caminando por estos jardines, o cuando imagino a nuestros futuros hijos corriendo por este césped, todo cobra un sentido absoluto. Tú le diste alma a mi vida, Lysandra. Antes de ti, yo solo existía. Ahora, realmente vivo.
La emoción apretó la garganta de Lysandra. La pureza de las palabras de Gideon, su falta absoluta de artificio o pretensión, la hacían enamorarse de él una y otra vez con una fuerza renovada. Se alzó sobre las puntas de sus pies y le dedicó un beso tierno, prolongado y dulce, impregnado de una gratitud profunda.
—Tú me devolviste la fe en el mundo, Gideon —susurró ella pegando su frente a la de él—. Me enseñaste que el verdadero honor no es una máscara para la sociedad, sino la fuerza de un corazón que sabe amar sin reservas.
La paz de la tarde dio paso a una noche estrellada y silenciosa. Tras la cena, cuando el Conde se retiró a sus aposentos y los sirvientes hubieron concluido sus labores, Gideon condujo a Lysandra a la suite principal del ala oeste de la casa, un recinto amplio dominado por un ventanal que daba al lago y por una majestuosa chimenea de piedra donde arrollaban leños de roble.
La tensión sensual que había estado acumulándose durante el paseo por el lago volvió a estallar con una intensidad devoradora.
Sin las prisas del carruaje ni el temor a ser interrumpidos, la pareja se sumergió en una exploración íntima, profunda y romántica. Gideon despojó a Lysandra de sus prendas con una veneración casi religiosa. Cada botón liberado, cada capa de encaje que caía al suelo de madera, era seguido por el toque ardiente de sus manos y el rastro de sus besos hambrientos.
—Eres tan hermosa que me parece un sueño estar aquí contigo... —murmuraba Gideon mientras la contemplaba a la luz dorada de las llamas.
Lysandra, completamente desnudada de prejuicios y entregada a la pasión que su prometido despertaba en ella, ayudó a Gideon a quitarse la camisa, fascinada por la musculatura firme de su espalda y el pecho ancho que latía con fuerza desbocada.
La depositó sobre la amplia cama vestida con sábanas de lino blanco y mantas de plumas. Gideon se posicionó sobre ella, cuidando su peso pero manteniendo un contacto piel con piel que hizo temblar a ambos desde el primer instante.
El acto íntimo fue una danza perfecta entre la fuerza indomable de la "bestia" de los Ravenscroft y la ternura infinita de un hombre enamorado. Gideon no buscaba simplemente el placer; buscaba la consagración total de sus almas. Sus labios recorrieron cada centímetro del cuerpo de Lysandra: las curvas de sus caderas, la firmeza de sus muslos, la sensibilidad de su vientre, haciéndola arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros musculosos mientras gemidos de pura éxtasis se escapaban de su garganta.
—Gideon... por favor... no me hagas esperar —suplicó ella con la voz entrecortada por el fuego que la devoraba por dentro.
El Duque respondió uniendo sus labios en un beso profundo al tiempo que se unía a ella en un movimiento firme, lento y deliciosamente posesivo. Lysandra soltó un suspiro de rendición total. El ritmo se volvió una vorágine de sensaciones abrasadoras, donde el roce del lino, el crepitar de la madera y el calor de sus cuerpos sudorosos crearon un universo privado e indestructible.
Cuando alcanzaron juntos el clímax de la pasión, el estallido de placer los dejó abrazados, con los corazones latiendo al unísono en medio de un silencio sagrado.
Gideon la envolvió entre sus brazos poderosos, cubriéndolos a ambos con la manta de terciopelo. Besó la frente de Lysandra con infinita ternura mientras ella descansaba la cabeza sobre su pecho, escuchando la respiración serena del hombre que la amaba con cada fibra de su ser, sabiendo que su historia apenas estaba comenzando y que muy pronto, el altar sellaría para siempre lo que sus corazones ya habían consagrado en la intimidad.