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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.
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MIL ALMAS EN UN SOLO CORAZÓN CAPÍTULO 1
El dolor ya no importaba.
Había recorrido los últimos pasos de aquel sendero empedrado apoyándose con todas sus fuerzas en su espada, la misma que había llevado al hombro durante casi treinta años sin que jamás se le escapara de las manos. La sangre le empapaba la túnica de lino blanco por debajo de la armadura agrietada, manchando de rojo oscuro las piedras que había barrido el viento de otoño. Sus rodillas temblaron una sola vez antes de ceder del todo, y cayó de lado contra la tierra fría, sin soltar el acero ni un solo instante.
El cielo gris y pesado se desdibujó poco a poco ante sus ojos. No había nadie cerca. Todos los demás ya habían caído mucho antes, defendiendo lo que era suyo hasta el último aliento. Ella había sido la última en pie, la última en resistir, la que dio todo lo que tenía y más, hasta que el cuerpo ya no pudo seguir el ritmo del alma.
—Otra vez —susurró con la voz rota, sintiendo cómo la vida se le escapaba entre los dedos como agua—. Otra vez lo pierdo todo.
Cerró los ojos y supo lo que venía después. Lo conocía tan bien como uno conoce su propia respiración. Había muerto al quemarse en su propio consultorio mientras intentaba salvar a un niño de una plaga que nadie más entendía. Había muerto en el cuadrilátero, con el rostro hinchado y los huesos rotos, habiendo ganado la pelea pero perdiendo la fuerza para seguir viviendo. Había muerto en la cima de una torre que ella misma había diseñado, derribada por la envidia de quienes no sabían construir nada. Había muerto entregando su corazón a quien solo quería usarla, habiendo creído al fin que esa vez sí sería diferente.
Siempre terminaba igual: dando más de lo que recibía, sacrificándose por el bien de otros, quedándose con las manos vacías y un deseo sin cumplir que le quemaba el alma desde siglos atrás: solo quería ser feliz. Solo quería un lugar donde nadie la pidiera nada más que ser ella misma. Solo quería despertar un día y no tener que luchar para no perderlo todo.
La oscuridad la envolvió entera, pesada y conocida. Y entonces, como sucedía siempre, todo cambió de golpe.
Primero fue el frío. Un frío suave y húmedo, muy distinto al de la muerte. Luego la sensación de estar sostenida, envuelta en telas finas que olían a manzanilla y leche tibia. Quiso moverse, protestar, levantarse y seguir su camino, pero su cuerpo no respondió. Intentó hablar y solo salió un llanto débil, agudo, que no era su voz. Abrió los ojos y todo lo que vio eran formas borrosas, luces difusas, rostros enormes que se acercaban llenos de lágrimas y sonrisas.
Era un bebé. Otra vez.
Elif no se asustó. Ya había pasado por esto demasiadas veces para temer el comienzo. Simplemente suspiró lo más fuerte que pudo con sus pequeños pulmones y se quedó observando todo con esa mirada que ya cargaba siglos de historia. Escuchó la voz de su madre diciendo que era la niña más hermosa que se había visto jamás, escuchó a su padre emocionado sin saber por qué, sintió los besos suaves sobre su frente y supo que esta vez tendría que esperar. Tendría que contar los días, los meses, los años, hasta que su mente y su boca pudieran volver a funcionar a la par de su sabiduría.
Pasaron los primeros meses y aprendió a fingir. Aprendió a balbucear cuando querían que balbuceara, a sonreír cuando todos esperaban una sonrisa de bebé, a dormir cuando todos creían que dormía. Pero por dentro no descansaba ni un instante. Repasaba cada una de sus vidas como si leyera un libro entero una y otra vez para no olvidar ni una sola palabra:
Recordaba cuando fue doctora, hace más de doscientos años, en un reino donde la enfermedad se llevaba a la mitad de los niños antes de que cumplieran los cinco. Había pasado noches enteras sin dormir mezclando hierbas, limpiando heridas con agua hirviendo, enseñando a las madres cómo mantener sus casas limpias y seguras. Había salvado a más de mil almas, y al final la acusaron de brujería por saber cosas que nadie más conocía. Murió quemada viva, sin soltar el frasco de remedios que tenía en la mano.
Recordaba cuando fue boxeador, en una ciudad de calles llenas de lodo y gente hambrienta. Había aprendido a golpear para no ser golpeado, a resistir el dolor hasta que el oponente cayera primero, a no mostrar jamás cuánto le dolía las costillas rotas o la sangre en la boca. Ganó todas sus peleas, entregó cada moneda que ganó a su familia y terminó muriendo en una pelea arreglada, apuñalado por la espalda justo cuando iba a retirarse para vivir tranquilo.
Recordaba cuando fue maestro de espada, el mejor de todos los tiempos según decían las leyendas que ella misma creó. Podía defenderse contra diez hombres al mismo tiempo sin recibir ni un rasguño, conocía el peso y el equilibrio de cada acero, sabía anticipar el movimiento del enemigo incluso antes de que él mismo lo pensara. Enseñó a miles de jóvenes a defenderse y al final el rey le ordenó enseñar a su hijo a quien odiaba todo lo bueno. Cuando ella se negó, la ejecutaron acusándola de traición.
Recordaba cuando fue corredora, capaz de cruzar tres montañas enteras en un solo día sin detenerse a descansar. Llevaba mensajes entre pueblos aislados, traía medicinas a zonas sitiadas, avisaba cuando venían los ejércitos enemigos. Nadie sabía jamás de dónde venía ni cuándo llegaría. Murió de agotamiento absoluto al llegar con la noticia que salvaba a toda una ciudad.
Recordaba cuando fue ingeniera y construyó acueductos que llevaban agua dulce a lugares secos desde hacía generaciones, molinos que hacían la vida más fácil a los campesinos, puentes que unían tierras separadas por ríos salvajes. Al final otros se llevaron el crédito de todo su trabajo y ella murió en la miseria, olvidada por todos.
Recordaba cuando fue dama de palacio, conocía cada regla, cada protocolo, cada forma de saludar y de callar en el momento justo. Sabía ver las intenciones ocultas detrás de cada sonrisa, sabía moverse entre intrigas sin mancharse las manos. Pero siempre terminaba siendo usada como moneda de cambio entre poderosos, casada contra su voluntad y encerrada entre cuatro paredes doradas hasta morir de tristeza.
Recordaba cuando fue modelo y todos la miraban, todos la admiraban, todos querían estar cerca de ella… mientras necesitaran algo de ella. En el momento en que bajó de la pasarela y ya no servía para mostrar belleza, nadie se detuvo a preguntar si estaba bien. Murió sola en una habitación grande y fría.
Recordaba cuando pasó su vida aprendiendo de cada hoja, cada raíz, cada flor que crecía sobre la tierra. Sabía distinguir al primer vistazo lo que curaba, lo que calmaba, lo que mataba. Había tenido un jardín maravilloso donde todo crecía con solo que ella le hablara con cariño. Alguien lo quemó todo por envidia y murió intentando apagar el fuego con sus propias manos.
Y así eran cientos, miles de vidas más, todas vividas al máximo, todas terminadas en pérdida y soledad. Hasta que llegó este momento. Hasta que abrió los ojos aquí, en esta casita pequeña de adobe y techo de paja, en un valle donde nadie conocía el lujo ni la traición de las grandes ciudades. Esta vez juró, mientras sus manitas pequeñas apretaban la tela de la sábana: esta vez no sacrificaría nada de sí misma por nadie más. Esta vez aprendería a ser egoísta con su propia felicidad. Esta vez se quedaría tranquila, callada, sin llamar la atención, y por fin tendría lo que siempre le fue negado.
Los años fueron pasando uno a uno, y Elif fue creciendo lentamente, contando cada amanecer como una victoria más. A los cuatro años ya sabía cocinar platos mejores que los de su propia madre, pero decía que se le habían ocurrido por casualidad. A los seis años arregló el techo de la casa que se caía a pedazos sin que nadie le enseñara cómo hacerlo. A los ocho años curó la fiebre de su hermano menor cuando todos pensaban que ya no sobreviviría, usando hierbas que ella misma fue a buscar a la montaña, diciendo que se lo había contado un sueño.
Nadie sabía de dónde le venían tantas cosas, y la gente del pueblo empezó a murmurar. Decían que era rara. Decían que sus ojos parecían ver lo que nadie ve. Decían que su cabello, blanco como la nieve con esas puntas que brillaban doradas al sol, no era normal en una niña de esas tierras. Algunos se apartaban cuando ella pasaba, otros la miraban con respeto y miedo al mismo tiempo. Pero nadie podía negar que allí donde llegaba Elif, todo mejoraba.
Cada mañana salía a caminar por los senderos de tierra y se detenía donde viera necesidad. Ayudaba a las ancianas a llevar sus cestas pesadas, les preparaba tés que aliviaban sus dolores de espalda y de huesos rotos hacía años. Jugaba con los niños que nadie cuidaba, les enseñaba a leer y escribir dibujando las letras en la tierra con un palito, les contaba historias de lugares lejanos y les enseñaba a reconocer qué frutos del bosque se podían comer sin peligro. Cuando llovía con fuerza y el agua empezaba a entrar en las casas más bajas, ella organizaba a los hombres para levantar muros de contención con piedras y ramas entrelazadas, indicándoles exactamente dónde poner cada cosa, hasta que el agua se detuvo y nadie perdió su hogar.
—Esa niña no es de aquí —decían en las reuniones a la luz de la luna—. Ojalá nunca se vaya de nuestro lado.
Elif sonreía ante todo eso y bajaba la mirada. Sabía que tenía que tener más cuidado, sabía que destacarse tanto podía traerle problemas, pero su corazón, endurecido tantas veces y tantas veces reconstruido, no podía quedarse de brazos cruzados viendo sufrir a los demás. Simplemente no podía hacerlo.
Cumplió los diez años, luego los doce, los catorce, y al fin llegó el día en que cumplió los dieciséis. Era una joven de una belleza que no cabía en palabras: piel blanca y suave como la flor de manzano, cabello largo y sedoso como nieve con el sol prendido en las puntas, esos ojos grandes y profundos de color morado oscuro con vetas negras que parecían tener todo el universo guardado en ellos. Muchos jóvenes del pueblo querían pedir su mano, pero ella siempre ponía excusas amables, porque sabía que no quería unirse a nadie hasta estar completamente segura de que esa persona la aceptaría tal como era: con todas sus almas, con todas sus cicatrices y con todos sus miedos. Todo parecía ir bien, todo parecía quedarse tranquilo y seguro allí en su rincón del mundo. Pero el destino nunca permite que nadie se quede demasiado tiempo alejado de donde debe estar.
Todo comenzó una tarde de finales de primavera, cuando el cielo se puso gris de golpe y el viento trajo el sonido de cascos de caballos sobre el camino de tierra que nadie usaba desde hacía años. Elif estaba en el jardín quitando malas hierbas y supo en cuanto escuchó ese ruido que su paz había terminado. Se puso de pie despacio, limpió sus manos en el delantal y se quedó mirando hacia la entrada del pueblo.
Eran los recaudadores del Imperio. Vestían túnicas oscuras con los emblemas del Sultán bordados en hilo de oro, iban armados hasta los dientes y tenían esa mirada fría de gente acostumbrada a que todos obedezcan sin rechistar. Fueron directamente a la casa de su padre y exigieron el pago de impuestos atrasados que nadie les había dicho que debían, sumas tan grandes que si el pueblo entero vendía hasta sus propias ropas no alcanzaría ni la tercera parte.
Su padre, hombre bueno y trabajador que nunca había tenido nada más que sudor y amor para darles, se arrodilló delante de ellos suplicando misericordia. Les contó que las cosechas se habían perdido tres años seguidos por heladas y sequías, que no tenían nada más que ofrecerles. Pero los hombres no quisieron escuchar explicaciones. Les dieron tres días de plazo: o pagaban todo lo que pedían, o tomaban lo único de valor que existía en esa casa. Y todos sabían muy bien que ese valor era ella.
Los tres días que siguieron fueron los más largos y terribles que Elif había vivido en todas sus existencias. Recorrió cada casa del pueblo, pidió ayuda a cada familia, usó su ingenio y sus conocimientos para buscar alguna forma de conseguir el dinero, pero nadie tenía nada que dar. Todos vivían al día, todos sufrían las mismas dificultades. Llegó el tercer día y la puerta de su casa se abrió de golpe. Su padre intentó defenderlos y recibió un golpe tan fuerte en la cabeza que cayó inconsciente. Su madre gritó y se abalanzó sobre ellos para detenerlos y la apartaron de un empujón que la hizo rodar por el suelo de tierra. Su hermano pequeño corrió a abrazar las piernas de los soldados y ellos lo levantaron en el aire por la camisa amenazando con lastimarlo si no se entregaba ella sola.
Elif tomó una decisión en ese instante, la decisión que rompía su promesa de quedarse tranquila y segura. Dio un paso al frente, se enderezó con toda la dignidad que había aprendido en mil cortes reales y les dijo:
—Vengo con vosotros sin oponer resistencia. Pero os juro que si algo malo le pasa a mi familia, si alguno de ellos muere por lo que hacéis hoy, encontraré la forma de que paguéis cada lágrima que nos habéis hecho derramar. Incluso si tengo que esperar cien años para hacerlo.
La agarraron de los brazos sin miramientos y la subieron a un carruaje oscuro, sin ventanas más que unas rendijas muy altas. Escuchó los gritos desgarradores de su madre y el llanto desconsolado de su hermano mientras el vehículo empezaba a moverse y se alejaba cada vez más de su hogar, de sus flores, de su rincón de paz que había tardado siglos en encontrar. Se sentó en el rincón más oscuro, apretó los puños hasta clavarse las uñas en la palma y respiró hondo. No lloró. Ya había llorado demasiado en vidas pasadas. Ahora solo quedaba prepararse.
El viaje duró ocho días enteros. Ocho días en los que no le dieron más que un poco de pan duro y agua sucia, ocho días en los que el camino se hacía cada vez más ancho, más cuidado, donde empezaba a ver ciudades grandes, ejércitos, gente vestida con sedas y joyas, cosas que ella conocía tan bien y que esperaba no volver a ver nunca. Hasta que al amanecer del noveno día el carruaje se detuvo por fin.
Alguien abrió la puerta de golpe y la luz del sol la cegó un momento. Cuando sus ojos se acostumbraron, miró hacia arriba y sintió que todo el aire se le escapaba del pecho. Delante de ella se alzaban murallas tan altas que parecían llegar hasta las nubes, construidas en piedra blanca pulida y decoradas con tiras de oro que brillaban deslumbrantes. Había torres de cada lado, estandartes grandes ondeando al viento con el sello imperial, cientos de guardias con armaduras relucientes y lanzas largas vigilando cada rincón. Y en el centro, más grande y majestuoso que todo lo que había visto en sus vidas juntas, estaban las puertas principales del Gran Palacio del Sultán Murad.
Allí es donde la traían. Allí es donde el muchacho de diecisiete años que acababa de heredar todo un imperio gobernaba con fuego y justicia. Allí es donde tendría que empezar de nuevo una vez más.
La bajaron de un tirón y la empujaron hacia la entrada. Elif enderezó la espalda, acomodó lo mejor que pudo su ropa arrugada y sucia, pasó una mano por su cabello blanco con puntas de luz para alisarlo y miró aquellas puertas enormes sin bajar la cabeza ni un solo instante. Sentía despertar dentro de sí a cada una de las almas que vivían en ella: la doctora lista para sanar o detectar veneno, la combatiente lista para defenderse si la atacaban, la constructora lista para encontrar las salidas y los pasos ocultos, la dama lista para conocer las reglas y jugar sus cartas sin mostrar jamás la mano.
—Aquí comienza todo de nuevo —se dijo a sí misma muy bajito, mientras cruzaba el umbral y las puertas se cerraban pesadamente detrás de ella, aislándola del mundo que había conocido hasta hoy—. Esta vez no perderé. Esta vez seré feliz. Cueste lo que cueste.
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FIN DEL CAPÍTULO 1
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