Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 8
Carmila
Ninguno salía de su habitación.
Y, para ser honesta, eso me ponía más nerviosa de lo que quería admitir. El silencio del apartamento no era cómodo; era tenso, cargado de una energía rara, como si las paredes supieran algo que nosotros no queríamos enfrentar.
Además, tenía hambre.
Me giré en la cama, miré el techo y suspiré. No sabía ni su nombre, no sabía si estaba despierto, no sabía absolutamente nada… y eso me estresaba más de lo razonable. Yo no era una mujer insegura, ni mucho menos tímida, pero esta situación era distinta. Demasiado distinta.
Finalmente, decidí salir.
Abrí la puerta de mi habitación con cautela y caminé hacia la cocina. Allí estaba él, apoyado en la encimera como si ese espacio le perteneciera desde siempre. Se veía… fuera de lugar y, al mismo tiempo, peligrosamente cómodo.
Alto.
Piernas largas y fuertes.
Hombros anchos.
Brazos firmes.
Y esos ojos azules… fríos, profundos, capaces de perforarte el alma si los sostenías demasiado tiempo.
—Debemos organizarnos mientras solucionamos esto —dije, rompiendo el silencio.
Él levantó la vista hacia mí, evaluándome con la misma calma distante de siempre.
—Concuerdo —respondió con su tono frío y controlado.
Se recostó mejor en la encimera, cruzando los brazos. Sentí cómo algo en mi estómago se tensaba sin mi permiso.
—¿Cómo te llamas? —preguntó—. Creo que es importante.
Asentí.
—Camila Reinhart. ¿Y tú?
—Maximilian Brandt.
Otro silencio incómodo cayó entre nosotros. No era incómodo por falta de palabras, sino por exceso de pensamientos.
—¿Te parece si dividimos la nevera? —propuso finalmente—. Es bastante grande.
—Bien —respondí—. Y podríamos pagarle a alguien que haga la limpieza.
—Perfecto.
Todo sonaba práctico, eficiente, adulto. Y, sin embargo, había algo en su acento alemán —ligeramente marcado, grave— que me gustaba más de lo que quería aceptar.
Decidimos pedir comida. Delivery sencillo, nada elaborado. Yo serví una copa de vino; él abrió una cerveza. Terminamos sentados en el sofá, uno demasiado cerca del otro, mirando la vista nocturna de la ciudad.
El apartamento estaba en Battery Park City, una de las zonas más exclusivas de Manhattan, cerca del sector financiero. Desde allí, Nueva York brillaba con arrogancia: rascacielos iluminados, el reflejo del río Hudson, una ciudad que nunca duerme y nunca perdona.
—Es… bonito —dije, rompiendo el silencio.
—Funcional —corrigió él.
Sonreí de lado.
—Típico.
No sé en qué momento ocurrió.
No sé quién se movió primero.
Solo sé que, cuando quise darme cuenta, sus labios estaban sobre los míos, exactamente como aquella noche en Berlín. Un beso intenso, eléctrico, sin promesas ni preguntas. Nos besábamos como si no existiera el mañana.
La ropa empezó a desaparecer sin ceremonia. Manos urgentes, respiraciones aceleradas. No estaba ebria; apenas había tomado una copa de vino. Él tampoco. Estábamos completamente cuerdos.
Y aun así, mi cuerpo reaccionaba sin pudor, sin reglas, sin frenos.
Podía sentirlo duro contra mí, y mi cuerpo lo deseaba con una intensidad que me desconcertaba. No había asco, no había culpa, no había pensamientos. Solo necesidad.
Lo hicimos en la sala.
En el sofá.
Contra la pared.
Sobre la alfombra.
En cuantas posiciones se nos ocurrieron o el deseo nos permitió. Como animales que no necesitan palabras para entenderse.
Al despertar, estaba en mi habitación.
El sol entraba suavemente por la ventana. Me quedé unos segundos mirando el techo, recordando fragmentos de la noche anterior. Maximilian. Su cuerpo. Su forma de tocarme.
Hoy debía iniciar a trabajar.
Me levanté, me bañé y me vestí rápido. Al salir de la habitación, el apartamento estaba impecable. Silencioso. Él ya se había ido.
No sabía si sentir alivio o decepción.
Me puse una falda de tubo gris oscuro, blusa clara y tacones. El conjunto resaltaba mi figura de forma elegante, segura, profesional. La Camila que enfrentaba al mundo no era la misma que se perdía entre sábanas ajenas.
Al llegar a la oficina, el ambiente era un caos.
—¿Qué pasa? —le pregunté a mi secretaria, Alejandra.
Ella me miró con los ojos abiertos de par en par.
—El nuevo dueño llegó… y llegó temprano. Muy temprano.
Fruncí el ceño.
—¿No se suponía que llegaba el próximo mes?
—Eso creíamos todos —dijo—, pero ya está pidiendo información de todas las áreas. Tiene a todo el mundo corriendo. Dicen que ya empezó a despedir gente y a revisar sectores que, según él, no funcionan o pueden ser más eficientes.
Sentí un leve nudo en el estómago.
Cuando llegó el turno de nuestra área, mi jefe parecía un costal de nervios. La secretaria de la gerencia general nos indicó que pasáramos.
Mis piernas temblaron.
Y entonces lo vi.
Sentado tras un escritorio grande, moderno, impecable.
Maximilian Brandt.
Todo dentro de mí se movió. Y no solo por los recuerdos de la noche anterior.