Un matrimonio que ninguno eligió. Un hombre que no la ama. Y un secreto que cambiará sus vidas para siempre.
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CAPÍTULO 8 — LA VERGÜENZA DE GAEL
El cumpleaños número diecinueve de Gael había convertido la mansión en una verdadera celebración. Las luces iluminaban cada rincón, la música llenaba los salones y los invitados llegaban vestidos con elegancia. Entre ellos estaban varios amigos de Gael y, por supuesto, Valentina, quien no se separaba de su lado. Todo parecía perfecto para él, pero Aitana sabía que aquella noche no sería igual para ella.
Mientras ayudaba a organizar algunas cosas, Gael apareció frente a ella con una bolsa en las manos. Se la entregó sin decir una palabra y señaló hacia las escaleras.
—Sube y cámbiate.
Aitana abrió la bolsa y se quedó inmóvil.
Dentro había un uniforme de empleada doméstica.
—¿Qué es esto? —preguntó, mirando a Gael con incredulidad.
—Lo que vas a usar esta noche.
—Gael...
—Mis invitados están aquí para celebrar conmigo. Tú vas a encargarte de atenderlos.
Aitana sintió una profunda vergüenza, pero intentó mantener la calma.
—Soy tu esposa, no una empleada.
Gael la miró con frialdad.
—Hoy no quiero discutir. Haz lo que te estoy diciendo.
Aitana sostuvo la bolsa contra su pecho. Una parte de ella quería negarse, quitarse de encima aquella humillación antes de que comenzara, pero todavía tenía sentimientos por él. Aunque Gael la había lastimado muchas veces, ella seguía viendo en él al niño que alguna vez había conocido y querido. Por eso, en lugar de enfrentarlo delante de todos, subió en silencio.
Unos minutos después regresó al salón con el uniforme puesto.
Las conversaciones comenzaron a detenerse.
Algunos invitados la miraron sorprendidos y otros intercambiaron sonrisas. Uno de los amigos de Gael soltó una pequeña risa.
—¿En serio la vas a hacer servir?
Gael levantó su vaso y respondió con absoluta tranquilidad.
—Para eso está esta noche.
Las palabras llegaron directamente a Aitana.
Ella bajó la mirada y tomó una bandeja.
Comenzó a atender a los invitados mientras intentaba ignorar las miradas. Cada vez que alguien necesitaba algo, la llamaban.
Valentina aprovechaba la situación para pedirle cosas delante de todos, como si quisiera dejar claro que Aitana estaba por debajo de ella.
—Aitana, trae más bebidas.
Ella obedeció.
—Aitana, recoge esto.
Volvió a obedecer.
—Aitana, ¿puedes atender la mesa de afuera?
Una vez más, Aitana tomó la bandeja y se marchó.
Intentaba mantenerse fuerte, pero por dentro estaba destrozada. Lo que más le dolía no era el uniforme, sino que Gael estuviera permitiendo que todos la trataran de aquella manera.
Cuando regresó al salón, uno de los invitados hizo un comentario que provocó varias risas. Aitana sintió que ya no podía seguir soportándolo. Dejó la bandeja sobre una mesa y respiró profundamente.
Entonces las puertas principales se abrieron.
Alonso acababa de llegar.
Su mirada recorrió el salón hasta detenerse en Aitana. Durante unos segundos no dijo nada. Solo observó el uniforme, la bandeja y las expresiones de los invitados.
—¿Qué significa esto? —preguntó finalmente.
El salón quedó en silencio.
Gael se acercó.
—Es mi decisión.
Alonso lo miró con una decepción evidente.
—¿Tu decisión fue humillar a tu esposa delante de todos tus amigos?
—No es para tanto.
Alonso dio un paso hacia él.
—Sí lo es. Puedes no quererla. Puedes estar enojado. Pero hacerla servir mientras tus invitados se ríen de ella no demuestra que seas poderoso, Gael. Demuestra que no sabes respetar a la mujer que tienes delante.
Valentina intentó intervenir.
—Señor Alonso, Gael solo estaba...
—No te metas.
Valentina quedó en silencio.
Alonso miró nuevamente a Aitana.
—Ve a cambiarte.
Aitana asintió y subió las escaleras.
El salón permaneció en silencio hasta que, varios minutos después, Aitana regresó.
Ya no llevaba el uniforme.
Había elegido un vestido elegante, sencillo y hermoso. Su cabello rojo estaba perfectamente arreglado y sus ojos turquesa resaltaban todavía más. Caminó hacia el salón con la cabeza en alto, sin buscar la aprobación de nadie.
Las mismas personas que minutos antes se habían reído dejaron de hacerlo.
Algunos incluso se quedaron mirándola sorprendidos.
Alonso se colocó a su lado.
—Quiero que todos entiendan algo —dijo con firmeza—. Ella es Aitana Selkamara. Es la esposa de mi nieto y merece el mismo respeto que cualquier persona de esta familia.
Nadie respondió.
Aitana miró a Gael por unos segundos. No dijo nada. No necesitaba hacerlo.
Gael bajó lentamente la mirada.
La fiesta era su cumpleaños.
La mansión era suya.
Pero en aquel momento, frente a todos sus invitados, el que había quedado en vergüenza era él.
Y Aitana, la mujer que había intentado humillar, era ahora la persona que todos miraban con admiración.