Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 7
Capítulo 7
El lunes esperé a que Cecy saliera a comer. Llevaba toda la mañana comprobando que el sobre de la pulsera siguiera dentro de mi carpeta; devolverlo había parecido mucho más sencillo sentada en el piso de mi cuarto.
Entré con el correo impreso que Damián había pedido.
—Y esto es suyo.
Dejé el sobre encima. Él sacó la bolsita, reconoció el terciopelo y me miró antes de abrirla.
—¿Ahora?
—No había tenido ocasión.
—Tuviste seis años.
Me quedé junto al escritorio. Era cierto, y no tenía una explicación que quisiera darle.
Sacó la pulsera y la sostuvo entre los dedos.
—¿Te aburriste de usarla?
—Nunca la usé.
Por primera vez pareció no tener preparada la respuesta. Bajó la vista al regalo.
—Pero la guardaste.
—Por eso se la estoy devolviendo.
Se levantó y rodeó el escritorio. Yo retrocedí un paso, lo suficiente para que él lo notara.
—¿Y con eso ya está, Rena?
—Es una pulsera. No quiero quedármela.
Me tomó la muñeca. Al principio pensé que iba a ponerla en mi mano; luego sentí la presión y traté de soltarme.
—Devuélveme también lo demás —dijo—. El primer beso. La primera noche. ¿Eso cómo lo vas a hacer?
La pregunta me llevó de vuelta a un cuarto en el que no quería pensar delante de él. Me enfadó que supiera hacerlo, que le bastaran dos palabras para sacarme de aquella oficina.
—Suélteme.
—Te estoy preguntando.
—Y yo le estoy diciendo que me suelte.
Tocaron y la puerta se abrió. Julián entró con el portafolios aún colgado del hombro.
—Ya volví. Lo de Guadalajara quedó...
Vio la mano de Damián y dejó la frase pendiente. Él aflojó. Me aparté de inmediato y recogí la carpeta.
La pulsera había caído sobre el escritorio, junto a su bolsa de terciopelo. La dejé allí.
El jueves, cuando bajé a la calle, Óscar me esperaba frente al edificio. Habíamos acordado vernos en un restaurante; no que fuera por mí.
—Así no llegas sola —dijo, antes de que preguntara.
Decidí guardar lo que tenía que decir para cuando estuviéramos sentados. No quería discutir en la entrada de mi trabajo, aunque empezaba a entender que siempre encontraba un motivo para posponer una conversación incómoda y él sabía aprovecharlo.
A los quince minutos, la cena ya se había convertido en un interrogatorio sobre Damián.
—¿Todavía te trae de encargo? —preguntó Óscar—. Con ese tipo de gente nunca sabes. Tú deberías buscar otra cosa.
—Me gusta mi trabajo.
—No digo que no puedas. Digo que yo podría ayudarte. Conozco a alguien que...
Dejé el tenedor.
—Vine para hablar de ti y de mí. Necesito que dejes de mandarme cosas a mi casa y de aparecer donde no te cité.
Miró alrededor, como si el problema fuera que pudieran oírnos.
—Era un pastel, Renata.
—A una dirección que yo no te di. Y no quiero salir contigo. Debí decírtelo así desde antes.
—¿Entonces para qué aceptaste la cena?
—Para decírtelo en persona. Entiendo que hayas pensado otra cosa, pero ya te lo estoy aclarando.
Dejó los cubiertos. Esperé mientras buscaba una respuesta; habría preferido que me dijera que estaba enojado y termináramos allí.
—Yo lo hago porque me importas.
—Eso no cambia lo que te estoy pidiendo.
Pedí la cuenta. Óscar quiso pagarla entera y le transferí mi mitad antes de levantarme. Le agradecí la cena, sin añadir un «luego hablamos» que pudiera obligarme a repetir aquello otra noche.
Me alcanzó afuera, en el paso estrecho junto a las bicicletas.
—No te vayas así.
Apoyó un brazo contra la pared, delante de mí.
—Quita la mano, Óscar.
—Déjame acabar. Siempre que intento hablar contigo...
Alguien me sujetó del otro lado. Sentí un tirón en la misma muñeca que Damián me había apretado el lunes y, al volverme, lo encontré a él. Me puso a su espalda sin mirarme siquiera.
Le di una patada en la espinilla.
—¡Tienes las manos muy largas!
Me soltó, sorprendido. Óscar reconoció a Damián y enderezó el cuerpo.
—Estamos hablando.
—Pues ya terminaron —dijo él.
—Ya terminé yo —intervine—. Con los dos.
Óscar me miró como si acabara de confirmar algo. Se acomodó el saco y se fue sin despedirse.
Damián se quedó en el paso. Yo todavía estaba furiosa por el tirón y por haberlo tuteado: hasta el usted, que tanto trabajo me costaba sostener, lo había perdido delante de él.
—¿Con él sí puedes pasar la noche? —preguntó—. ¿Con cualquiera, menos conmigo?
Lo había visto enfermo, le había sostenido la mano, había llevado su pulsera de vuelta en una carpeta. Y él seguía hablando como si yo fuera de un hombre a otro sin que ninguno me importara.
—¿De verdad crees que terminé contigo porque me aburrí?
Dejó de mirar hacia donde se había ido Óscar.
—Eso dijiste.
—Ya sé lo que dije. Yo también creí que podía entrar a ese juego y salir cuando quisiera. Que no iba a pasarme nada.
Un coche blanco esperaba en la esquina. Oí el motor, a alguien acomodar una bicicleta detrás de mí. Me di cuenta de que estaba hablando demasiado alto, pero si paraba ya no iba a poder continuar.
—Y no pude, Damián. Me importó todo. Hasta las tonterías. Ya no sabía cómo estar contigo sin esperar más. Por eso me fui. No porque no...
Me detuve.
Él se acercó un paso.
—¿No porque no qué?
Negué con la cabeza. Había pasado seis años sin contarle aquello y, al decirlo, no me sentía aliviada. Me sentía expuesta, esperando otra vez que él decidiera qué hacer conmigo.
Me tomó la cara y me besó. Le puse las manos en el pecho y lo aparté.
—Así no.
Se quedó inmóvil, aún muy cerca. Me rozaba la mejilla con un pulgar; cuando moví la cara, retiró también la mano.
Pude irme entonces. En cambio, miré su boca y fui yo quien lo sujetó del saco.
El segundo beso fue más lento. Eso me hizo más daño que la brusquedad del primero: reconocer la manera en que inclinaba la cabeza, sentir que todavía sabía besarme sin lastimarme, querer quedarme un poco más.
Se encendieron las luces del coche blanco. El vidrio bajó unos centímetros; alcancé a distinguir una figura dentro, nada más. Después volvió a subir y el coche se alejó.
Me separé de Damián. Él quiso decir mi nombre, pero ya había levantado la mano para detener un taxi.
En casa encendí la computadora vieja. Había borrado nuestra conversación del teléfono hacía seis años; nunca había tenido el valor de revisar el respaldo que guardé antes de cambiarlo. Tardé en encontrar la carpeta y más en decidirme a abrirla.
Ahí estaban las discusiones por la comida, los horarios de salida, las fotos de apuntes que él juraba poder leer aunque yo supiera que no entendía mi letra.
«El caldo cuesta doce. Más que unos calcetines», reclamaba.
«Pues no comas caldo», le contestaba yo.
Seguí bajando hasta noviembre, cuando los dos ya habíamos cumplido dieciocho. Había una foto de mi credencial nueva y un mensaje mío que me hizo apartar la cara de la pantalla, aunque no hubiera nadie más en el cuarto.
«Ya, ¿ves? Ya podemos».
Después le preguntaba si quería hacerlo conmigo.
«Sí», había escrito.
Recordaba cuánto tiempo pasé mirando esa palabra aquella noche, tratando de imaginar su cara al escribirla. Seis años después estaba haciendo exactamente lo mismo.
Cuando la computadora me avisó que quedaba poca batería, fui por el cargador.