Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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Un Pacto de Lealtad y Sombras Exteriores
A la mañana siguiente, la luz del sol invernal se reflejaba sobre la nieve que cubría las murallas del castillo de Veloria.
La cámara real amaneció en una calma distinta. Nataniel se encontraba sentado al borde de la cama, observando a Anastasia mientras ella terminaba de arreglarse. En la mirada del rey ya no quedaba rastro de la frialdad o los celos inquisidores de épocas pasadas; en su lugar, había una devoción madura y un profundo respeto hacia la sabiduría de su esposa.
—Debo hablar con Bruno —declaró Nataniel con voz serena y grave, poniéndose de pie.
Anastasia se giró desde su tocador, mirándolo con cierta cautela.
—¿Qué vas a hacer, Nataniel? Te pido que no pongas en peligro a Óscar ni la posición de Bruno. La ley de este reino es implacable con estas situaciones.
—No soy el juez de los sentimientos de mi comandante ni del conde Óscar —respondió Nataniel, caminando hacia ella y tomando sus manos con calidez—. Bruno es mi hermano de armas. Ha arriesgado su vida por mí en docenas de batallas y me ha servido con una lealtad absoluta. Si el conde Óscar lleva esa carga en el corazón y tú has decidido protegerlo, yo respaldaré tu decisión. No habrá investigaciones ni castigos.
Anastasia sonrió con un alivio infinito, alzándose sobre las puntas de los pies para besar suavemente los labios del monarca.
—Gracias, mi rey.
Esa misma tarde, Nataniel reorganizó las patrullas de la guardia de manera sutil pero estratégica. Asignó al comandante Bruno la supervisión directa de la seguridad interna del ala de la biblioteca durante las horas matutinas, creando de manera legítima y sin levantar sospechas un espacio seguro donde Bruno y Óscar pudieran interactuar con frecuencia.
Sin embargo, mientras la paz y la confianza terminaban de afianzarse en el corazón de los reyes, en las provincias del norte la marea política comenzaba a volverse turbia.
El Barón Rodric y el Duque Vane se reunieron en secreto en la fortaleza de la provincia alta. Observaban con creciente alarma cómo la influencia de la reina sureña sobre Nataniel se consolidaba, desarmando la severidad militar que los nobles feudales solían aprovechar para sus propios fines territoriales.
—El rey ya no es la espada inflexible que conocíamos —comentó el Duque Vane con voz sombría, ajustando su capa de pieles—. La reina del sur lo ha ablandado. Las decisiones del consejo ahora pasan por su filtro y las concesiones a los sureños aumentan cada día.
—Si el rey Veloria pierde su rigor, el norte quedará expuesto —asintió el Barón Rodric con una mirada siniestra—. Debemos actuar antes de que la corona quede totalmente sometida a las costumbres del sur. Si no podemos cambiar la mente del rey... tendremos que eliminar la causa de su debilidad.
Las sombras de una conspiración nobiliaria comenzaban a tejerse en las fronteras. Anastasia y Nataniel, ahora unidos por un amor sin secretos ni desconfianzas, tendrían que enfrentar juntos la tormenta política que amenazaba con cernirse sobre el reino de Veloria.