Renzo Vittorino no es solo un líder; es la encarnación de la ley dentro de la mafia búlgara. Conocido por su frialdad quirúrgica y un código de honor inquebrantable, gobierna mediante el miedo y la eficiencia. Para Renzo, las mujeres siempre han sido accesorios temporales o herramientas políticas; nunca ha permitido que nadie interfiera en sus decisiones, manteniendo un control absoluto.
Al rastrear a un antiguo rival que le debe una suma astronómica, Renzo se enfrenta a una situación que desafía incluso su visión pragmática del mundo. Sin dinero ni bienes, el deudor ofrece su última “mercancía”: una joven mantenida cautiva en el sótano de una casa oscura.
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Capítulo 9
Renzo se sentó al lado de Aurora en la cama inmensa. El contraste entre la seda de las sábanas y la piel alba de ella, aún marcada por la negligencia de Sofia, era un recordatorio constante de lo que él había jurado proteger.
Él percibió que, al oír la palabra "exámenes", el cuerpo de ella se puso rígido como piedra. Los recuerdos del sótano, de ser tratada como un objeto desechable por Mikhail, aún latían en ella.
Él tomó la mano pequeña de Aurora entre las suyas, cubriéndola completamente con su palma encallecida y caliente.
Renzo— Escucha bien lo que voy a decirte
La voz de Renzo bajó a un tono grave, una promesa de sangre.
Renzo— Necesito llevarte hasta la clínica. No es solo por tus ojos. El médico necesita recoger tu sangre, Aurora. Necesito tener la certeza de que aquel miserable de Mikhail no te tocó más allá de lo que ya sé. Necesito saber si estás saludable, si él no dejó heridas que yo no consiga ver.
Aurora bajó el rostro, los hilos de cachemira del nuevo vestido rozando en su barbilla. Ella tembló, la mención al "toque" trayendo fantasmas que la ceguera no conseguía apagar.
Aurora— ¿Ellos van a usarme de nuevo? ¿Van a dejarme sola en una sala fría?
Ella susurró, la voz embargada por el trauma de doce años de abandono. Renzo sujetó la barbilla de ella, forzándola a erguir la cabeza, aunque los ojos de ella no pudieran encontrarlo. La furia por Mikhail quemaba en su pecho, pero para ella, él ofreció solo su fuerza.
Renzo— Mira para mí, Aurora. Escucha mi voz. Yo no voy a soltar tu mano por un segundo siquiera. Yo voy a estar dentro de aquella sala, a tu lado, mientras te sacan la sangre. Si alguien intenta mirarte o tocarte de un modo que no te guste, yo seré el último rostro que esa persona verá. ¿Te sientes segura conmigo?
Aurora vaciló. El mundo era un laberinto aterrador, pero el perfume de sándalo de Renzo y la firmeza de su mano eran las únicas cosas sólidas que ella conocía ahora.
Aurora— Yo... yo nunca tuve a nadie para sujetarme
Ella confesó, una lágrima solitaria escapando de los ojos nublados.
Aurora— Si el señor promete que no se va a ir, yo voy.
Renzo limpió la lágrima de ella con el pulgar, un gesto posesivo.
Renzo— Mi palabra es la ley en este país, pequeña. Y yo estoy dándote mi palabra: donde tú vayas, yo seré tu sombra. Nadie más pone un dedo en ti sin mi orden.
El trayecto fue hecho en el SUV blindado de Renzo. Aurora estaba encogida en el asiento de cuero, las manos apretando el brazo de él como si su vida dependiese de eso.
En la clínica particular, un lugar que Renzo mantenía bajo su hoja de pago para total discreción, él no permitió que enfermeros la llevasen.
Él mismo la guio. Dentro de la sala de recolección, el ambiente era estéril y silencioso. Renzo se posicionó atrás de ella, permitiendo que ella apoyase la cabeza en su pecho mientras la enfermera, trémula bajo la mirada del Capo, preparaba la aguja.
Renzo— Va a ser apenas un pinchazo
Él murmuró en el oído de ella, sintiendo el corazón de Aurora disparado contra sus costillas.
Renzo— Aprieta mi mano. Yo estoy aquí.
Aurora apretó los dedos de él con tanta fuerza que las uñas marcaron la piel de Renzo, pero él no se movió. Él observaba cada movimiento de la enfermera con ojos de halcón, garantizando que el procedimiento fuese lo más rápido e indoloro posible.
Para Renzo, aquel examen de sangre era más que medicina; era una auditoría de la "posesión" que él ahora valoraba más que cualquier cargamento de armas. Después de la recolección, el Dr. Aris se aproximó para los test de estímulo visual.
Aris— Señor Vittorino, vamos a testar la reacción pupilar ahora. Puede ser desconfortable después de doce años de oscuridad.
Cuando las luces comenzaron a parpadear delante de los ojos de Aurora, ella soltó un gemido agudo. Era como si agujas de fuego estuviesen perforando su cerebro.
Renzo— Está todo bien, Aurora. Respira. Yo aguanto tu dolor por ti
Renzo decía, el hálito caliente contra el cabello de ella, manteniéndola firme en sus brazos.
Después de los exámenes, el médico miró para los resultados preliminares y para Renzo.
Aris— La sangre nos dirá el estado general de ella en algunas horas. En cuanto a los ojos... hubo una respuesta. El cerebro de ella reaccionó al estímulo. Ella aún está allá dentro, Renzo.
Aurora estaba jadeante, las lágrimas escurriendo sin parar por el cansancio. Renzo la tomó en el colo, ignorando cualquier protocolo médico, y la envolvió en su paletó de lana caro.
Renzo— Acabó
Él dijo, con un orgullo sombrío.
Renzo — Vamos para casa. Tú probaste que eres más fuerte que todos ellos.
Enfermera-señor, el examen ginecológico.
Renzo guio a Aurora por los corredores de la clínica hasta una sala más reservada, donde el olor de antiséptico era mezclado a un silencio desconfortable.
La ginecóloga, una mujer de mirada clínica y postura rígida, mal osaba encarar a Renzo. Ella conocía la reputación del hombre que sustentaba aquella unidad de salud; sabía que preguntas innecesarias podrían costar caro.
Médica— Señor Vittorino
Dijo la médica, apuntando para el anexo.
Médica — Por favor, prepárela en el baño. Ella necesita usar la bata para el examen.
Renzo asintió, la expresión cerrada en una máscara de frialdad. Él llevó a Aurora hasta el pequeño aposento y cerró la puerta.
El espacio era estrecho, forzándolos a quedarse próximos. Aurora temblaba, el sonido de la respiración de Renzo siendo su única referencia.
Renzo— Quítate la ropa, Aurora
Él ordenó. La voz era baja, pero cargada de aquella autoridad que no admitía hesitación.
Sin cuestionar, sin intentar cubrirse o pedir privacidad, Aurora comenzó a desvestir el vestido de cachemira que él había acabado de comprar.
Sus movimientos eran mecánicos, desprovistos de cualquier pudor, como si el cuerpo de ella no pasase de un objeto que recibía órdenes.
En pocos segundos, ella estaba vulnerable delante de él. Renzo paró. Sus ojos recorrieron la silueta frágil de la chica, pero no había lujuria en ellos, apenas una observación sombría.
El hecho de ella desvestirse con tanta facilidad, sin la menor señal de resistencia o vergüenza, hizo una vena latir en la sien del Capo.
Renzo— Aurora
Él llamó, la voz ahora ronca.
Renzo — ¿Ya te quedaste desnuda así siempre que alguien pedía? ¿En el sótano?
Ella inclinó la cabeza, los ojos nublados fijos en el vacío, y asintió despacio.
Aurora— Sí... Mikhail decía que yo no era dueña de nada, ni de mi cuerpo. Si ellos pidiesen, yo tenía que quitarme.
maltratado y desnutrido su cuerpo y cerebro no se dañaron ?...y ahora en un año lee planos ya me parece muy fantástico!! no es como demasiado?