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La Esposa del Exmilitar

La Esposa del Exmilitar

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Amor tras matrimonio / Mujer poderosa / Juego de roles / Mujer despreciada
Popularitas:157.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

La noche de su compromiso, Estrella Navarro cayó al mar. Su prometido salvó a otra mujer y la dejó atrás.

Quien la rescató fue León Reyes, un exmilitar serio y reservado al que todos subestiman. Al día siguiente, Estrella rompe con el hombre que la traicionó y se casa con León por el civil.

Su familia cree que perdió la cabeza. Su ex quiere recuperarla. Su hermana presume una tecnología que no le pertenece.

Pero Estrella no es la mujer débil que todos creían. Ella es la verdadera creadora de ASTRA.

Y León tampoco es un hombre cualquiera.

Cuando los secretos salgan a la luz, quienes la humillaron van a entender algo demasiado tarde: Estrella no se arruinó al casarse con él. Se salvó.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5

En el hospital privado, Valeria sostenía el celular con los dedos tensos.

Aunque tenía fiebre y la garganta irritada por el agua de mar, sus ojos estaban demasiado vivos para parecer enferma de verdad.

El amor que Diego le demostraba, si era amor o no, no importaba tanto como el resultado.

Castellanos Tech estaba estancada.

Diego necesitaba desesperadamente una tecnología que lo empujara por encima de AstraNova. Y ella, Valeria Navarro, era la única persona que podía ofrecerle una puerta hacia ASTRA.

Por eso Diego había nadado primero hacia ella.

No porque la amara más.

Porque, al verla hundirse, también vio hundirse la posibilidad de conseguir el sistema.

Valeria lo sabía.

Y aun así le bastaba.

Cinco años atrás, cuando Estrella llevó a Diego por primera vez a la casa Navarro y lo presentó como su novio, Valeria se quedó fascinada. Alto, arrogante, impecable, con ese aire de hombre nacido para estar arriba de todos.

Desde entonces lo quiso.

Lo quiso en silencio, con paciencia, con veneno.

La noche del compromiso, verlo ponerle el anillo a Estrella la volvió loca de celos. El alcohol, la rabia y esos años de envidia le nublaron la cabeza. Por eso la siguió a la cubierta. Por eso, cuando Estrella se inclinó cerca del barandal, Valeria la empujó.

Pensó que si Estrella moría, Diego sería suyo.

No contó con que, al caer, Estrella le agarraría la muñeca y la arrastraría al mar.

Recordarlo todavía le ponía la piel fría.

Pero el resultado no era malo.

Estrella no murió, pero su amor por Diego sí.

Y una mujer que se casaba por rabia con el primer hombre que la rescataba estaba, a los ojos de todos, cavando su propia tumba.

El celular vibró.

Valeria contestó de inmediato.

—¿Qué pasó?

Del otro lado, la voz de un joven sonaba excitada.

—Valeria, ya tenemos el resultado final. Logramos replicar ASTRA.

El corazón le dio un golpe.

—¿De verdad? ¿Coincide con las características filtradas?

—En lo esencial, sí. Con los fragmentos de algoritmo y las notas de arquitectura que nos diste, pudimos completar la parte clave. Todavía hay detalles de estabilidad que...

—Los detalles se corrigen —lo interrumpió—. Lo importante es que el núcleo funcione.

Lo logró.

Se recargó en la almohada, con una sonrisa que ya no pudo esconder.

Todo venía de aquel accidente de seis años atrás.

En una universidad de Alemania, mientras hacía trabajo de apoyo en un laboratorio, encontró una memoria USB olvidada en una computadora. La curiosidad pudo más que la prudencia. Rompió la contraseña y encontró notas de arquitectura, borradores de código y conceptos de un sistema llamado ASTRA.

No entendió todo.

Pero entendió suficiente: aquello era demasiado avanzado para quedarse tirado.

Lo copió.

Un año después, cuando en ciertos círculos tecnológicos comenzó a circular el rumor de un algoritmo revolucionario con ese mismo nombre, Valeria comprendió qué había robado.

La versión que tenía estaba incompleta.

Pero ahora, con dinero de Diego, laboratorios privados y un equipo dispuesto a llenar huecos, por fin podía convertir el robo en corona.

Había investigado al posible dueño original. Su mentor en Alemania siempre se negó a decirle el nombre de la estudiante que trabajaba hasta la madrugada con ese modelo. Solo mencionó una vez que aquella joven había desaparecido del radar, que quizá su salud se quebró por tanto trabajo.

El mentor murió de cáncer la semana anterior.

Ya nadie podía delatarla.

Si ASTRA había caído en sus manos, entonces era suyo.

—Hay una vulnerabilidad pequeña —insistió el ingeniero—. Para una presentación pública, tres días es poco.

Valeria frunció el ceño.

—No es poco. Es perfecto. Prepara la demostración y el deck. En la próxima presentación de Castellanos Tech, ASTRA va a nacer ante el mundo.

—Entendido.

Colgó.

Natalia, sentada a su lado, no entendía de algoritmos, pero sí entendía la expresión de triunfo de su hija.

—¿Buenas noticias?

Valeria sonrió.

—Muy buenas. Mamá, quédate tranquila. El lugar de señora Castellanos será mío.

Natalia le acarició el cabello.

—Desde niña supe que eras mejor que Estrella.

Valeria cerró los ojos, saboreando el futuro.

La imaginó: luces, cámaras, Diego mirándola con admiración, inversionistas hablando de ella como una genio. Y a Estrella, si quería mirar, le tocaría hacerlo desde abajo, desde esa vida pobre que había elegido por orgullo.

En la casa antigua de León, yo estaba en el jardín mirando el árbol enorme del patio.

Había algo en ese lugar que me hacía respirar mejor.

León entró por el portón cargando bolsas del mercado. Traía verduras, carne, fruta y pan.

—¿Qué ves? —preguntó.

Señalé una rama baja del árbol.

—¿Algún día podríamos poner un columpio ahí?

Lo dije casi sin pensar. En mi antigua vida, pedir algo así habría abierto una conversación sobre estética, seguridad, diseño, si combinaba o no con el resto del lugar.

León ni siquiera dudó.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí. Lo pongo cuando consiga los materiales.

La felicidad me salió tonta, de niña.

—Gracias.

Entré detrás de él a la cocina, decidida a no ser una inútil en mi propia casa.

—Te ayudo.

León me miró, quizá midiendo mi nivel real de experiencia doméstica.

—¿Sabes lavar verduras?

—Claro.

No podía ser tan difícil.

Tomé la bolsa de hojas verdes, las puse en el fregadero y abrí la llave con demasiada confianza.

El chorro salió disparado.

Agua en la encimera.

Agua en mi blusa.

Agua en mi cara.

—¡Ay!

Cerré la llave a manotazos y me quedé empapada de medio torso, sosteniendo unas hojas como si fueran culpables.

León volteó.

Sus ojos se movieron de mi cara mojada al fregadero inundado.

Por un segundo pensé que iba a reírse.

No lo hizo.

Salió a la sala y volvió con papel.

Cuando intenté tomarlo, dijo:

—Quietecita.

Me quedé inmóvil.

Él se inclinó y me secó la frente, las mejillas, el mentón. Sus dedos rozaron mi piel con una delicadeza inesperada. Las gotas colgaban de mis pestañas y yo, en vez de sentir vergüenza, me descubrí mirándolo demasiado de cerca.

Las pestañas oscuras.

La nariz recta.

La boca.

Tuve que recordar cómo se respiraba.

—Listo —dijo, tirando el papel a la basura—. ¿Todavía quieres ayudar?

—Sí.

No iba a rendirme por una llave traicionera.

Volví a las verduras, ahora con la presión del agua más baja. León cortaba carne a mi lado. El espacio de la cocina era más angosto que las cocinas enormes a las que estaba acostumbrada, y yo todavía no calculaba bien cómo moverme ahí.

Terminé de lavar, giré, y choqué de lleno contra su pecho.

—¡Uf!

Mi nariz pegó contra algo durísimo. Por instinto agarré su camisa a la altura de la cintura. Su brazo me sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.

Quedé pegada a él.

Demasiado.

León también se quedó quieto.

—Perdón —dije, alzando la cara—. No vi que venías.

Sus manos se cerraron un segundo sobre mis hombros. Luego me separó con cuidado.

—La cocina es pequeña. Ve a sentarte. Yo termino.

Me ardían las orejas.

—Pero...

—Estrella.

No sonó como regaño, pero sí como final.

Salí con dignidad apenas suficiente para no tropezarme otra vez.

En la sala, me toqué la nariz y miré hacia la cocina.

Era evidente que no sabía hacer nada.

¿León pensaría que era torpe? ¿Que se había casado con una señorita inútil que ni lavar verduras podía?

Me senté en el sofá, frustrada.

No sabía cocinar. No sabía arreglar una casa. No sabía lavar platos sin que alguien se preocupara.

Pero sabía hacer otras cosas.

Sabía diseñar sistemas.

Sabía construir modelos de inteligencia artificial que empresas como Castellanos Tech y AstraNova deseaban con desesperación.

Cuando resolviera lo de ASTRA, ganaría suficiente dinero para que León no tuviera que preocuparse por nada. Si quería seguir siendo ingeniero, bien. Si quería cambiar de camino, también.

Yo podía encargarme del dinero.

La casa la aprendería poco a poco.

Desde la cocina, León me miró de reojo y sonrió apenas.

Torpe, sí.

Pero adorable.

Media hora después, la mesa tenía tres platos y una sopa sencilla. Carne guisada, verduras salteadas, arroz, caldo. Nada de chef con nombre francés. Nada de espuma, reducción o plato mínimo en vajilla enorme.

Olía delicioso.

—León, eres buenísimo.

—Prueba primero.

Me sirvió arroz y me pasó los cubiertos.

Probé la carne.

—Está increíble.

No exageré. Estaba suave, bien sazonada, con ese sabor de comida hecha en casa que yo casi no recordaba.

León me observó con algo parecido a satisfacción.

—Si te gusta, come más.

Asentí, feliz.

La comida no era menos valiosa por no venir de un restaurante caro. Al contrario. Que él la hubiera hecho para mí la volvía distinta.

Cuando terminamos, insistí en lavar los platos.

—Yo puedo.

León me miró.

—¿Segura?

—Segura.

Necesitaba recuperar algo de dignidad.

Tomé los platos con cuidado, caminé al fregadero y justo cuando estaba por dejarlos, un tazón se deslizó desde arriba.

El golpe contra el piso sonó demasiado fuerte.

El tazón se hizo pedazos.

Me quedé congelada.

León apareció detrás de mí.

—Perdón —dije rápido—. Se me resbaló. Yo lo limpio.

Me agaché para juntar los pedazos.

Su mano me detuvo de inmediato.

—No. Te puedes cortar.

El nudo en mi garganta fue ridículo.

Era un tazón.

Solo un tazón.

Pero yo sentía que acababa de fallar un examen importante.

—No estoy acostumbrada —expliqué, con la voz más baja—. En casa siempre había empleadas. Después, con Diego, tampoco me dejaba hacer nada.

Levanté la mirada, apurada.

—Pero voy a aprender. De verdad. Dame tiempo y voy a hacerlo bien.

No quería que se arrepintiera.

No quería que pensara que había traído a su vida una carga cara, torpe e inútil.

León me miró como si hubiera entendido más de lo que dije.

—No tienes que forzarte.

—No me fuerzo. Quiero compartir las cosas contigo. No quiero que todo caiga sobre ti.

Él guardó silencio un momento.

Luego asintió.

—Entonces despacio.

Fue por una escoba y recogió los fragmentos. Yo me quedé a un lado, todavía avergonzada.

Después subí al cuarto con la excusa de ordenar mi ropa, aunque en realidad necesitaba esconder la cara.

No alcancé a abrir la maleta cuando sonó mi celular.

Bruno Serrano.

Mi socio técnico.

—Jefa, tenemos un problema —dijo apenas contesté—. Castellanos Tech acaba de anunciar que en tres días presentará públicamente ASTRA.

La vergüenza desapareció.

Me quedé inmóvil frente a la ventana.

—¿Qué dijiste?

—Que van a presentar ASTRA. Todo apunta a una versión robada. ¿Sacamos nosotros la versión oficial? Podemos desmontarlos antes de que abran la boca.

Miré el jardín.

Hace unos minutos estaba preocupada por un tazón.

Ahora mi trabajo de años estaba a punto de ser usado por Diego Castellanos.

—No —dije.

—¿No?

—Si Castellanos Tech se atreve a presentarlo, no es una falsificación cualquiera. Necesito ver qué tienen, de dónde salió y quién está detrás.

—Jefa, es tu sistema.

—Precisamente por eso no vamos a actuar a ciegas. Suspende cualquier publicación nuestra. Nada de anuncios, nada de filtraciones. Quiero al equipo en silencio y monitoreando.

Bruno respiró hondo.

—Entendido.

Colgué.

La idea de vender ASTRA o negociar con una empresa grande para ganar dinero rápido acababa de complicarse.

Pero no me asusté.

Me enfrié.

Si Diego iba a poner en público algo que llevaba mi nombre invisible, yo necesitaba ver hasta dónde llegaba su descaro.

Y quién le había entregado la pieza que faltaba.

1
JZulay
ay....🤦🏼🤷🏼...ahora sí estás de malas...!!! 🙊
JZulay
🤭🤣🤣🤣🤣 ....sus lágrimas quedaron en shock !!!! 🤭
JZulay
🤭😂😂😂😂😂....qué pena
JZulay
uuuiiii....qué excitante !!! 🤔🤦🏼🤭😂😂😂
JZulay
ni puede ni quiere Salvarte 🤔🤭😅😅
JZulay
🤦🏼...niña....no hay como consolarla , porque ud se lo buscó 😤
JZulay
madre mía 😯🙊!!!!
te cayeron a 🍍 piña ....👀
coge... 👊🏼... ese es el hombre que tú querias 😶‍🌫️
para más tarde
carajo, cambien al traductor.
JZulay
👏🏼👏🏼👏🏼....bien dicho
🤣🤣🤣🤣🤣🤣
JZulay
😯🙊...mira . 👀... el amor de tu vida en momentos de crisis , dándote cariñitos
Mar Sol
Por fin les llegó la hora a esos dos, Valeria y Diego, el descaro de quedarse con algo que no les pertenece, los hace delincuentes, como tal, deben pagar.
JZulay
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ Valeria....Valeria 🤭
Andrea Nardelli
exyraordinaria exelentemente escrita
Mirla Loyo
qué lecturas ésta?🥺🤦‍♀️
JZulay
show Time !!!! /Doubt/
JZulay
exactamente sin evidencias, ya están condenados...🤔
pero como Uds responden al amo que paga sus cuentas 🤷🏼
Mirla Loyo
ésta lectura va a ser así en adelante?🤦‍♀️ tanto esperar para ésto?🤬
JZulay
estos últimos capítulos dificulta una poco su comprensión
Mirla Loyo
éste capítulo estuvo como un tocadiscos en revolución 33🤣🤣🤣 no entendí un carajo 🤔🤣🤣
Rosario Velazquez Romero
escritora está terriblemente mal este capitulo
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