Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 1
Cap 1: El cheque de la despedida
La luz del amanecer entraba por los ventanales de Villaverde y le doraba la espalda al hombre que dormía boca abajo entre las sábanas revueltas.
Ximena lo miró un rato largo, apoyada en el cabecero, con una copa de agua tibia en la mano. Hombros anchos, cintura estrecha, la piel todavía marcada por las uñas de ella. En la oreja izquierda le brillaba el arete de zafiro que nunca se quitaba, ni para dormir ni para lo otro. Tres años y jamás había averiguado de dónde salió esa piedra. Tres años y jamás había querido saber su apellido.
Se inclinó y le pasó un dedo por la nuca.
—Despierta —murmuró—. Tenemos que hablar.
Él gruñó, estiró un brazo y la jaló de la muñeca hacia el calor de la cama.
—Es temprano, nena. Un rato más.
—No hay más ratos. —Ximena se soltó sin brusquedad y se sentó en la orilla del colchón, ya con la bata puesta—. Se acabó, Adrián.
El hombre abrió los ojos. Eran unos ojos oscuros, líquidos, de niño consentido que todavía no entendía que el mundo pudiera decirle que no. Se incorporó despacio, y con la sábana resbalándole por el pecho parecía una de esas esculturas que ella coleccionaba en el estudio de abajo.
—¿Se acabó qué?
—Esto. Tú y yo. —Ella tomó un sobre de la mesita y se lo dejó encima de las piernas—. Aquí hay un cheque. Es más que suficiente para que no vuelvas a preocuparte por dinero en toda tu vida. Y la casa es tuya; ya firmé el traspaso, mi abogado lo lleva mañana al notario. Villaverde a tu nombre.
Él no tocó el sobre. Lo miró como si adentro hubiera un insecto.
—¿Me estás corriendo?
—Te estoy soltando. Es distinto. —Ximena se levantó, caminó hasta el tocador y empezó a recogerse el pelo—. Fuiste tres años el mejor de mis caprichos. En serio. Pero un capricho no se guarda para siempre. Cariño de verdad, ninguno, cielo. De mentira… bueno, alguno te tuve. No lo voy a negar.
Lo dijo con ligereza, casi con ternura, mientras se ponía un arete. En el espejo vio cómo la cara del hombre cambiaba. La blandura se le fue de golpe. Se puso de pie de un salto, desnudo, sin pudor, y de un manotazo tiró al suelo el jarrón de porcelana que estaba en la cómoda. El estruendo la hizo dar un respingo.
—¿Un cheque? —La voz le había bajado una octava, ronca, peligrosa—. ¿Me pagas y me despides como a un… a un qué? ¿A un gigoló?
—Yo no dije esa palabra.
—No hace falta. —En dos zancadas la tuvo contra el tocador. La sujetó por los brazos, no con fuerza para dañarla, pero sí para que sintiera que podía—. Mírame bien, Ximena. Mírame. ¿Tú sabes quién soy yo?
Ella lo miró. De cerca era todavía más guapo, con la mandíbula tensa y una vena latiéndole en el cuello, y el arete de zafiro temblando con cada respiración.
Y le dio risa.
Una risa suave, sin maldad, la de quien oye a un chiquillo amenazar con acusarlo con su papá.
—Eres el hombre más bonito que compré en mi vida —dijo ella, y le acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Eso sé. Con eso me basta. —Le quitó los dedos de los brazos, uno por uno, y se apartó—. Quédate con la casa, quédate con el dinero, y quédate quietecito. Tuvimos suerte los dos.
Tomó su bolso del sillón. Al abrirlo para meter las llaves, entre el forro se le vio un canto de tarjeta: negra, mate, sin nombre a la vista. La cerró antes de que él alcanzara a fijarse. Recogió del buró el frasquito de vidrio con el perfume que ella misma destilaba —"Flor de Luna", nadie más lo tenía— y lo dejó sobre el cheque intacto.
—Para que te acuerdes de mí. Huele a las noches que sí valieron la pena.
Y salió de la alcoba con el paso tranquilo de quien cierra un negocio redondo.
Detrás, oyó su voz una vez más, distinta ahora, sin bravata, casi hueca:
—Te vas a arrepentir.
Ximena no volteó. Ya bajaba la escalera, sonriendo todavía, cuando le sonó el teléfono. En la pantalla, dos palabras: don Genaro.
Contestó en el vestíbulo.
—Buenos días, don Genaro.
—Mija. —La voz cascada del viejo tenía esa mezcla de cariño y mando que ella conocía de toda la vida—. Hoy llega Fernando. Vuelo de las once. Te lo encargo: ve por él al aeropuerto.
Ximena se detuvo con la mano en la manija de la puerta.
Fernando. Tres años sin verle la cara. Se había ido con una beca de intercambio al otro lado del mundo, la misma semana de la boda, y no se había ido solo: se había llevado a Lili. La beca fue el pretexto; Lili, la razón. Y ahora don Genaro, el patriarca, lo obligaba a regresar.
—Claro que sí —respondió, y su voz no tembló—. Ahí estaré.
Colgó. Se quedó un segundo mirando el jardín por el cristal.
La noche de bodas volvió sola, como vuelven las cosas que uno cree enterradas. Fernando de esmoquin, sentado en la orilla de la cama sin acercarse a ella, diciéndoselo con una calma que dolía más que un grito: "Yo solo quiero a Lili, Xime. Contigo me caso porque mi papá me tiene agarrado de las acciones. Te doy el apellido, te doy el título de señora Ayala, y afuera haz tu vida. Búscate un novio si quieres. Yo no te lo voy a impedir." Y se había ido al cuarto de huéspedes.
Un novio.
Ximena sonrió de lado. Vaya que se había buscado uno.
Se arregló para el aeropuerto con calma quirúrgica: un vestido claro, sin joyas escandalosas, el pelo suelto. Que Fernando la viera bien. Que le doliera un poquito, si es que todavía le quedaba con qué.
Cuando llegó a la sala de arribos de Monteverde, el vuelo ya había aterrizado. Se recargó en una columna, con los lentes de sol en la mano, y esperó.
Fernando salió entre la multitud empujando un carrito de maletas. Estaba más delgado, más hombre, con la barba de unos días. La buscó con la mirada por inercia, y cuando la encontró —arreglada, serena, guapísima— algo se le endureció en la cara, como si le molestara que ella no estuviera hecha pedazos.
Pero Ximena no lo estaba mirando a él.
Miraba a la mujer que venía a su lado, del brazo, con un abrigo holgado color crema. Lili. Los mismos ojos grandes y húmedos de siempre, la misma sonrisa tímida que a todos derretía. Caminaba despacio, con cuidado, y llevaba una mano abierta sobre el vientre. Un vientre que, bajo la tela suelta, apenas empezaba a redondearse, pero que ella acariciaba en círculos lentos, protectores, para que nadie dejara de notarlo.
La gente alrededor los miró. Miró a la pareja, miró a Ximena, ató cabos.
Fernando se detuvo a dos metros, tenso, sin saber si presentarlas o huir.
Ximena se enderezó de la columna. No hubo un grito, ni una lágrima, ni un temblor en las manos. Se acomodó el bolso en el hombro, dio dos pasos y quedó frente a ellos, tranquila, con una media sonrisa cortés en los labios.
Bajó los ojos hacia la mano de Lili sobre el vientre. Luego los volvió a subir, muy despacio, hasta la cara pálida de la muchacha.
Y preguntó, con una voz clara que se oyó en toda la sala:
—¿Estás embarazada?