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Mi Mundo Termina Contigo (Vindicta Dinasty 3)

Mi Mundo Termina Contigo (Vindicta Dinasty 3)

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor eterno / Mafia
Popularitas:78
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Romero

Años después, Chiara y Markus han construido algo más que un imperio: tienen una hija que se convierte en lo único que realmente los une.

Pero los enemigos del pasado no han desaparecido.

Las guerras que comenzaron años atrás vuelven con más fuerza, y esta vez el precio es mucho más alto. Traiciones, venganzas y viejos secretos provocan una caída devastadora.

Muchos aliados mueren, las familias se destruyen y el imperio que tanto costó mantener empieza a desmoronarse.

Chiara tendrá que enfrentarse a la decisión más difícil de su vida: seguir luchando por el poder o salvar a lo único que queda de su mundo: su familia.

NovelToon tiene autorización de Paula Romero para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitolo 4

...🥀...

Habían pasado aproximadamente tres semanas. Desde aquella primera sensación de estar siendo observada.

Tres semanas desde que el automóvil negro había comenzado a aparecer en distintos lugares de Londres.

Y, aunque la vigilancia que Markus había ordenado había aumentado considerablemente, Valeria no conseguía recuperar la tranquilidad.

Antes podía caminar por Londres sin pensar demasiado en quién estaba a su alrededor.

Podía conducir sin mirar constantemente por el espejo retrovisor.

Podía entrar en una cafetería, salir de la empresa o caminar por las calles cercanas a su residencia sin preguntarse si alguien estaba siguiendo sus pasos.

Ahora todo era diferente.

Cada sombra llamaba su atención.

Cada automóvil oscuro despertaba una sospecha.

Cada persona que permanecía demasiado tiempo cerca de ella se convertía, aunque fuera por unos segundos, en una posible amenaza.

Y lo peor era que comenzaba a acostumbrarse a vivir así.

Las noches eran lo más difícil.

Valeria podía pasar horas frente al ordenador revisando contratos, informes y documentos de la empresa, pero cuando finalmente cerraba el último archivo y se dirigía a su habitación, el cansancio desaparecía.

Se acostaba.

Apagaba las luces.

Cerraba los ojos.

Y esperaba.

Esperaba escuchar algo.

Un ruido en el pasillo.

El motor de un automóvil.

Pasos detrás de la puerta.

Cualquier cosa.

La mayoría de las veces no escuchaba nada.

Y, precisamente por eso, no conseguía dormir.

Una madrugada, Valeria abrió los ojos de golpe.

Miró el reloj de la mesilla.

3:17.

Se quedó inmóvil.

El corazón le latía con fuerza.

No sabía qué la había despertado.

Durante unos segundos permaneció observando el techo.

Después giró lentamente la cabeza hacia la ventana.

Las cortinas estaban cerradas.

La habitación estaba completamente oscura.

Valeria se incorporó.

Encendió la lámpara.

Nada.

Se pasó una mano por el rostro.

—Esto es ridículo...

Se levantó y caminó hasta la ventana.

Separó ligeramente las cortinas.

La calle estaba vacía.

Las luces de las farolas iluminaban el pavimento húmedo.

No había nadie.

Ningún automóvil.

Ninguna figura.

Nada.

Cerró nuevamente las cortinas.

Regresó a la cama.

Pero aquella noche tampoco consiguió dormir.

El problema no era únicamente el miedo.

También estaba el trabajo.

Desde que había asumido más responsabilidades dentro de la empresa, las jornadas se habían vuelto cada vez más largas.

Reuniones desde primera hora de la mañana.

Llamadas con socios internacionales.

Contratos que necesitaban su firma.

Decisiones que no podía delegar.

Informes que debía revisar personalmente.

Había días en los que Valeria permanecía en la oficina hasta bien entrada la noche.

Y Charlotte se quedaba con ella.

Al principio lo hacía porque no quería dejarla sola.

Después comenzó a hacerlo porque se había convertido en una costumbre.

Aquella tarde, ambas se encontraban en una de las salas de reuniones.

Había documentos repartidos sobre la mesa.

Una pantalla mostraba varias cifras y gráficos.

Valeria llevaba casi una hora leyendo el mismo informe.

Charlotte la observaba desde el otro lado.

—Llevas cinco minutos mirando esa misma página.

Valeria levantó la mirada.

—Estoy leyendo.

—No.

Charlotte señaló el documento.

—Estás mirando.

Valeria suspiró.

—Estoy cansada.

—Eso ya lo sé.

Charlotte se levantó y caminó hasta ella.

—¿Cuándo dormiste ocho horas por última vez?

Valeria pensó unos segundos.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Entonces no recuerdo.

Charlotte cruzó los brazos.

—Valeria, tienes unas ojeras horribles.

—Grazie.

—No era un cumplido.

Valeria soltó una pequeña sonrisa.

—Lo sé.

Charlotte se inclinó sobre la mesa.

—Deberías irte a casa.

—Tengo que terminar esto.

—Puedes hacerlo mañana.

—No.

—¿Por qué?

Valeria cerró el documento.

—Porque si lo dejo para mañana, voy a tener el doble de trabajo.

Charlotte la miró fijamente.

—O quizá necesitas dormir.

Valeria apartó la mirada.

No quería reconocerlo.

Pero Charlotte tenía razón.

No estaba descansando.

Y cada día se sentía más agotada.

La primera llamada llegó un jueves.

Valeria estaba en su despacho.

Eran casi las once de la noche.

Charlotte se encontraba en la oficina contigua revisando unos documentos.

El celular de Valeria vibró sobre el escritorio.

Número desconocido.

Frunció el ceño.

Por un momento pensó en ignorarlo.

Pero volvió a vibrar.

Contestó.

—¿Sí?

Silencio.

Valeria esperó.

—¿Hola?

Nada.

Entonces lo escuchó: una respiración, pero esta era lenta, profunda; alguien estaba al otro lado de la línea.

Valeria se quedó completamente quieta.

—¿Quién es?

La respiración continuó.

—¿Quién eres?

Nada.

Solo aquella respiración.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Colgó.

Miró el teléfono.

No había ninguna explicación.

Ningún mensaje.

Ninguna llamada perdida.

Solo aquel número desconocido.

Unos segundos después, Charlotte apareció en la puerta.

—¿Todo bien, val?

Valeria levantó la mirada.

—Si.

Charlotte observó su expresión.

—No parece.

—Era un número desconocido.

—¿Quién era?

—No lo sé.

—¿Qué quería?

Valeria dudó.

—Nada.

Charlotte arqueó una ceja.

—¿Nada?

—No habló.

—¿Entonces?

Valeria guardó el teléfono.

—Probablemente se equivocaron de número.

Charlotte no pareció convencida.

Pero no insistió.

La segunda llamada llegó dos días después.

Esta vez a las 2:43 de la madrugada.

Valeria estaba despierta.

Como casi todas las noches.

El teléfono vibró sobre la mesilla.

Número desconocido.

Su estómago se contrajo.

No quería contestar.

Pero después de varios segundos tomó el teléfono.

—¿Quién eres?

Respiración.

La misma.

Lenta.

Tranquila.

Como si la persona que estaba al otro lado supiera perfectamente que ella estaba escuchando.

Valeria se incorporó.

—Si estás intentando asustarme, no lo estás consiguiendo.

Silencio.

Respiración.

—¿Quién te envió?

Nada.

Valeria apretó el teléfono.

—Habla.

La respiración continuó.

Y entonces la llamada terminó.

Valeria se quedó mirando la pantalla.

No sabía quién era.

No sabía qué quería.

Pero algo dentro de ella le decía que aquella llamada no había sido accidental.

Las llamadas comenzaron a repetirse.

Una por la noche.

Después dos.

Algunas veces durante el día.

Siempre desde números diferentes.

Nunca había palabras.

Nunca amenazas.

Nunca una explicación.

Solo respiraciones.

Y eso era precisamente lo que más la perturbaba.

Porque alguien estaba haciendo aquello deliberadamente.

Alguien quería que supiera que estaba ahí.

Valeria comenzó a guardar los números.

Intentó identificar patrones.

Horas.

Duración.

Procedencia.

Pero cada llamada parecía diseñada para no dejar ninguna pista.

Una noche, después de una llamada especialmente larga, Valeria dejó el teléfono sobre el escritorio y permaneció inmóvil.

Charlotte estaba sentada frente a ella.

—¿Otra vez?

Valeria asintió.

—¿Qué hacen?

—Nada.

—¿Nada?

—Solo respiran.

Charlotte dejó el bolígrafo.

—Eso no es normal.

—Lo sé.

—¿Has hablado con tu padre?

Valeria negó inmediatamente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ya tiene suficiente.

—Valeria...

—No quiero que aumente la seguridad, traería sospechas entre los periodistas o paparazzi que me siguen todo el tiempo.

Charlotte la miró con incredulidad.

—Te están llamando por la noche y alguien te está siguiendo.

—Lo sé.

—Entonces tienes que decírselo.

Valeria bajó la mirada.

—Si se lo digo, es capaz de venir.

—Probablemente.

—Y si viene, no va a dejarme volver a Londres, así sea una CEO reconocida, lo conozco perfectamente.

Charlotte guardó silencio.

Valeria sabía perfectamente cómo pensaba su padre.

Markus no permitiría que su hija permaneciera en una ciudad donde alguien podía acercarse a ella sin ser identificado.

Pero Valeria tampoco quería vivir encerrada.

No todavía.

Por eso decidió ocultárselo.

Al menos por el momento.

Los días siguientes fueron empeorando.

Valeria dormía apenas unas horas.

A veces se quedaba dormida sobre el escritorio.

Otras veces despertaba sobresaltada después de apenas una hora.

Su aspecto comenzó a cambiar.

Charlotte lo notó.

Todos podían notarlo.

Valeria intentaba ocultarlo con maquillaje, ropa impecable y una actitud firme.

Pero el cansancio estaba allí.

Sus ojos parecían más apagados.

Su paciencia había disminuido.

Y cada vez que el teléfono vibraba, su cuerpo reaccionaba antes que su mente.

Una tarde, durante una reunión, el teléfono volvió a sonar.

Valeria lo miró.

Número desconocido.

El resto de la sala continuó hablando.

Ella no escuchaba.

Solo observaba la pantalla.

La llamada terminó.

Unos segundos después volvió a comenzar.

Valeria cerró los ojos.

—Disculpen, ya regreso.

Se levantó y salió de la sala.

Contestó.

—¿Qué quieres?

Respiración.

Valeria apretó la mandíbula.

—Sé que estás ahí.

Silencio.

—Sé que estás escuchando.

La respiración continuó.

—¿Quieres decirme algo?

Nada.

Valeria caminó hacia la ventana.

Miró la calle desde el piso superior.

—Entonces deja de llamar.

La llamada terminó.

Valeria bajó lentamente el teléfono.

Por primera vez, sintió algo diferente al miedo.

Rabia.

Aquella noche terminó de trabajar mucho más tarde de lo previsto.

Eran casi las doce cuando salió de la oficina.

Charlotte caminaba a su lado con una carpeta contra el pecho.

—No puedes continuar así.

Valeria pulsó el botón del ascensor.

—Mañana será diferente.

—Eso dijiste ayer.

—Entonces mañana lo cumpliré.

Charlotte soltó un suspiro.

—No sé cómo puedes seguir funcionando.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Entraron.

—Tengo trabajo.

—Tienes una obsesión con el trabajo.

—Es mejor que pensar.

Charlotte la miró.

Valeria no dijo nada más.

Cuando llegaron a la residencia, Charlotte entró primero.

Valeria se quedó unos segundos junto al automóvil revisando la calle.

No había ningún vehículo sospechoso.

Nada extraño.

Solo una noche tranquila.

Entró.

Charlotte se dirigió hacia la sala.

—Voy a preparar algo de comer.

—Yo subiré un momento.

Valeria caminó hacia las escaleras.

Entonces se detuvo.

Algo no estaba bien.

Miró hacia la entrada.

La puerta principal no estaba completamente cerrada.

Estaba entreabierta.

Valeria sintió cómo el cuerpo se le tensaba.

—Charlotte.

Su amiga apareció desde la sala.

—¿Qué pasa?

Valeria señaló la puerta.

—¿La cerraste?

Charlotte frunció el ceño.

—Sí.

—¿Segura?

—Completamente.

Las dos se quedaron mirando.

Valeria avanzó lentamente.

—Quédate detrás de mí.

Charlotte obedeció.

Valeria empujó la puerta.

Esta se abrió sin resistencia.

La casa estaba completamente en silencio.

Demasiado silencio.

Valeria miró el interior.

Todo parecía normal.

La misma entrada.

Los mismos muebles.

Los mismos cuadros.

Pero algo le decía que no lo era.

—¿Llamamos a seguridad? —Susurró Charlotte.

Valeria sacó su teléfono.

—Espera.

Entró.

Sus pasos resonaron sobre el suelo.

Miró hacia la sala.

Nada.

La cocina.

Nada.

El pasillo.

Nada.

Subió las escaleras.

Charlotte la siguió de cerca.

Llegaron al despacho.

Valeria abrió la puerta.

Se quedó inmóvil.

Sobre el escritorio había varios documentos.

Ella recordaba perfectamente haberlos dejado ordenados.

Ahora estaban ligeramente desplazados.

Un bolígrafo estaba en el suelo.

Uno de los cajones se encontraba abierto.

Valeria se acercó.

Lo cerró lentamente.

—Yo no hice esto.

Charlotte observó la habitación.

—Yo tampoco.

Valeria miró alrededor.

Había algo más.

Una fotografía familiar estaba inclinada sobre la estantería.

La enderezó.

Después miró el resto del despacho.

No parecía que hubieran robado nada.

No faltaba ningún objeto evidente.

Y eso era lo que más la inquietaba.

—¿Qué buscaban?

Charlotte sacó el teléfono.

—Voy a revisar las cámaras.

—Hazlo.

Charlotte abrió el sistema de seguridad.

Esperó unos segundos.

Su expresión cambió.

—Valeria...

—¿Qué?

—Mira esto.

Valeria se acercó.

Charlotte comenzó a revisar las grabaciones de la entrada.

La imagen mostraba la calle.

Después la puerta.

Después un vacío de varios minutos.

—¿Qué pasó?

Charlotte amplió la grabación.

La imagen había sido alterada.

—Alguien manipuló las cámaras.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—¿Cómo?

—No lo sé.

Charlotte siguió revisando.

—Han eliminado parte de la grabación.

—¿Desde cuándo?

—No puedo saberlo todavía.

Valeria dio un paso atrás.

Su mirada recorrió lentamente el despacho.

De pronto, todas aquellas cosas comenzaron a encajar.

El automóvil.

Las llamadas.

La vigilancia.

Los números desconocidos.

La sensación constante de estar siendo observada.

Y ahora aquello.

Alguien había estado dentro de su casa.

No afuera.

Dentro.

Valeria cerró los ojos durante unos segundos.

Hasta ese momento había pensado que alguien estaba intentando asustarla.

Pero aquello era diferente.

Alguien había cruzado una línea.

Había entrado en su vida.

Había tocado sus cosas.

Había recorrido su casa.

Y lo había hecho sin llevarse nada.

Como si quisiera demostrarle que podía hacerlo.

Charlotte se acercó.

—Val...

Valeria abrió los ojos.

Su expresión había cambiado.

Ya no parecía confundida.

Parecía determinada.

—No estaban buscando nada.

Charlotte frunció el ceño.

—¿Entonces qué querían?

Valeria miró nuevamente los documentos desplazados.

Después observó la cámara.

—Que lo supiera.

Charlotte guardó silencio.

Valeria respiró profundamente.

—Quieren que sepa que pueden entrar cuando quieran.

La casa volvió a quedar en silencio.

Y, por primera vez desde que todo había comenzado, Valeria comprendió algo que le heló la sangre.

Aquello no era una advertencia.

Era una demostración.

Alguien había decidido entrar en su vida deliberadamente.

Y si podía entrar una vez...

Podía volver a hacerlo.

Valeria tomó su teléfono.

Esta vez sabía que tendría que contarle todo a su padre.

Porque aquello acababa de convertirse en algo mucho más peligroso.

Y, aunque todavía no podía saberlo, aquella noche sería el comienzo de algo que terminaría cambiando su vida para siempre.

...CONTINUARÁ......

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