Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 3. EL ARTE DE LA NEGOCIACION Y OTRAS BATALLAS
Que un hombre de casi dos metros, con ojos color sangre y un aura que gritaba «peligro de muerte», te diga que eres suya en una habitación cerrada, es suficiente para que cualquiera salga corriendo. Pero, claro, yo no soy cualquiera. Soy Rosaly, Alfa de sangre y CEO por derecho propio. Aunque Kala, mi loba, estuviera arañando las paredes de mi mente exigiendo que me lanzara a su cuello para marcarlo como nuestro, mi cerebro humano tomó el control. Di un paso atrás, el justo para recuperar mi espacio personal, y lo miré con mi mejor sonrisa de negocios; esa que uso cuando un proveedor intenta cobrarme el doble por el aceite de almendras.
—¿Suya? —repetí, arqueando una ceja con absoluta parsimonia—. Mire, señor Vane, lamento informarle de que en el siglo veintiuno, y menos en mi establecimiento, nadie le pertenece a nadie. La Diosa Luna tendrá un sentido del humor muy peculiar al cruzar nuestros caminos, no se lo niego, pero un lazo místico no le da derecho a venir aquí a dictar leyes.
Asmodeo no se movió. Se quedó allí plantado, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de traje de diseño, mirándome como si fuera el acertijo más fascinante que se había cruzado en sus varios siglos de existencia. Sus ojos rojos disminuyeron un poco su brillo, adoptando un tono carmesí más oscuro, pero la diversión en su rostro no desapareció.
—Una loba con garras y mentalidad empresarial —murmuró, y su voz grave volvió a provocarme un escalofrío que luché por ocultar—. Esto se pone cada vez más interesante. Pensé que las de tu especie caíais de rodillas en cuanto el lazo se activaba.
—Pues ya ve que ha dado con la excepción que confirma la regla —respondí, cruzándome de brazos—. Ahora, vamos a lo importante. Su ayudante, el señor Cross, pagó el triple de la tarifa por una sesión privada de urgencia. Como empresaria, no suelo rechazar el dinero honesto, y como Alfa, no me gusta dejar las cosas a medias. Así que van a tener su sesión. Pero bajo mis reglas. Si vuelve a usar la palabra «mía» o intenta propasarse, lo pongo de patitas en la calle. ¿Tenemos un trato?
Asmodeo soltó una pequeña sonrisa de medio lado, una que admito que me revolvió las hormonas de una manera alarmante.
—Tenemos un trato, mi… Rosaly —corrigió a tiempo, saboreando mi nombre como si fuera un vino caro.
Mientras yo intentaba mantener el tipo con el Rey Demonio, en la otra esquina de la suite se estaba librando una batalla silenciosa pero igualmente intensa. Thais se había quedado junto a la mesa donde reposaban las toallas y los botes de esencias. Damian Cross, el imponente ayudante, no le había quitado el ojo de encima ni por una fracción de segundo.
Thais, que suele ser la diplomacia en persona, tenía la mandíbula tan apretada que temí que se le fuera a romper un diente. Su loba, Dione, mantenía los ojos de mi amiga con un destello dorado muy sutil, reflejando el instinto de protección de una beta que ve amenazado su territorio.
—¿Se le ha perdido algo, señor Cross? —soltó Thais de repente, con un tono tan afilado que habría podido cortar un tronco de pino—. Porque si sigue mirándome así, voy a pensar que los demonios no tienen educación.
Damian dio un paso hacia ella. No lo hizo de forma amenazante, sino con una lentitud calculada, felina. A diferencia de Asmodeo, que desbordaba una arrogancia magnética, Damian era como una sombra silenciosa y letal. Se detuvo a un metro de ella, rompiendo también la distancia de seguridad.
—Educación tengo de sobra, señorita —respondió Damian, y su voz era sorprendentemente fría, como el granito—. Lo que no tengo es paciencia para los bloqueos mentales. Sé lo que eres. Sé lo que soy para ti. Tu loba lo sabe. ¿Por qué te esfuerzas en levantar muros?
—Porque no me da la gana ponértelo fácil —le espetó Thais, dando un paso al frente en lugar de retroceder, quedando casi pecho contra pecho con él—. Serás todo lo demonio que quieras, pero aquí mandamos nosotras. Si vas a recibir el masaje, te tumbas, te callas y dejas de analizarme como si fuera un objetivo militar.
Vi cómo una chispa de auténtica sorpresa cruzaba los ojos grises de Damian. Después, de manera casi imperceptible, las comisuras de sus labios se elevaron una milésima de milímetro. Para un tipo que parecía no haber sonreído desde la caída de la civilización romana, eso era el equivalente a una fiesta patronal.
—Me gusta la resistencia —declaró Damian en un susurro ronco—. Hace que la victoria sea más satisfactoria.
—Sigue soñando, soldado —le devolvió Thais, dándose la vuelta con un movimiento digno de una pasarela y golpeándole el pecho con una toalla doblada que había tomado de la encimera—. Tumbado. Boca abajo. Ahora.
Tuve que contener una carcajada. Thais era única. Incluso teniendo delante a su pareja destinada, un ser del inframundo con un poder aplastante, seguía siendo la jefa de su cabina de masajes.
Miré de reojo a Asmodeo y descubrí que nos estaba observando con una ceja levantada.
—Parece que mi general ha encontrado a su horma del zapato —comentó el Rey Demonio, divertido—. Normalmente, Damian habría eliminado a cualquiera que le hablara en ese tono.
—En este Spa no eliminamos a nadie, señor Vane, a menos que sea el estrés —le respondí, señalándole la otra camilla de masajes—. Así que haga el favor de seguir el ejemplo de su subordinado. Quítese la americana, túmbese y veamos si esa espalda tan grande que tiene es capaz de relajarse, o si toda esa palabrería de rey es solo una fachada.
Asmodeo me sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron eternos. El lazo entre nosotros seguía vibrando, enviando oleadas de calor por mis venas, una necesidad imperiosa de tocarlo, de rozar su piel. Sabía que al acceder a darle el masaje me estaba metiendo en la boca del lobo —o del demonio, en este caso—, porque el contacto físico iba a potenciar el lazo al máximo. Pero necesitaba información. Necesitaba saber qué hacían dos demonios de tan alto rango en Ciudad Azul, y sobre todo, si tenían algo que ver con mi tío Gustav y la guerra que amenazaba a mi familia.
El Rey Demonio sonrió, una sonrisa que prometía tormenta, y comenzó a desabrocharse los botones de la chaqueta de su traje.
—Como desees, mi hermosa CEO —dijo, dejando la prenda sobre una silla—. Pero te advierto una cosa: una vez que me toques, dudo mucho que quieras dejar de hacerlo.
El juego había comenzado, y yo estaba dispuesta a jugar mis cartas con pies de plomo.