Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 1
Alana salió a la calle con los ojos cegados por las lágrimas y el pecho apretado por una impotencia sofocante. El dolor no era solo una emoción; era un peso físico que le impedía respirar con normalidad. Apenas dio unos pasos fuera del portal cuando el cielo, teñido de un gris plomizo, se abrió sobre la ciudad en una tormenta feroz. Un vendaval arrastró hilos gruesos de lluvia contra las fachadas, desdibujando las siluetas de los rascacielos hasta convertirlos en sombras lejanas y fantasmales.
El agua fría le empapaba la ropa y se mezclaba con sus lágrimas, pero ella no sentía el frío. Solo sentía la imagen retorcida de Ethan y Alina grabada a fuego tras sus párpados. La traición de las dos personas que se suponía debían protegerla la consumía por dentro.
—¿Por qué? —susurró para sí misma, con la voz quebrada mientras tropezaba con el borde de la acera—. ¿Por qué me hicieron esto...?
Sintió la necesidad desesperada de escuchar una voz segura, un refugio contra el abismo que acababa de abrirse bajo sus pies. Con las manos temblorosas y los dedos torpes por el agua que resbalaba por la pantalla, sacó el teléfono de su abrigo y marcó el primer número de su lista de marcación rápida.
Al segundo tono, la voz cálida de su madre resonó al otro lado de la línea.
—¿Alana? Hija, ¿qué pasa? Está cayendo un diluvio increíble por aquí, espero que ya estés a resguardo con Ethan.
Al escuchar la mención de su nombre, un sollozo ahogado escapó de la garganta de Alana.
—M-mamá... —logró articular, con la voz rota por el llanto.
—¿Alana? ¿Qué ocurre? Me estás asustando, ¿por qué lloras así?
—La boda... —dijo Alana, mientras avanzaba mecánicamente por el pavimento sin darse cuenta de que sus pies abandonaban la acera—. Mamá, la boda se cancela. No hay boda.
—¿Qué dices, mi amor? ¿Tuvieron una discusión? Tranquilízate, los días antes del matrimonio siempre son estresantes...
—¡No es una discusión! —gritó Alana, descargando toda la rabia e impotencia acumulada en un rugido que superó el estruendo del trueno que resonó en el cielo—. ¡Lo vi, mamá! ¡Llegué al departamento y los vi! ¡Ethan estaba en mi cama con Alina! ¡Con tu hija! ¡Con mi hermana!
Hubo un silencio sordo al otro lado de la línea, interrumpiendo abruptamente el tono protector de su madre.
—¿Q-qué...? No, Alana, eso no es posible... Estás confundida...
—¡No estoy confundida! —lloró Alana, apretando el teléfono contra su oreja mientras el agua le cubría la cara—. ¡Los vi juntos! ¡Me arruinaron la vida, mamá! ¡Me quitaron todo!
El choque emocional era tan destructivo que Alana perdió por completo la noción de dónde estaba. Llevada por la desesperación, dio un paso al frente y se adentró en la calzada, cruzando la amplia avenida sin mirar a ninguno de los dos lados.
El ensordecedor rugido del agua cayendo sobre el asfalto ocultaba cualquier otro sonido. La visibilidad era casi nula; los faros de los automóviles penas lograban perforar la densa cortina de lluvia.
—Alana, por favor, dime dónde estás —suplicó su madre, con la voz tomada por un pánico repentino—. ¡Escúchame, no te muevas de donde estás!
—No puedo... ya no puedo más... —murmuró Alana, bajando la mirada mientras las lágrimas seguían brotando sin control.
Un estridente claxon rasgó el aire de golpe, demasiado cerca.
Alana levantó la cabeza instintivamente. Dos deslumbrantes luces amarillas emergieron de la penumbra a escasos metros de ella. Los frenos de un vehículo pesado chillaron impotentes sobre el asfalto mojado, deslizándose sin adherencia contra la corriente de agua que corría por la calle.
—¡Alana! —gritó la voz de su madre desde el altavoz del teléfono.
El impacto fue seco y devastador.
El cuerpo de Alana fue golpeado con violencia por el paragolpes delantero, saliendo proyectado por el aire antes de caer duramente contra el pavimento helado. El teléfono rodó por el suelo mojado, con la pantalla agrietada proyectando una tenue luz azul entre los charcos.
A través del altavoz, envuelto en el constante ruido de la lluvia y los gritos distantes del conductor que salía aterrorizado del vehículo, aún se escuchaba la voz desesperada de su madre:
—¡Alana! ¡Responde, por favor! ¡Alana!
Pero en medio del asfalto, mientras la lluvia caía sin piedad sobre su rostro, la vista de Alana comenzó a nublarse poco a poco, hasta que el estruendo de la tormenta y los gritos del teléfono se apagaron por completo en una profunda e insondable oscuridad.