la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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la primera cicatriz
La lluvia comenzó poco después de la medianoche.
Pequeñas gotas golpeaban el cristal de la ventana de Giovanna mientras el resto del pueblo dormía sumido en una tranquilidad que ella envidiaba.
Llevaba casi una hora dando vueltas en la cama.
Desde la conversación en la cocina no había logrado quitarse de la cabeza la expresión de su madre.
Aquel miedo.
Aquella desesperación.
Era como si estuviera esperando una tragedia inevitable.
Finalmente se rindió.
Tomó un libro de la mesita de noche y se acomodó entre las sábanas.
No llegó a leer ni dos páginas.
El sonido de un automóvil entrando en la propiedad la hizo levantar la cabeza.
Su corazón se aceleró.
Miró el reloj.
Las dos y media de la madrugada.
¿Quién demonios visitaba una casa a esa hora?
Apagó la lámpara inmediatamente.
Se acercó a la ventana.
Y allí estaban.
El mismo vehículo negro.
Los mismos dos hombres que habían visitado a su padre el día anterior.
La lluvia caía sobre sus trajes oscuros mientras caminaban hacia la entrada principal.
Uno de ellos golpeó la puerta con urgencia.
Su padre apareció menos de un minuto después.
Como si hubiera estado esperándolos.
Los tres intercambiaron algunas palabras.
Luego desaparecieron bajo el techo del porche.
Giovanna abrió apenas la ventana para escuchar mejor.
El aire frío entró inmediatamente en la habitación.
Durante varios minutos solo logró distinguir murmullos.
Después las voces comenzaron a elevarse.
—¡Te estoy diciendo que no podemos seguir esperando!
Aquella voz pertenecía al hombre de la cicatriz.
—Baja la voz —respondió su padre.
—¿Bajar la voz? ¿Todavía no entiendes la situación?
—La entiendo perfectamente.
—Entonces actúa.
El silencio que siguió resultó inquietante.
Incluso desde la ventana Giovanna podía sentir la tensión.
—El jefe está perdiendo la paciencia.
Aquellas palabras hicieron que se le erizara la piel.
Otra vez el jefe.
Siempre el jefe.
La figura invisible que parecía controlar todo desde las sombras.
—Yo me encargaré —respondió su padre.
—Eso dijiste hace dos meses.
—Y lo haré.
—Quizás ya sea demasiado tarde.
La lluvia golpeaba con fuerza el techo de la entrada.
Durante unos segundos nadie habló.
Luego escuchó algo que le heló la sangre.
—Si los rusos descubren lo que ocurrió, estaremos muertos.
Giovanna contuvo la respiración.
Rusos.
La palabra quedó suspendida en su mente.
¿Qué tenían que ver los rusos con su familia?
¿Qué estaba ocurriendo exactamente?
Quiso escuchar más.
Necesitaba escuchar más.
Pero las voces volvieron a bajar.
Los hombres continuaron discutiendo durante varios minutos hasta que finalmente regresaron al automóvil.
Su padre permaneció inmóvil bajo el porche observando cómo se alejaban.
Parecía un hombre derrotado.
Cansado.
Como si cargara sobre los hombros un peso imposible de soportar.
Cuando regresó al interior de la casa, Giovanna cerró rápidamente la ventana.
No quería correr el riesgo de ser descubierta.
Regresó a la cama.
Pero el sueño ya era imposible.
Los rusos.
El jefe.
La paciencia que se estaba agotando.
Todo aquello sonaba peligroso.
Demasiado peligroso.
No sabía cuánto tiempo pasó observando la oscuridad.
Quizás media hora.
Quizás más.
Hasta que un ruido proveniente de la planta baja captó su atención.
Una voz.
Luego otra.
Sus padres.
Estaban discutiendo.
Otra vez.
Giovanna se incorporó inmediatamente.
Los gritos atravesaban el silencio de la casa.
Más fuertes que nunca.
Más violentos que nunca.
Abrió la puerta de su habitación y caminó descalza hacia las escaleras.
Las voces procedían del salón.
—¡Te advertí que esto iba a pasar! —gritó su madre.
—No empieces.
—¿No empiece? ¡Nos estás arrastrando contigo!
—No sabes de qué estás hablando.
—¡Claro que lo sé!
Giovanna descendió algunos escalones.
Lo suficiente para observar sin ser vista.
Su madre estaba de pie junto al sofá.
Su padre frente a ella.
La expresión de ambos era terrible.
—Tenemos una hija —continuó la mujer—. ¿Piensas en ella alguna vez?
—Todo lo que hago es por esta familia.
—No.
La respuesta llegó cargada de dolor.
—Lo haces por lealtad a hombres que ni siquiera te consideran un amigo.
El silencio cayó sobre la habitación.
Y entonces ocurrió.
La mano de su padre se cerró en un puño.
Giovanna sintió que el miedo le recorría el cuerpo.
Ya había visto aquella mirada antes.
Demasiadas veces.
Su madre también la reconoció.
Porque dio un paso atrás.
—No me mires así.
—Deja el tema.
—No.
La palabra fue apenas un susurro.
Pero resultó suficiente.
El golpe resonó en toda la habitación.
Su madre cayó contra el sofá.
Giovanna dejó de pensar.
Dejó de tener miedo.
Y actuó.
—¡Basta!
La joven bajó corriendo las escaleras.
Su padre giró sorprendido.
Su madre intentó levantarse.
—Giovanna, vuelve arriba.
—¡No!
Corrió hacia ella.
La ayudó a incorporarse.
El labio de su madre comenzaba a sangrar.
Aquella visión terminó de encender algo dentro de su pecho.
Años de silencio.
Años de miedo.
Años observando sin hacer nada.
—No vuelvas a tocarla.
La habitación quedó en silencio.
Su padre la observó.
Primero sorprendido.
Luego furioso.
—¿Qué dijiste?
—Me escuchaste.
La voz le temblaba.
Pero no retrocedió.
—No vuelvas a tocarla.
Por un instante creyó que había ido demasiado lejos.
Porque la expresión de su padre cambió completamente.
Desapareció el hombre cansado.
Desapareció el hombre preocupado.
Solo quedó la ira.
Pura y brutal.
—Sube a tu habitación.
—No.
—Giovanna...
—No.
La bofetada llegó tan rápido que ni siquiera la vio venir.
El impacto hizo que perdiera el equilibrio.
Un dolor agudo atravesó su mejilla.
Su cabeza golpeó contra el borde de una mesa auxiliar.
Todo dio vueltas durante unos segundos.
Escuchó a su madre gritar.
Escuchó algo romperse.
Pero el sonido parecía llegar desde muy lejos.
Cuando logró enfocar la vista nuevamente, vio a su madre interponiéndose entre ambos.
—¡Basta!
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—¡Basta de una vez!
Su padre permaneció inmóvil.
Respirando con dificultad.
Mirándolas.
Mirando el daño que acababa de causar.
Durante unos segundos nadie se movió.
Nadie habló.
Finalmente él dio media vuelta.
Y abandonó la habitación.
El portazo hizo temblar las paredes.
Giovanna permaneció sentada en el suelo.
Con la mano sobre la mejilla ardiente.
Su madre se arrodilló inmediatamente junto a ella.
—¿Estás bien?
Aquella pregunta estuvo a punto de hacerla llorar.
Porque incluso después de todo.
Incluso después de recibir un golpe.
Incluso después de ser humillada.
Su madre seguía preocupándose por ella.
—Estoy bien.
Era mentira.
Las dos lo sabían.
La mujer acarició suavemente su cabello.
Como hacía cuando era niña.
Y por primera vez en mucho tiempo, Giovanna permitió que las lágrimas escaparan.
No por el golpe.
No por el dolor.
Sino porque comenzaba a comprender algo terrible.
Su madre tenía razón.
Algo se acercaba.
Algo oscuro.
Algo capaz de destruirlo todo.
Y cuando llegara ese momento, nadie en aquella casa estaría preparado para enfrentarlo.