La familia de Valentina está al borde de la ruina. Para salvar el apellido y las empresas familiares, ella acepta —o es prácticamente obligada— a casarse con un ranchero millonario de un pequeño pueblo del sur. Ella esperaba un hombre viejo y desagradable. En cambio encuentra a: Ethan Blackwood Treinta y pocos. Alto. Callado. Brutalmente atractivo. Dueño de miles de hectáreas, ganado premiado y medio pueblo. Un hombre que vive con botas embarradas, monta caballos al amanecer y odia todo lo que representa la alta sociedad de la ciudad. Y ahora tiene una esposa que llega al rancho con tacones, maletas de diseñador y cero idea de cómo sobrevivir lejos del wifi.
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Sin señal
La habitación seguía sintiéndose demasiado grande.
Demasiado silenciosa.
Valentina Rossi
llevaba casi veinte minutos caminando de un lado a otro con el teléfono en la mano.
Una barra de señal.
Luego ninguna.
Luego media.
Luego otra vez nada.
—No puede ser real —murmuró frustrada.
Intentó junto a la puerta.
Nada.
Junto a la chimenea.
Nada.
Incluso levantó el celular hacia el techo como si eso fuera a ayudar.
—¿Cómo sobreviven aquí? ¿Mandándose cartas?
El teléfono volvió a perder señal.
Valentina soltó un sonido de frustración y caminó hacia las enormes ventanas.
Ahí tenía que funcionar.
Se subió al borde inferior cuidadosamente, inclinándose hacia afuera.
Una barra.
—Sí, sí, sí…
Levantó más el brazo.
Dos barras.
—Perfecto.
Intentó enviar un mensaje rápido a:
Sofía Moretti
“Sigo viva. Creo.”
Pero justo cuando estaba por enviarlo…
Su pie descalzo resbaló en la madera pulida.
—¡Mier—!
El mundo se inclinó peligrosamente hacia adelante.
Y antes de caer…
unas manos fuertes sujetaron su cintura bruscamente.
Valentina soltó un jadeo ahogado al ser arrastrada hacia atrás contra un cuerpo duro y caliente.
Muy duro.
Su espalda chocó contra un pecho firme mientras uno de los brazos del hombre permanecía rodeando su cintura para mantenerla estable.
Silencio.
El aire desapareció de sus pulmones.
—¿La gente de la ciudad suele intentar suicidarse saludando a las montañas?
La voz grave hizo que algo le recorriera la espalda.
Lento.
Peligroso.
Valentina levantó la vista rápidamente.
Y finalmente lo vio.
Ethan Blackwood
Mucho más intimidante en persona.
Alto.
Gigante prácticamente.
Camisa negra ajustada arremangada hasta los antebrazos.
Botas cubiertas apenas de polvo.
Y esos ojos claros observándola con una calma desesperante.
Valentina se dio cuenta demasiado tarde de algo horrible:
seguía pegada a él.
Una de las manos de Ethan aún descansaba firme sobre su cintura.
Y ella podía sentir el calor de su cuerpo incluso a través de la tela del vestido.
—Suéltame —dijo inmediatamente.
Ethan alzó apenas una ceja.
—Si lo hago, vuelves a caer.
Eso la irritó más porque probablemente era verdad.
Él la acomodó lentamente sobre el suelo antes de apartarse apenas.
Pero no demasiado.
Como si todavía no confiara en que no intentaría lanzarse otra vez por la ventana.
Valentina acomodó rápidamente su cabello intentando recuperar dignidad.
Difícil tarea estando descalza y casi muerta.
—No estaba cayéndome.
Ethan miró la ventana abierta.
Luego el teléfono en su mano.
Después volvió a verla a ella.
—Claro.
Dios.
El sarcasmo tranquilo era peor que si se hubiera burlado.
Valentina cruzó los brazos.
—No hay señal aquí.
—Bienvenida al rancho.
—Eso no es algo normal.
—Aquí sí.
Ella lo observó finalmente con atención.
Y el problema fue que…
era absurdamente atractivo.
No elegante como los hombres de Nueva York.
No perfectamente producido.
Ethan Blackwood parecía hecho de madera, viento y problemas.
Demasiado masculino.
Demasiado seguro.
Demasiado… él.
Y eso la molestó instantáneamente.
Porque sería más fácil odiarlo si no se viera así.
Ethan también la observaba.
Vestido elegante arrugado por el viaje.
Cabello oscuro cayendo desordenado sobre sus hombros.
Descalza. Furiosa.
Hermosa.
Aunque parecía estar a segundos de declararle la guerra.
—¿Siempre eres tan dramática? —preguntó él.
Valentina abrió la boca, indignada.
—¿Siempre apareces de la nada para asustar personas?
—Escuché movimiento.
—¿Y decidiste entrar sin tocar?
—La puerta estaba abierta.
Eso la hizo mirar alrededor.
Maldita sea.
Sí estaba abierta.
Odiaba que tuviera razón.
Ethan caminó lentamente hacia una pequeña mesa cercana y tomó un aparato negro.
—Si quieres llamar a alguien, usa el teléfono satelital.
Valentina parpadeó.
—¿El teléfono qué?
—Satélital.
—Eso suena ilegal.
Por primera vez, una sonrisa pequeña apareció en el rostro de Ethan.
Y honestamente…
fue peor que su mirada seria.
Porque hizo que se viera peligrosamente atractivo.
—Vas a sobrevivir aquí, princesa.
Ella tomó el aparato de sus manos rápidamente.
Sus dedos rozaron los de él apenas.
Y el pequeño contacto bastó para tensar el aire nuevamente.
Valentina apartó la mano primero.
—No me llames princesa.
Ethan inclinó apenas la cabeza.
—Entonces deja de intentar morir de forma tan cara.